CRÍTICA
Domingo 16 de octubre de 2011
Enrique Krauze: Redentores. Ideas y poder en América Latina. Debate. Barcelona, 2011. 584 páginas. 24,90 €
Se acaba de publicar Redentores. Ideas y poder en América Latina de Enrique Krauze. La edición en inglés para Norteamérica se ha adelantado unos meses, y las críticas allí no pueden ser mejores. En España también ha sido muy bien recibido. El autor presentó su obra en Madrid, acompañado, entre otros, por Mario Vargas Llosa. Enrique Krauze (1947) es un escritor mexicano, cuyas investigaciones históricas, y sobre todo, sus esfuerzos como crítico cultural, le han convertido en un referente intelectual de nuestro tiempo. Durante años colaboró con el Premio Nobel Octavio Paz, y las influencias de aquel poeta, historiador, ensayista y político se perciben en las preocupaciones, y en el estilo, de Enrique Krauze.
Este libro, como otros títulos del mismo autor, no es únicamente un ensayo sobre la cultura política de Latinoamérica. Redentores trata, en efecto, sobre personajes de esa parte de América. Parece que su título fue una recomendación de Vargas Llosa, inspirado en uno de los motivos constantes de Octavio Paz: el mesianismo político de la mayoría de los líderes “latinoamericanos”. (El subtítulo se refiere a “América Latina”, pero en su texto se emplea, con más acierto, el concepto de “Hispanoamérica”). El libro escrito por Enrique Krauze tiene un alcance más amplio que su mera extensión geográfica. Al biografiar a personalidades como José Martí, José Enrique Rodó, José Vasconcelos, Octavio Paz, Eva Perón, Ché Guevara, Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, el obispo Samuel Ruiz, el Subcomandante Marcos o Hugo Chávez, etcétera, Krauze nos coloca en medio de las grandes controversias y dilemas que ha vivido la humanidad desde hace dos siglos. Las “ideas y poder” que el autor describe en su libro, giran en torno a un concepto: la Revolución. En sus dos expresiones posteriores a 1898: la revolución nacionalista y la revolución comunista.
Sin duda, 1898, José Martí, el “Ariel” de Rodó, el “antinorteamericanismo” que surge aquel año emblemático para España (y para los países hispanoamericanos), se enlazará con la Guerra Civil española, y después, con la revolución cubana: pero ese hilo conductor abarca muchas otras ideas que proceden del concepto de “la revolución”. La revolución comunista rusa, y sus epígonos, singularmente el cubano, por acción o reacción (en otras palabras, a favor de los soviéticos o a favor de los yanquis), será el motivo esencial de las controversias intelectuales y políticas de los países iberoamericanos. Octavio Paz resume en su biografía ese dramático compromiso con la revolución comunista. Cuando revise sus “creencias” políticas, el futuro Premio Nobel de Literatura (1990) escribirá, con ácida ironía, “que el último revolucionario marxista morirá en México”.
Pero “la revolución” comprende también a otros regímenes políticos: las biografías de Evita Perón y de Hugo Chávez le permiten a Enrique Krauze indicarnos que el “peronismo” y “la revolución bolivariana” son experimentos rupturistas con la democracia liberal, es decir, que intentaron “superar” el Estado de Derecho.
Sorprende, a primera vista, que sociedades antiguas, cultas, con civilizaciones sofisticadas, hayan seguido enredadas en el mito revolucionario (y en Cuba, Venezuela, etcétera, aún lo están) después de todo lo que hemos visto y sabido en estos últimos años. Enrique Krauze nos aporta explicaciones convincentes. Una de ellas tiene que ver con el título, Redentores: “En América Latina el trasfondo religioso de la cultura católica –escribe en el prólogo- ha permeado siempre la realidad política con sus categorías mentales y sus paradigmas morales”. Aunque no lo cita, el ensayo de George Steiner, Nostalgia del Absoluto, resuena en su libro.
Ese “trasfondo religioso de la cultura católica” le sirve a Krauze para explicarnos por qué los países iberoamericanos fracasaron como Estados liberales, mientras Estados Unidos, de clara impronta protestante, con una organización institucional menos articulada, triunfó rotundamente. El catolicismo ha ensalzado el misticismo, el desapego hacia el mundo civil, mientras los protestantes, especialmente los calvinistas (más tarde, la mayoría de los pietistas), tuvieron una actitud ascética en sus comportamientos sociales. Esa divergencia, estudiada por Max Weber, tiene mucho que ver con la afirmación del individualismo, base de la cultura liberal-democrática, aunque en su origen estuvo ligada a la relación individualizada con Dios de los cristianos reformados. A lo largo de las biografías, el autor nos muestra la inmensa influencia de una cultura católica “comunitaria”. El “hombre nuevo” de Mariátegui o de Guevara, lo mismo que los “indios liberados” del obispo Samuel Ruiz o del subcomandante Marcos, aparecerán solo cuando los egoísmos individuales sean vencidos por la revolución salvadora. Las apreciaciones de Enrique Krauze, seguidor de Isaiah Berlin, nos conducen a la tesis de un discípulo suyo de la primera hora: Jacob Talmon. Éste sostuvo que Rousseau dio los argumentos para armar los Estados totalitarios al consagrar la ley de la mayoría, y la supremacía de la voluntad comunitaria. Las opiniones minoritarias, el relativismo, o como señaló el propio Berlin, su expresión política, el pluralismo, fueron arrasados por regímenes políticos que pretendieron superar las democracias basadas en los derechos individuales.
Por eso este ensayo nos ayuda a comprender los desafíos ideológicos a los que España ha tenido que enfrentarse para asumir las premisas de la democracia liberal. La secularización y la laicización de la sociedad española fueron los fundamentos del éxito democrático de hace treinta años. El respeto a la ley, que implica el respeto a los Tribunales, incluido el Tribunal Constitucional; el respeto, en suma, “al sistema de la Constitución de 1978”, son las bases para superar el mesianismo de la política (con sus intolerancias frente a los “enemigos”). Un libro muy útil en tiempos electorales.
Por Juan José Laborda
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