Opinión

Una paz sin derrota

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 17 de octubre de 2011
Todo el mundo sabe que el PSOE tiene serios problemas y que bracea desesperadamente para que su anunciada derrota sea lo menos amarga posible. Pero su empecinamiento en tratar de sacarle rédito electoral a un supuesto “tratado de paz” con ETA –que de eso se trata- resulta sorprendente y, sobre todo, contradictorio con lo que ha sido su comportamiento más reciente. Si ETA está acabada y en las últimas –como reiteradamente insisten- ¿por qué no dejarla morir en soledad sin darle el balón de oxígeno de la reunión de San Sebastián? La celebración y la simple asistencia a la llamada “Conferencia internacional para la resolución del conflicto del País Vasco” supone que todos los presenten asumen y hacen suyos los planteamientos de la banda terrorista, tanto semánticamente como en sus objetivos finales. Se acepta que allí ha habido un conflicto (término con el que en los actuales textos internacionales sustituye al de “guerra”) entre dos partes dotadas de respectivas y equivalentes legitimidades.

Dos partes que deben alcanzar la paz y nada mejor para lograrlo que la internacionalización del proceso, un objetivo acariciado por ETA desde hace décadas. Y para darle el máximo tono a esa internacionalización, nada mejor que contar con la presencia de unos supuestos mediadores que vendrían a desempeñar en este supuesto conflicto hispano-vasco el mismo papel del Cuarteto en el conflicto palestino-israelí, por ejemplo. Este ha sido siempre el gran sueño de ETA y de su brazo político, eso que ahora se suele llamar la izquierda abertzale y que de Batasuna, con y sin Herri, ha ido asumiendo todo esa compleja nomenclatura que ahora confluye en Bildu, Sortu y Amaiur o algo así que parece ser la última etiqueta. Lo que era difícil de imaginar es que el PSOE se prestara tan dócilmente a esa internacionalización y a todo el falso juego que implica. Pero Rubalcaba manda y cree que esa es su baza maestra para evitar la catástrofe en las urnas. Una triste farsa por un puñado de votos. ¿Cree, de veras, que el éxito de la conferencia y un esperado gesto de ETA se le puede convertir en el maná electoral?

¿Quién va a dudar ahora que el PSOE –unas veces como tal, otras oculto tras su etiqueta vasca- lleva años negociando sin descanso con la banda terrorista, precisamente para alcanzar esa paz sin vencedores ni vencidos, que es el gran objetivo de San Sebastián? A esa luz el propio Pacto por las libertades y contra el terrorismo firmado –no lo olvidemos- a sugerencia de Zapatero, todavía bajo el Gobierno Aznar, se nos presenta como una formidable maniobra de diversión, para tranquilizar a la opinión pública, mientras que con la banda se proseguía el camino trazado en esa “hoja de ruta” para “la resolución del conflicto”, de la que fue parte esencial aquel mal llamado y fracasado “proceso de paz”, sobre cuyo desarrollo no hace falta ya entrar. En pleno ejercicio de ilusionismo el entonces ministro del Interior, Rubalcaba, perseguía incansablemente a la banda etarra mientras –ahora lo sabemos muy bien- se acondicionaban las celdas de la cárcel de Nanclares de Oca, convirtiéndolas en confortables salas de espera para la inminente libertad de sus inquilinos, utilizando las numerosas posibilidades que ofrece la generosa legislación penitenciaria. Se sacaba terroristas de la chistera, desaparecían y, al final, aparecerán en sus caseríos, como si nada hubiera sucedido. Nada por aquí, nada por allá, aunque la dignidad de España se arrastre por los suelos.

Se llegará así a una supuesta paz en la que ambas partes, situadas en un plano de exquisita igualdad entre ambas, se pedirán mutuamente perdón, se tratará a quienes han recibido condenas por su participación activa en la “acción armada” de ETA, así como a los heridos por sus enfrentamientos con la policía y a sus familiares exactamente igual que a las “otras víctimas”. Víctimas estas que son las únicas que la gente de buena fe considera como tales y que han sufrido en sus carnes y en sus almas el zarpazo brutal de los “combatientes” etarras, gloriosos gudaris, que se librarán del único epíteto que les define: criminales de derecho común. Se podrá incluso reconocer que ha habido casos de tortura, pero se subrayará que tales horrores se han cometido por ambas partes por lo que…estamos en paz.

Aunque no se diga, implícitamente se concluirá que “la lucha armada” de ETA estaba justificada, que el millar de muertos y los miles de heridos en el cuerpo y en el alma, murieron o sufrieron por nada porque quienes les masacraron combatían por una causa justa, como concluirá, más o menos expresamente la conferencia donostiarra. Algunos de sus “distinguidos” asistentes seguro que se encargará de decir que es injusto denominar “terrorismo” a lo que no es sino “lucha por la liberación nacional”. Y hasta podrá aportar abundante literatura al respecto, que no en vano fue un tema predilecto de la producción jurídica comunista, tanto de la soviética como de la maoista.

El discurso antiterrorista que ha mantenido desde el principio el Estado democrático, queda así totalmente descabalado y desautorizado.. ETA no era una banda criminal sino un grupo nacionalista que luchaba por “los derechos de su pueblo”. La represión de que fue objeto era injusta y, por lo tanto, tenían razón cuando decían que la presente democracia española no era sino una disfrazada continuación del franquismo. Una tesis no tan distinta de uno de esos puntales del periodo Zapatero que es su gran teoría de la Memoria histórica. ¿No era ETA la última víctima de una falsa salida histórica que había que remediar a toda costa? A eso tiende la Conferencia de San Sebastián, a la que asistirá atentamente el PSE mientras el PSOE vigila a una cierta distancia. Rubalcaba, mientras tanto, cavila qué partido electoral se le puede sacar a la presencia en la capital de Guipúzcoa, gobernada ya por los proetarras, de unos cuantos fantasmones sin prestigio pero, seguramente, deseosos de hacerse agradecer (ya se pueden imaginar cómo) su valiosa función de mediación.

De Kofi Annan sabemos demasiado para que nos extrañe su presencia en la tenida, Y Berti Ahern –que salió como salió del gobierno irlandés- a ver si se entera que Guipúzcoa no es el Ulster ni nada que se le parezca. ETA aprendió bien lo que Sun Tsú, general chino de hace 25 siglos, escribió en su libro “El arte de la guerra” que, por cierto, era de obligada lectura en las academias militares soviéticas: “El arte supremo de la guerra es el de someter al enemigo sin combate”. Otro ilustre idealista despistado, el presidente Wilson, postulaba antes de entrar en la I Guerra Mundial, “paz sin victoria”. Pero cuando se vio forzado a combatir se le olvidó aquel ingenuo deseo. Y si no que se lo pregunten a los alemanes. Rubalcaba los supera a todos porque su objetivo no es tanto la paz que ofrece ETA como la derrota del Estado de Derecho. Esa es la teórica paz sin vencedores sin vencidos que quiere Rubalcaba antes del 20 de noviembre, para ofrecérsela a los españoles como su gran aportación a la convivencia colectiva. Como si a estas alturas no nos conociéramos ya todos, y, muy especialmente, al propio Rubalcaba.

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