José María Herrera | Sábado 01 de octubre de 2011
Ya lo intuíamos, el Universo es un escándalo. A pesar del esfuerzo que realizamos por comprenderlo, las leyes que lo rigen obedecen a una lógica que se nos escapa. Cuando parece que estamos a punto de sofaldar sus secretos, nuevos descubrimientos traen consigo misterios inauditos que echan por tierra nuestras esperanzas. El sino del hombre, por lo visto, es bregar siempre con esto.
La última bofetada nos la han propinado los neutrinos, unas partículas subatómicas no demasiado populares hasta ahora debido a su actitud desdeñosa hacia el resto de partículas, con las que apenas interactúan. Situados en los umbrales del no ser –un poco más y caemos en el abismo de la nada, impenetrable a la luz y a la gramática de los que escriben alumbrados por ella-, su inutilidad cósmica lleva a pensar en una distracción del Creador, quien tal vez permitió la existencia del neutrino para restar seriedad a su obra, igual que hace el músico vanguardista cuando incorpora a su partitura un sonido que entra por la ventana. Dotados de propiedades enigmáticas, como la de atravesar fantasmalmente la materia común sin apenas perturbarla, durante años se supo que existían, aunque no había forma de demostrarlo salvo en la pizarra. “Haberlos, haylos”, se escuchaba decir en las facultades de ciencia con disimulado mal humor.
Cuando en 1956 se logró por fin probar experimentalmente la existencia del neutrino nadie podía imaginar que se convertiría en una partícula tan fastidiosa. Ahora ya no cabe duda. Mediciones hechas en el enorme colisionador de hadrones de la Organización Europea para la Investigación Nuclear han abierto una posibilidad azorante: que los neutrinos corran más que la luz, un fenómeno inasumible desde los presupuestos actuales de la ciencia.
La luz viaja a velocidades de vértigo. Yo, personalmente, dudo mucho que llegue a ser tan rápida como los mercados cuando reaccionan ante la insuficiencia de las medidas de ajuste de los gobiernos frente a la crisis, pero, según los físicos, es mucho mayor. Los problemas que se derivan de la aparición de un competidor capaz de llegar antes que ella a cualquier meta son enormes. Ya hay quien se ha apresurado a declarar que con esto se torna posible el viaje en el tiempo, negocio peligrosísimo que puede terminar con el turismo tradicional, pero que ofrece también expectativas halagüeñas, como la de regresar a la época en que empezamos a comernos el patrimonio de nuestros nietos y corregir los errores. Otros extraen consecuencias teológicas del asunto. Si los neutrinos le llevan la delantera a la luz, eso significa que en algún lugar del Universo debe haber un reino de las tinieblas, y que ese reino permanecerá sumido eternamente en la oscuridad, algo que confirmaría las doctrinas de los maniqueos y de cuantos contrapusieron la claridad celeste a las sombras infernales. ¿Será el castigo de Lucifer ir más rápido que la luz a fin de no recibir jamás el resplandor que ilumina y da sentido?
Pero no hagan mucho caso de estas cosas. Lo de la velocidad es un asunto importante para la ciencia, no para los peatones. Para nosotros lo que de verdad cuenta son otras cosas: el estanque que tengo enfrente, las tres palmeras, el pájaro misterioso que me acompaña con su piar quebrantado, el cielo alto, levemente otoñal. Sustituyan ustedes esto por lo que quieran; en cualquier caso convendrán conmigo que no tenemos más tiempo que el de la existencia, ni comprendemos otro ritmo que el que lleva a consumarla. Si hay misterio, algo conturbador de verdad, no son los neutrinos, sino el hecho de que el Universo nos esté pasando en este justo momento a nosotros: usted, sufrido lector, y yo, que escribo.
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