Los Lunes de El Imparcial

Emil Ludwig: Tres dictadores: Hitler, Mussolini y Stalin. Y un cuarto: Prusia

RESEÑA

Domingo 09 de octubre de 2011
Emil Ludwig: Tres dictadores: Hitler, Mussolini y Stalin. Y un cuarto: Prusia. Traducción de Francisco de Ayala. Barcelona. Acantilado, 2011. 161 páginas. 16 €



Un libro delicioso, una lectura gozosa para la inteligencia. Esto es lo primero que a uno se le ocurre al cerrar la contracubierta de Tres dictadores. En sus páginas Emil Ludwig hace toda una demostración de lo que fue una modalidad específica de abordar el pasado y el presente de Europa y, a través de su cultura, del mundo. Una manera, unos asuntos, unos enfoques y unos valores que fueron los de unos tiempos dorados de la civilización europea. Con toda la gama de grises que se quiera. Es, el breve ensayo, una obra a la altura de los grandes de la época. De un Stefan Zweig, de un Romain Rolland. Con la particularidad, si se quiere, que contiene la escritura de un corresponsal de prensa y de un entrevistador sagaz que conoció en persona a Mussolini y a Stalin, y que sacó de ambos unas impresiones, en lo íntimo y en lo público, que se ensamblan sin chirriar. Todo lo contrario. La sutil mixtura de carácter personal y de naturaleza de los regímenes permite entender la naturaleza última de unos proyectos que venían a poner en evidencia el carácter extremo de la edad en la que Europa se adentraba.

Uno de los rasgos más sobresalientes de la obra de Ludwig, aquello que seduce al lector de hoy en día, es la capacidad anticipatoria, que no exactamente predictiva, de la que el autor hace gala. En relación a los liderazgos del italiano y del georgiano. También al perfilar psicológicamente a una figura como la de Adolf Hitler, con la que no tuvo esa misma cercanía física pero al que consigue retratar, en sus resentimientos y en sus alucinaciones, en su genio para magnetizar a las masas, de manera premonitoria. Las biografías posteriores quizá hayan modificado alguno de los asertos, pero, en lo sustantivo, vienen a ratificar las percepciones de ese hombre de la época. No menos relevante resulta el porte crítico de Ludwig para desmontar, entonces, lo que no siempre los historiadores han apreciado de manera justa: el echar la culpa a la amenaza del comunismo en Alemania o a los efectos de los acuerdos de Versalles era, simplemente, una coartada de Hitler. Una treta que, paradójicamente, han dado por buena estudiosos posteriores.

Tres biografías y una aproximación al ser de un pueblo, el prusiano, que acabó confundiéndose con lo alemán. Es este último capítulo particularmente relevante, no tanto porque el autor de estas líneas comparta la idea de la existencia de un volkgeist, de un carácter nacional, que condene a determinados pueblos a la tentación autoritaria, militarista y aún totalitaria, como porque Ludwig consigue atraparlo con sus razonamientos.

Ágil, conciso, libre, penetrante, con el castellano proporcionado por el traductor -Francisco Ayala, otro eximio representante, éste rigurosamente nuestro, del ambiente intelectual al que aludía en el párrafo inicial de esta nota-, liberal, europeo. Ese es el tipo de acercamiento a los dictadores, y a las sociedades que los hicieron posibles, que nos propone, hoy, la cuidada reedición de este texto de Ludwig.


Por Ángel Duarte