RESEÑA
Domingo 02 de octubre de 2011
Rafael Balanzá: La noche hambrienta. Siruela. Madrid, 2011. 182 páginas. 16,95 €
A punto de cumplir la cincuentena, Julián Beltrán es un empresario con una desahogada posición y una vida más o menos ordenada, en compañía de su mujer, Marian, y su hijo adaptado, Fabio, hasta que la crisis hace mella en su negocio. No serán, sin embargo, las dificultades económicas el principal problema al que tendrá que enfrentarse y que trastoca por completo su existencia. Un día, repentinamente, Julián Beltrán se presenta en una comisaría autoacusándose de haber asesinado a su mujer. Es cierto que ésta ha muerto en extrañas circunstancias, pero la policía no ve convincente la declaración de Beltrán, por lo que los agentes deciden que debe someterse a una exploración psiquiátrica para que los profesionales de la mente emitan un diagnóstico que aclare las cosas. Así, Beltrán es internado en una clínica donde la psiquiatra Ana Perea se hará cargo del caso. Las sesiones entre Ana Perea y su paciente formarán el núcleo central de esta segunda novela del alicantino Rafael Balanzá.
Tras publicar el conjunto de relatos Crímenes triviales, Balanzá obtuvo en 2009 el premio de novela Café Gijón con Los asesinos lentos, publicada también por Siruela. Ambos títulos presagiaban la llegaba a la palestra literaria de un escritor con buenas dotes narrativas y, sobre todo, con un mundo propio, asentado en nombres de primera línea, como Dostoievski, Kafka o Albert Camus. Precisamente una cita de este último, junto a otra de la tragedia shakesperiana Ricardo III, encabeza la novela que da pie a este comentario. La noche hambrienta confirma, en líneas generales –sin entrar en algunos aspectos que empañan un tanto el resultado, que podría haber sido todavía más redondo-, el buen hacer de Balanzá, y su apuesta por una literatura que no caiga en lo ligth ni se retuerza en meros aditamentos formales. La indagación en los recovecos más oscuros del alma humana mueve el interés del escritor alicantino, como queda patente en su producción hasta la fecha, y de manera especial en su última entrega. Porque más allá de la peripecia concreta del personaje Julián Beltrán, se nos propone un viaje a las profundidades, una bajada al abismo, como le dice Beltrán a su psiquiatra: “Exactamente eso…un descenso… ¿Sabe cómo llamaba cierto oceanógrafo que conocí en Panamá a la gran profundidad abisal? La noche hambrienta. Amando quería arrastrarme a la noche hambrienta”.
En esa noche hambrienta se sumerge –y nos sumerge- Beltrán, más que arrastrado por su antiguo socio Amando, espoleado por su propio sentido de culpa ante un pasado que se va desvelando sobre todo mediante elementos oníricos. La noche hambrienta nos enfrenta a una de las cuestiones filosóficas más intrincadas e insoslayables: el misterio del mal y el silencio de Dios. Un mal que tiene en el sufrimiento de los niños quizá su punto más candente y que tanto preocupaba a Dostoievski y a Camus (la cita del escritor francés que encabeza esta novela va en esta dirección). Y un mal que no pocas veces se ejecuta por simple tedio, como le dice el guía que conduce a Beltrán por un singular paraje, donde se desarrolla un siniestro juego, en un capítulo que se abre con una cita del Canto III del Infierno de Dante: “Cualquier cosa es mejor que el aburrimiento –señala el guía-. Sin tarjetas atroces, como tú las llamas, el juego se vuelve muy pronto intolerablemente aburrido”. Balanzá vierte esta cuestión de hondo calado en una trama de intriga psicológica que maneja con soltura y lleva al lector a no soltar la novela hasta su final. Quienes busquen solo intriga la hallarán aquí -¿es realmente Julián Beltrán un asesino?-, pero de esta obra disfrutarán mucho más los lectores exigentes.
Por Federico Aguilar