Opinión

Impuesto sobre los culpables (Y no sobre el patrimonio de los ahorradores)

Enrique Arnaldo | Jueves 29 de septiembre de 2011
Los anales de la historia no conocen un país en el que la oposición gobierne antes de hacerse con el poder. Aunque formalmente sigue constituido un Gobierno, quien manda, en realidad, es la oposición que, a través de sus portavoces y de los medios de comunicación que se hacen eco de sus propuestas, marca el camino que los Ministros, y sus equipos correspondientes, deben hacer, siempre y cuando lo lleguen a comprender.

Escoltas, conductores y personal auxiliar han dejado desde hace meses de rendir pleitesía a su todavía jefes a los que saludan de soslayo y con desgana. Son eventuales con fecha de caducidad que han hecho de la luna grecorromana su deporte preferido pues se dedican en cuerpo y alma (?) a lanzarse golpes a la yugular para quedarse con alguna migajilla con el fin de librarse de la larguísima lista del paro en la que están ciudadanos a ingresar ante el ya cantado cambio de ciclo.

En el rato de partido que queda –y en el que el pescado está ya vendido- el derrotado intenta por todos los medios extender la tinta negrísima de calamar –que almacena en sus ácidas entrañas-, pues se juega su propia existencia. No obstante discurso suena tan rancio y poco creíble que ni sus propios incondicionales se expresan motivados a comprobarlo aún con la rebaja notable a que lo han sometido en este mercadillo de desechos de tienta.

Es sencillamente patética la apariencia de debate a la que están sometiendo esta innecesaria (por sobrante) campaña electoral permanente.Los ciudadanos, cada uno como puede o sabe, toman distancia de esta sarta de lemas, consignas y mensajes con los que nos pretenden convencer y que son exactamente los mismos que venimos oyendo desde ni se sabe cuántos años.

El “y tú más” es tan cansino que moviliza de inmediato para el zapping. Siempre es el otro quien ha recortado o pretende recortar más. Tanta simplificación es un insulto a la inteligencia de una ciudadanía que no es mema sino que sabe perfectamente lo que se está jugando. Ya está bien de tanta promesa de garantizar a “tutiplén” el Estado del bienestar tal y como lo han construido a golpe de talonario. Es inviable y ustedes lo saben. Y no es suficiente con suprimir coches oficiales, asesores o tarjetas de crédito. Ustedes lo saben.

Como saben asimismo que el impuesto sobre el patrimonio es una operación demagógica de diseño que afecta no a las grandes fortunas sino a los ahorradores de siempre a los que vuelven a someter a otra vuelta de tuerca. Y están hartos de ser los paganos de los errores y veleidades de otros. Por eso un amigo mío propone que se sustituya por un impuesto sobre los culpables de la crisis y, en particular, sobre los despilfarradores del dinero de los demás.

Léanse el artículo primero del Código de impuestos de Francia que dispone que nadie puede pagar más del cincuenta por ciento de sus ingresos. Dice literalmente que “Los impuestos directos pagados por un contribuyente no pueden ser superiores al 50 por ciento de sus ingresos”. Debemos aquí establecer lo mismo, dejando claro –como en el país vecino- que son impuestos directos desde el IRPF o el resucitado Impuesto sobre el Patrimonio, como el IBI, El Impuesto de recogida de residuos sólidos urbanos, el Impuesto de Circulación de Vehículos, etc… Y si ustedes suman ¿cuánto sale? Son insaciables y todo ello ¿para qué? O ¿para quién?

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