José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 07 de octubre de 2011
Si, heideggernianamente, solo un dios podrá salvar a la humanidad de la deriva fatal en que la introdujo la tecnificación abrasiva, es claro, a nivel más modesto y a ras de tierra, que sólo con el ejercicio intensivo de la retórica podrán los jóvenes de Occidente evitar el despeñadero al que los conduce su irrefrenable indigencia educativa, de modo muy especial, en nuestro país…
Con cadencia invariable, el curso político y social concluye estos días con sumas y restas, logros y déficits, éxitos y fracasos en el desenvolvimiento de los distintos programas aplicados en las diferentes áreas de la actividad del cuerpo social. Tal vez, de acuerdo con los baremos estadísticos y los tests de opinión, la frustración haya sido en él más compacta y angustiosa que en ningún otro año del calendario más reciente de nuestra nación, y el optimismo ante el futuro sea así menos roborante que en otras ocasiones del ayer más próximo. Los contemporáneos son, desde luego, los peor posicionados para enjuiciar con exactitud y ponderación su propio presente; pero, por descontado, no hay mayor obstáculo para dar por cierta dicha impresión.
La cual, obvio es decirlo, se basa de manera muy considerable en la desastrada situación del sistema educativo, sin distinción de grados ni estratos. En conjunto, y sin abandonar la alergia a toda suerte de generalizaciones, la formación de los escolares, bachilleres y universitarios españoles descendió un peldaño más en el período académico ahora a punto de concluir. Salvo la mayor parte de las fuerzas parlamentarias y de los políticos, el resto de la comunidad nacional se muestra conteste en detectar año tras año –“trimestre a trimestre”, le confidencia al cronista un amigo suyo contemporaneísta, gran estrella mediática…- un vacío creciente en la competencia científica y cultural de las generaciones juveniles, de modo muy especial, en el terreno de las humanidades y las disciplinas jurídico-económicas. Durante las últimas décadas, al terminar las actividades políticas y docentes, una conclusión se alzaprima indeficientemente en sus respectivos balances: los educandos españoles aumentan su rezago para partir en igualdad de condiciones con sus homólogos europeos –nada se diga de chinos o canadienses- en la carrera de la sociedad del conocimiento, alfa proyectiva y omega de las comunidades con mayor dotación de porvenir… Se agotan gobiernos, pasan ministros y ministras y todo sigue igual, sin bazas aparentes para salir de este círculo verdaderamente infernal.
Ante tan negro panorama, almas trementes al llamado en otro tiempo sentimiento patriótico y hoy, más neutra y asépticamente, etiquetado “espíritu solidario”, con presencia y vigencia en los mores generados en las televisiones y periódicos, echan su cuarto a espadas en pro de la regeneración educativa. Con talante y pulsión semejantes a los hombres del 98, esos intelectuales rompen lanza tras lanza para quebrar las sombrías perspectivas que envuelven el futuro de los estamentos más acreedores al esfuerzo colectivo y, singularmente, de las esferas gubernamentales. Con sagacidad y un poco de esprit de repartie, uno de ellos ha apostado de modo decidido por el retorno de la retórica, esto es, la práctica y enseñanza de los viejos y buenos oficios del culto a la lengua, la adoración por los clásicos, el conocimiento intenso y extenso del pasado de un pueblo culturalmente rico como pocos, el gusto por la escritura –redacción de diarios, cultivo “a solas” de la poesía-, el respeto por la música y todas las demás artes… En definitiva, la apuesta por todo lo que los antiguos -¿quién filosofó mejor que Platón?, ¿quién escribió más hondamente sobre la responsabilidad política?, ¿quién defendió más enaltecedoramente la dignidad de hombre y mujeres que Séneca?- colocaban bajo el dominio y amparo de la Retórica.
Experimentadas infructuosamente mil y una receta, e incontables fórmulas palingenésicas, ¿habrá llegado, en efecto, la hora de retornar a las fuentes de nuestra identidad cultural e histórica?
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