Opinión

Obama: Del discurso de el Cairo a la derrota en la ONU

Víctor Morales Lezcano | Miércoles 05 de octubre de 2011
No han faltado los intentos conciliadores, la vuelta al diálogo -frustrado con frecuencia- entre Israel y la Autoridad Nacional Palestina durante las últimas semanas para evitar lo que acaba de suceder en la Asamblea General de Naciones Unidas. Dos figuras emblemáticas del partido laborista israelí, Simon Peres y Edhud Olmert, han intentado desactivar la voluntad férrea que Mahmud Abbas -esta vez, sí- ha puesto en elevar el reconocimiento de la ANP como Estado al más alto organismo internacional.

Pero no sólo Netanyahu y todo el complejo de intereses que le secundan en Tel Aviv y Nueva York, en el Congreso de los Estados Unidos y en el gobierno de Alemania, sino también Barack Obama en persona, han argumentado que la resolución del contencioso palestino-israelí sólo abocará a su despeje cuando las dos partes en litigio hayan resuelto los cuatro puntos neurálgicos de sus diferencias: creación de un Estado palestino y fijación de fronteras anteriores a la guerra de 1967; desarme del futuro Estado palestino, para “tranquilizar” las suspicacias israelíes de que su vecino inmediatísimo pueda agredirlo; incorporación al nuevo Estado de la diáspora palestina que después de 1948, primero, y más tarde, a partir de 1967, ha vagado por el mapa físico de Oriente Medio; y establecimiento de una doble capitalidad en Jerusalén (palestinos al este; israelíes al oeste, mientras que los Santos Lugares cristianos, judíos y musulmanes permanecerían bajo custodia internacional). Esta agenda, densa donde la haya, viene gobernando las negociaciones bilaterales entre las partes, con Estados Unidos en calidad de mediador privilegiado. La Tesis de Israel ha sido, desde los acuerdos de Oslo, que la paz justa y duradera es asunto estrictamente bilateral, mientras que la ANP, a la luz de los resultados y evidencias decepcionantes en Gaza y Cisjordania misma, ha terminado por estallar en sucesivos levantamientos de cólera (Intifadas de 1987 y 2000) y, en desesperación de causa, en elevación del caso a Naciones Unidas.

Es probable que en la Asamblea General de Naciones Unidas que acaba de concluir, haya habido dos perdedores. Y ambos previsiblemente derrotables: Abbas, naturalmente, aunque se temiera lo peor; y Obama, para pesar suyo y de aquéllos que consideramos alentador que, a veces, se ize la bandera del idealismo justiciero en el campo de la política internacional.

No olvidemos que Obama se autopropuso amigo del mundo árabe en su discurso de El Cairo, pronunciado en la primavera de 2009. Aquella intervención trajo un soplo de aire fresco al laberinto del Próximo Oriente.

Dos años más tarde, por el contrario, su abstención en Naciones Unidas al llegar la hora de votar la propuesta elevada por Abbas a la Mesa del organismo, ha venido a subrayar la derrota política y moral del presidente de Estados Unidos en este pugilato. Una derrota a manos de Netanyahu, del “lobby” pro-israelí que se sienta en el Congreso de los Estados Unidos, y de las ubicuas presiones republicanas que no cejan de poner “palos en las ruedas”.

Entonando un “mea culpa”, Barack Obama tuvo que reconocer en público y en directo, que “hace un año, en esta misma tribuna, hice un llamamiento a favor de la independencia de Palestina. Creía entonces -y sigo creyendo- que los palestinos se merecen su Estado independiente. Pero lo que también dije entonces es que una paz genuina solamente puede obtenerse si así lo quieren israelíes y palestinos”. El “boomerang” arrojado en su momento desde Naciones Unidas -con todas las precauciones posibles, cierto es- se retrotrajo, volviéndose hacia el punto de lanzamiento inicial. La “Realpolitik” ha ganado otra vez la partida.

Se abren a la vista, empero, varias avenidas que facilitan la descongestión actual del caso. Por ejemplo, aquélla en la que Estados Unidos no debe continuar con el liderazgo predominante que posee en las negociaciones palestino-israelíes. Compartir con Europa -y los países de la Unión, en concreto- las tareas de rigor, no sería una posibilidad exenta de interés y de probables consecuencias ventajosas para las partes.

Sarkozy -que sigue no dando “puntada sin hilo”- ha vuelto a apresurarse en la línea oportuna -y oportunista- que le viene caracterizando en la arena internacional desde que estalló la guerra en Libia.

El respeto al “statu quo” en Oriente próximo, por el momento, aunque comprometiendo a las partes encontradas y al sistema onusino a disolver el conflicto palestino-israelí en el plazo de un año, no es propuesta desatinada. ¿Será, empero, realizable esta propuesta si, por ejemplo, el señor Lieberman y sus acólitos siguen haciendo de las suyas en Israel?; ¿o si “Hamás” intenta capitalizar la derrota onusina de Mahmud Abbas, empujando a los jóvenes palestinos a nuevas revueltas que podrían encontrar eco -esta vez- en países en ebullición social como Egipto?. No parece ocioso, tampoco, recordar el clima anti-israelí que prevalece en capitales como Teherán y, últimamente, en Ankara.

Ojalá que se cumpla el esperanzado vocativo de “(encontrémonos) el año próximo en Jerusalén”. Ojalá -y digo bien, creo-, porque de lo contrario existen datos y elementos que no permiten augurar, precisamente, “años de vino y de rosas” en el escenario geopolítico del Mediterráneo oriental.

Se trata aquí de una percepción del conflicto que dista de precipitarse por la pendiente del agorerismo tremebundo. Una percepción que invita a entender que en un conflicto de intereses -salvo que prevalezca la ley del más fuerte-, conviene aceptar recortes para consolidar prioridades.

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