Lunes 26 de septiembre de 2011
Se veía venir. La maniobra de un grupo de presos de ETA, por la que aparentemente querrían asumir su responsabilidad en el dolor causado a las familias de las víctimas, tenía su retranca. El manifiesto en el que tendrían que exponer dicha actitud tiene otros contenidos menos piadosos: “crecimiento de la represión”, “ausencia de novedades en la política penitenciaria”, “torturas”, “juicios políticos” o las “políticas "contra el euskera” son sólo algunos de sus puntos de referencia.
Coincide, además, con la precampaña electoral. La verdad es que los presos de ETA han tenido décadas para arrepentirse de sus crímenes. Y no sólo no lo han hecho, sino que aprovechan la inminencia de unas elecciones para conseguir su cuota de protagonismo. Sin embargo, aunque el gesto contenga su trampa, no deja de tener sus consecuencias e interés desde el punto de vista democrático. El hecho de que una parte señalada del entorno de ETA se sienta obligado a reconocer el error trágico de sus acciones, en definitiva significa que la sociedad vasca, nacionalistas y violentos incluidos, comienzan a comprender que lo ocurrido durante años ha sido monstruoso, doloroso e inútil. Y un clima de arrepentimiento es un principio para escenificar el final de ETA, la renuncia y condena de la violencia y la regeneración moral de la sociedad vasca. A condición, eso si, que se celebre el nuevo hábito pero se siga vigilando al monje.
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