CRÍTICA
Domingo 09 de octubre de 2011
Tomas Tranströmer: Deshielo a mediodía. Edición bilingüe. Traducción de Roberto Mascaró. Nórdica. Madrid, 2011. 224 páginas. 19,50 €
“El mundo está bien hecho” proclamó Jorge Guillén en Cántico. Pero no, no lo está. El propio gran poeta de la Generación del 27 lo matizó poco después en Clamor, al darse de bruces con un universo asediado por el sufrimiento, la violencia, la enfermedad y la muerte. Sufrimiento, violencia, enfermedad y muerte que no son naturalmente sus únicos elementos, pero sí los más perturbadores e inquietantes, esos que el hombre se afana con ahínco en comprender y buscarles sentido, tal como se aprecia nítidamente en esta antología recién publicada en España que es Deshielo a mediodía. Así, en esa búsqueda, quizá infructuosa, pero indispensable, cuenta - puede que con más posibilidades que ningún otro auxilio- con el apoyo de la poesía, que, más allá de los razonamientos y la fría lógica, nos sumerge en el territorio del misterio, del enigma. El gran enigma se titula precisamente el último poemario de Tomas Tranströmer –galardonado la pasada semana con el más alto reconocimiento en el ámbito de las letras: el Premio Nobel de Literatura-, donde, en “Cae nieve”, podemos leer: “Los entierros llegan / más y más apretados / como los carteles de autopista / cuando nos acercamos a una ciudad. // Miles de personas miran / hacia el país de las sombras largas”.
Probablemente, Tomas Tranströmer estaría más de acuerdo con el Guillén de Clamor que con el de Cántico. Por mucho que en ningún momento el dolor o la negrura se desborden, el poeta sueco sabe que “el lobo está aquí / amigo de todas las horas, / y toca las ventanas con su lengua./ El valle está lleno de mangos de hacha que reptan”. Nacido en Estocolmo en 1931, hijo de una maestra y un periodista, sus padres se divorcian al poco tiempo de nacer él y se traslada con su madre a un barrio de clase media baja, a un edificio de “abigarrado vecindario”, donde “algunos borrachos aparecían a veces en la escalera. Los mendigos llamaban a la puerta alguna vez a la semana”, y el pequeño Tomas ve cómo un vecino, borracho y furioso, es echado a la calle por su mujer, que se atrinchera en el apartamento, según nos relata en Visión de la memoria (1996), breve texto autobiográfico, pero insustituible para acercarnos al poeta sueco. En ese mismo texto, Tranströmer evoca su paso por la escuela, en la que no quería mostrar que su situación familiar era “algo especial”, aunque sentía “intensamente el peligro de ser considerado anormal, porque en el fondo tenía la sospecha de serlo”. De estos años, recuerda especialmente la ira desatada de su maestro, y un episodio muy significativo: su compañero Hasse, cinco veces más fuerte que él, le propinaba frecuentes palizas (en su poema “Soledad” se lee: “Yo era anónimo / como un muchacho en un patio de colegio rodeado de enemigos”). Al principio, se resistía activamente, pero al resultar eso inútil buscó una estrategia para desanimarle: “Cuando se acercaba, yo fingía que mi Yo había volado lejos y que lo único que había quedado era un cadáver, un trapo que él podía manosear como quisiera. Entonces se cansó. Me pregunto qué ha significado para mi existencia el método de transformarse a sí mismo en trapo sin vida. El arte de ser atropellado, conservando el amor propio. ¿No lo habré utilizado en exceso? A veces funciona, a veces no”. Tranströmer relata asimismo que a los quince años le cubrió “una gran angustia”: “La dimensión más importante de la existencia era la Enfermedad. El mundo era un enorme hospital. Yo veía frente a mí gentes lisiadas de cuerpo y alma”. Esta crisis, no obstante, pasó, aunque resultó decisiva: “Tuve esa experiencia. Tal vez la más importante para mí. Pero terminó. Yo creí que era el Infierno, pero era el Purgatorio”.
Posteriormente, Tranströmer cursa Literatura, Psicología e Historia de las Religiones y decide trabajar como psicólogo en hospitales y cárceles, ocupándose sobre todo de la posible reinserción de jóvenes delincuentes. En 1990 padece una hemiplejia, que le priva del habla y le deja paralizada la parte derecha de su cuerpo. Continúa, sin embargo, escribiendo y se vuelca en la música –es un virtuoso del piano-, esa “casa de cristal en la ladera / donde vuelan las piedras, donde las piedras ruedan”. Casi dos décadas antes, en su largo poema “Bálticos”, Tranströmer escribió: “Entonces llega el derrame cerebral: parálisis en el lado derecho / con afasia, solo comprende frases cortas, / dice palabras inadecuadas”. El mundo no está bien hecho. Parece, se nos dice en su poema en prosa “Grados bajo cero”, que “estamos en una fiesta que no nos quiere. Al final, la fiesta deja caer su máscara y se muestra como realmente es: una estación de cambio de trenes. Fríos colosos sobre raíles en la niebla. Una tiza ha garabateado en las puertas de los vagones. Esto se puede decir, pero hay aquí mucha violencia reprimida. Por eso son tan pesados los detalles”.
No obstante, pese a la realidad de un mundo imperfecto y de un ser humano acosado por la angustia y la enfermedad, la poesía de Tranströmer no encierra un total y desesperanzado pesimismo. Ese mismo poema, “Grados bajo cero”, prosigue: “Y es tan difícil ver lo otro que también existe: una mancha de sol que cambia de sitio en la pared de la casa y resbala a través del inconsciente bosque de rostros centelleantes, una cita bíblica que nunca ha sido escrita: ¡Ven a mí, porque yo soy tan contradictorio como tú!” Quizá el pesimismo no es absoluto porque contamos con un “cielo a medio hacer”. El cielo a medio hacer se titula uno de sus libros, en el que se incluye un poema de título homónimo, cuyas dos primeras estrofas rezan: “El desaliento interrumpe su curso. / La angustia interrumpe su curso. / El buitre interrumpe su vuelo. // La luz tenaz se vuelca; / hasta los fantasmas se toman un trago”. Quizá porque –se lee en “Allegro”-: “Toco Haydin después de un día negro / y siento un sencillo calor en las manos. // Las techas quieren. Golpean suaves martillos. / El tono es verde, vivaz y calmo. // El tono dice que hay libertad / y que alguien no paga impuesto al César. // Meto las manos en mis bolsillos Haydin / y finjo ser alguien que ve tranquilamente el mundo”.
Deshielo a mediodía es una antología bilingüe en la que se recogen ejemplos de prácticamente todo la producción de Tranströmer: 17 poemas (1954); Secretos en el camino (1958); Prisión (1959); El cielo a medio hacer (1962); Tañidos y huellas (1966); Visión nocturna (1970); Senderos (1973); La barrera de la verdad (1978); Plaza salvaje (1983); Para vivos y muertos (1989) y El gran enigma (2004). Nórdica publicó el año pasado otra antología, en este caso no bilingüe, con prólogo de Carlos Pardo y el mismo traductor –excelente-, Roberto Mascaró, que, bajo el título de El cielo a medio hacer, reúne poemas de las obras citadas –excepto de El gran enigma-, y de Bálticos (1974); Góndola fúnebre (1996) y 29 kaikus y otros poemas (2003), así como el texto autobiográfico Visión de la memoria (1996). Antes de que Nórdica acogiera en su catálogo a Tranströmer, Hiperión publicó en 1991 la también antología Para vivos y muertos, traducida por Mascaró y por Francisco Uriz.
Desde hace tiempo, Tomas Tranströmer estaba en las quinielas de los aspirantes al Nobel, aunque, parece ser, que el hecho de ser sueco no resultaba un tanto a su favor, sino al contrario. Este año, sin embargo, la Academia Sueca ha dejado atrás ese reparo, lo que sin duda propiciará que su nombre salte de círculos minoritarios a llamar la atención de un mayor número de lectores, que, en España, pueden tener una cabal idea de su poesía gracias a las antologías publicadas. Una poesía que combina la más absoluta modernidad –con ecos de un particular surrealismo- con raíces clásicas, que le atraen desde sus primeros versos, como, tras estudiar a Horacio, él mismo confiesa: “Volvía Horacio en latín con la maravillosa precisión del verso. Este cambio entre lo decrépito y lo trivial hacia lo sublime y delicado, me enseñó muchas cosas. Más o menos por entonces comenzaron a entrar en mi propia escritura dos formas de estrofa horaciana: la sáfica y la alcaica”. Una poesía que, sin duda, deslumbra en la forma, con impactantes imágenes y metáforas, sin olvidar un hondo calado de raigambre metafísica. Una poesía en la que su hermetismo es solo aparente, pues va directa al corazón y, como ha señalado la Academia Sueca, sus poemas “a través de imágenes condensadas y translúcidas, nos da un acceso fresco a la realidad”.
Por Adrián Sanmartín