RESEÑA
Domingo 02 de octubre de 2011
Chuck Palahniuk: Pigmeo. Traducción de Javier Calvo. Mondadori. Barcelona, 2011. 272 páginas. 19,90 €
Aunque no figura en ninguna entrevista, es probable que, si preguntásemos a Palahniuk qué es para él la sociedad, nos responda que la sociedad es, sobre todo, una conspiración. Es probable que, si le preguntásemos también qué es para él la religión, o la educación, o ir a comprar al supermercado los sábados por la mañana, responda que todo se trata de una conspiración, que todo es una conspiración, pero que la conspiración mayor, sin duda, la madre de todas las conspiraciones, sigue siendo la sociedad. Entendemos aquí por conspiración un grupo de individuos que actúan en común para conseguir un objetivo que no se ha declarado -no se puede declarar- públicamente, si bien esta conspiración no está formada por individuos conscientes de participar en ella, sino por individuos que actúan en el teatro de la vida social un poco por inercia, jugando, sin mayor rasgo de inteligencia o voluntad, con las cartas que les haya tocado en suerte.
Palahniuk ha sido tachado de repetitivo, de escatológico y de soez. Como respuesta, Palahniuk ha insistido en profundizar en sus repeticiones, en su escatología y en la vileza de sus personajes. En este Pigmeo se presentan todos los ingredientes de la receta habitual. La máquina, en esta ocasión, la pone en marcha un personaje que viene a ser como un negativo de Gulliver, especialmente como negativo de la parte de Gulliver en Lilliputt, esto es, como una revisitación del clásico satírico por excelencia. En Los viajes de Gulliver el personaje descubre una serie de sociedades que son el cristal a través de las cuales el lector lee la crítica a la sociedad. Palahniuk, por su parte, introduce al visitante de una sociedad ajena dentro de una familia americana. Gulliver narra siguiendo el modelo de los libros de viajes, muy populares en la época. Pigmeo lo hace a través de informes cuyo destinatario final no acaba de quedar claro. Otros tiempos, otros modos.
Pigmeo no es, ni mucho menos, una novela redonda. La peripecia del personaje nunca acaba de resultar interesante, pero es verdad que este Pigmeo no aspira nunca a funcionar como novela. Encomienda su éxito o su fracaso a la sátira. En este sentido, el arranque del libro no es prometedor. Algunas partes son incluso torpes, como la primera visita de Pigmeo al centro comercial y sus paralelismos ramplones entre éste y la escuela secundaria. Además, los conocimientos del personaje sobre la sociedad en los que se la ha insertado resultan, como poco, contradictorios. En un momento, parece desconocer el uso de un urinario y, en otro, para ilustrar el gesto de un personaje, lo compara con las películas antiguas.
Pigmeo funciona cuando se distancia del personaje, cuando éste actúa como mero portavoz de la sátira que se despliega a su alrededor: el concurso de ortografía, el congreso de las naciones unidas en miniatura o el concurso de ciencias. Nos damos cuenta entonces de que Pigmeo resulta un narrador mucho más interesante cuando se limita a su papel de Gulliver, cuando se hace a un lado, descorre el telón y nos muestra a nosotros mismos, revolcándonos en el país de los enanos.
Por Miguel Carreira
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