Opinión

Políticamente incorrecto o hablar claro

Javier Zamora Bonilla | Martes 11 de octubre de 2011
Tomar la realidad como es suele ser bueno, incluso para cambiarla, y sobre todo para actuar en el mundo con cierto sentido. La deriva relativista de la postmodernidad ha hecho que en muchos campos –incluidos la educación y la política, o mejor dicho, especialmente en la educación y la política– se actúe prescindiendo de la realidad existente (perdonen el pleonasmo) e intentando que la expresión del pensamiento por medio de la palabra se convierta en realidad por mucho que choque con los hechos. La capacidad de la palabra para crear realidad es extraordinaria y ya decía León Felipe en un famoso verso que “la palabra es un ladrillo” para construir, pero también para romperle a Dios la crisma y ver si en su cabeza está la Luz o la Nada. Quentin Skinner, siguiendo a John Austin, ha mostrado la importancia del carácter performativo del lenguaje en la historia del pensamiento político, pero eso no nos permite afirmar que toda la realidad sea virtual. La capacidad creadora y transformadora de la palabra, del logos, es lo más divino en el hombre, pero conviene utilizarla siendo primero conscientes del espacio en que pisamos y del mundo en que vivimos, y de la resistencia de la realidad a ser transformada y de la invención a materializarse.

Tomo dos ejemplos de la semana pasada para mostrar como el lenguaje políticamente correcto lleva a extremos en que, por no decir las cosas claras, por no llamarlas por su nombre, los políticos se ponen en situaciones ridículas. La política (en el sentido de lo que los profesionales de la política creen que es la política), sobre todo en los meses previos a unas elecciones, se inclina preocupantemente a su lado más esperpéntico. En un afán de ganar todos los votos posibles y de no perder ninguno de los fieles, los dirigentes de los partidos hacen declaraciones que rozan el absurdo.

Un caso: la ministra de Asuntos Exteriores, Trinidad Jiménez, ha hecho todo tipo de piruetas verbales para justificar que el Gobierno español haya decidido (posiblemente forzando la interpretación de los tratados y sin la preceptiva consulta parlamentaria) que la base naval de Rota forme parte del sistema antimisiles de la OTAN que impulsa Estados Unidos. La ministra, que a lo mejor hace años levantó la bandera de “OTAN, de entrada, no”, nos ha dicho que esos misiles no son armas ofensivas sino defensivas y que el acuerdo con Estados Unidos y la OTAN se ha firmado sobre todo por lo que supone de aportación tecnológica y de ingresos económicos para la zona. Bienvenidos sean ambos, pero la verdad, por mucho que se empeñe la ministra con sus circunloquios en querer construir una realidad contraria a la existente, es que somos un país fronterizo y que nuestra situación geopolítica es clave para los intereses militares (que pueden ser defensivos u ofensivos según las circunstancias) del mundo occidental del que formamos parte y en el que tenemos a nuestros aliados. Lamentablemente la guerra es un elemento de nuestra historia y para garantizar la paz, como decían los romanos, hace falta prepararse para la guerra. Es una realidad que puede no gustarnos –y a mí particularmente no me gusta– pero que conviene tener presente.

Otro caso: Federico Trillo ha dicho que el PP propondrá la “cadena perpetua revisable” si gana las elecciones. Estoy en contra de la “cadena perpetua” y comparto con Trillo lo que defendía hace unos meses de que la misma es inconstitucional, pero no es esto lo que me interesa destacar ahora, sino la importancia de la precisión en el uso del lenguaje. El PP sabe que hay un sector de la población proclive a aplaudir cualquier medida que imponga severas penas a los delincuentes y que muchos ciudadanos piensan que éstos lo son por naturaleza y que, por lo tanto, no tienen arreglo, así que lo mejor es “que se pudran en la cárcel” o que se les condene a muerte. Para atraerse a ese sector radical, descreído de la bondad del género humano, los líderes del PP hablan de cadena perpetua, pero al mismo tiempo, como tampoco quieren parecer tan inclinados extremadamente a la derecha, no vaya a ser que se escape algún voto centrista, añaden el calificativo “revisable”, sin ser conscientes de la contradicción lógica o prescindiendo directamente de la misma en aras de crear una realidad que atraiga a los radicales y no les haga recelar a los centristas. La primera acepción de la palabra “perpetua” en el Diccionario de la RAE dice: “Que dura y permanece para siempre”. El Diccionario define también “cadena perpetua” así: “Pena aflictiva que duraba como la vida del condenado”. De modo que yo me pregunto ¿cómo puede ser revisable la cadena perpetua?, porque si es perpetua no es revisable y si es revisable puede no ser perpetua. Y vean que digo “puede” porque en las distintas y sucesivas revisiones se podría mantener la pena, pero lo que interesa para la precisión lógica no es el resultado sino la coherencia semántica. Un poco de ésta es lo que cada vez se echa más en falta, pero la coherencia exige muchas veces ser políticamente incorrecto o hablar claro.

TEMAS RELACIONADOS: