Lunes 17 de octubre de 2011
El canje del soldado israelí Gilad Shalit por un millar de presos palestinos es tremendamente desproporcionado. Con todo, Netanyahu ha cedido y la operación se llevará a cabo esta misma semana, si ningún contratiempo de última hora lo impide. El gobierno israelí es plenamente consciente del descrédito que esto supone para un amplio sector de la población y, pese a todo, ha acabado plegándose a un pacto a todas luces leonino.
Desde este periódico hemos criticado en más de una ocasión la torpe política de asentamientos practicada por Benjamin Netanyahu, al igual que su poca implicación en la vuelta a la mesa de diálogo con los palestinos. Pero en esta ocasión, no cabe sino ponderar un gesto que resulta impopular entre los suyos y, a la vez, supone una gran baza propagandística para Hamas. Hay que recordar, además, que Israel es un estado de derecho donde la justicia funciona de manera eficaz y que los palestinos que van a ser liberados cumplían condena por delitos de terrorismo. Eran, pues, delincuentes, que actuaron libremente y, tras sus actos, tuvieron un juicio justo.
Gilad Shalit, en cambio, era un joven de 19 años recién incorporado al servicio militar obligatorio cuando fue secuestrado por terroristas de Hamas y recluido sin contacto alguno con el mundo durante cinco años. La diferencia, como se puede apreciar, es ostensible y, pese a todo, Netanyahu ha asumido la decisión. Corresponde ahora a los palestinos mover ficha; y que dicho movimiento sea en consonancia con el llevado a cabo por el lado israelí.
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