Opinión

EL REY CUMPLE CON SU DEBER Y PRESIDE EL DESFILE DE LA FIESTA NACIONAL

Luis María ANSON | Miércoles 12 de octubre de 2011
Lo aprendió de su padre, el inolvidado Juan III. Por España, todo por España. Los médicos le exigieron que permaneciera inmóvil en palacio. El Rey se vistió su uniforme de gala del Ejército de Tierra, se irguió sobre su quebrantado tendón de Aquiles y presidió el desfile militar de la Fiesta Nacional. Lo hizo, al mejor estilo militar, erguido y sin muletas. Un ejemplo para todos y en especial para el Príncipe. El pueblo madrileño aplaudió de forma incansable al Monarca, símbolo de la unidad de España.

Casi cuarenta años después de que ocupara el Trono en una situación crítica, Juan Carlos I no ha olvidado que las hilanderas de la Historia no pueden tejer otros tapices en el siglo XXI que los de la voluntad popular. El Rey es Rey porque así lo ha sancionado la voluntad general libremente expresada. El servicio al pueblo exige esfuerzos tan dolorosos físicamente como el que acaba de ofrecer presidiendo el desfile militar, aunque haya otros esfuerzos menos conocidos y más difíciles. “Que el reinar es tarea –escribió Quevedo- que los cetros piden más sudor que los arados, y sudor teñido de las venas; que la Corona es el peso molesto que fatiga los hombros del alma antes que las fuerzas del cuerpo; que los palacios para el príncipe ocioso son sepulcros de una vida muerta, y para el que atiende son patíbulos de una muerte viva; lo afirman las gloriosas memorias de aquellos esclarecidos príncipes que no mancharon sus recordaciones contando entre su edad coronada alguna hora sin trabajo”.

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