David Felipe Arranz | Lunes 03 de octubre de 2011
Mariano Rajoy abrazó a Zapatero y Zapatero a él tierna y estrechamente, y luego se pusieron los dos a jugar, por el procedimiento de urgencia y antes de que se disolvieran las Cortes, con el artículo 135 de la Constitución porque Trichet, Sarkozy y Merkel así lo decidieron; las razones de la reforma: “preservar el Estado del Bienestar y generar confianza en la economía española”. Así se ha hecho, sin mediar explicación, porque en otros países de la UE se ha hecho y hay que calmar a los mercados y crear confianza en el Banco Central Europeo para que compre nuestra deuda, generada por unas autonomías manirrotas, incapaces de reducir su déficit. Ahora lo han limitado; es decir, que se cierra el grifo de la inversión porque los presidentes regionales tienen un agujero en la faltriquera por el que se cuelan los presupuestos.
Nuestro país es uno de los que menos gasto público por habitante realiza de toda la Unión Europea. Limitemos ahora más ese gasto, afirman sus señorías, porque los gobernantes autonómicos no son capaces de controlarlo. Bueno, en España –país que deja al Ejecutivo que piense por él– nos admiramos de la buena crianza de los políticos, que destacan por su inhabilidad y simpleza discursiva, si bien nos aventajan a todos en el cuidado de su pecunio. El show bipartidista PP/PSOE en que se ha convertido la política hispánica, una vez arrinconado el resto de sensibilidades representadas en el Congreso, ha obrado el milagro de que admitamos como algo natural el hecho de que sus líderes no sepan otro oficio sino mentir e improvisar como bellacos cada mañana, eso sí, muy delicadamente, y que decidan por todos una vez más.
Muchas gracias deben de tener secretas y no las quieren manifestar, que no son para el público que los vota, que nunca se entera de nada y les confía sus anhelos: “Ay, Rubalcaba, qué verbo, qué elocuencia y qué experiencia” –en arruinarnos, supongo– o también “Oh, Rajoy, qué gran gestor” –que se sepa, no ha colaborado ni una sóla vez con el Ejecutivo en paliar en algo el mayor momento de crisis que hemos padecido en los últimas décadas, salvo en el detalle de reformar con nocturnidad la Constitución a espaldas de la sociedad–.
En cualquier caso, en esta ocasión se ha privado al ciudadano del debate público y a la cámara no se le ha permitido presentar enmiendas, merced al procedimiento de lectura única y vulnerando abiertamente el artículo 23.1 de la Constitución que dice: “Los ciudadanos tienen el derecho a participar en los asuntos públicos”, uno de los artículos que confiere más dignidad al pueblo de toda la Carta Magna. Ésa fue la esencia de la democracia participativa, precisamente la respuesta que los padres de nuestra Constitución dieron en 1978 a los tiempos de la Guerra fría, basada en un falso neopluralismo y en un método de gobierno “democrático” –con muchas comillas– en el que la deseada y esperada participación se había concretado tan sólo en la capacidad del ciudadano de designar a sus gobernantes.
Tenemos derecho a saber qué soluciones van a arbitrar los equipos económicos de los partidos; les exigimos eso, conocer de primera mano qué se nos da y qué se nos quita, qué consecuencias tiene... Y por qué se hace. Rubalcaba, José Bono, Manuel Fraga y Celia Villalobos son algunos de los “ricos” parlamentarios que pagarán el restituido impuesto sobre el Patrimonio, por contar con una capital en su haber –declarado– de más de 700.000 euros. Causa verdadero sonrojo que sigan pidiendo a los españoles que nos sacrifiquemos más; y a buen seguro que sus dedos visitarán de nuevo nuestras bolsas por mandato, a golpe de decretazo. Es la paradoja de la primacía absoluta del poder ejecutivo en plena era de la participación ciudadana, el imperativo de los partidos políticos dominantes... llevado a sus máximas consecuencias y la esclerotización del sistema debido a los extraordinarios niveles de burocratización estatal, al igual que en tiempos del quejumbroso Larra.
Para mí es un misterio que sigamos escuchando a esta gente, que no sin misterio los ha juntado ahí la suerte y no sus méritos. No dan ventaja a nadie en echar las mentiras; la ciencia vilhanesca del zoon politikon a la española, aficionado más al medro, al dinero y al Poder que al bien común, ya le ha sacado las entrañas al erario público y lo ha dejado con más dobleces que el Caso Faisán: el dinero se queda en casa –en su casa, claro–. Nos piden que tengamos paciencia y que juguemos hasta el 20-N al andaboba, pero ya nos conocemos, que no hay para qué esas grandezas ni altiveces de las campañas en quienes manejan sus cartas y la Carta con esa malicia, laxitud ética y falta de respeto hacia quienes los hemos elegido.
Y la pregunta sigue sin contestarse: pero... ¿de dónde obtienen sus señorías tanto pecunio?
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