TRIBUNA
Martes 18 de octubre de 2011
La astracanada internacional que se va a celebrar en San Sebastián responde al negocio de la paz que ETA y su tinglado sociopolítico han diseñado al milímetro. Es un escándalo que estén ganando la partida de la comunicación y del lenguaje, cuyo rédito inmediato lo cobrarán en las próximas elecciones. Empezaron por inventarse una “guerra”, unilateral, entre Euskadi y España y para ello se dedicaron a hacer una limpieza étnico-ideológica de cincuenta años (de los que más de 30 corresponden a la etapa democrática y después de la amnistía de 1977). Justificaron esta guerra con la existencia de un supuesto “conflicto vasco” con España (y con la boca pequeña, con Francia), que solo se puede resolver con su quimera territorial y la autodeterminación (en España), muy bien vista por los nacionalistas y que cuenta con la compresión de algunos sectores de izquierda. Luego, nos colaron lo de los “procesos de paz” (en forma de negociación, primero con el Gobierno y ahora “multipartita”), a los que muchos demócratas se han apuntado con devoción, unos esperando seguir obteniendo sustanciosos réditos políticos territoriales (los nacionalistas) y otros por una mezcla de mala conciencia y confusión ideológica dramáticas (cierta izquierda acomplejada). Han tratado de convertirse en interlocutores privilegiados del gobierno de turno para aparentar resolver, a su manera, el drama que solo ellos, arbitrariamente, han causado y mantenido. Como han fracasado en su intento de colar su teoría del empate infinito, gracias a la excelente labor de las fuerzas y cuerpos de seguridad de los estados francés y español, ahora tratan de imponer su argumento de que no puede haber “ni vencedores, ni vencidos”. Por si fuera poco, presentan a los terroristas condenados y los huidos o por capturar, ya sea como “presos políticos” de una represión antidemocrática o, simplemente, como “víctimas”, que necesitan un reconocimiento y hasta una reparación moral y material por su enorme sacrificio por la patria. Finalmente, intentarán establecer un relato de la inmensa tragedia causada por ellos, en el que no serán responsables de nada, no se tendrán que arrepentir de nada, no le tendrán que pedir perdón a nadie y todo habrá sido un encomiable ejercicio de heroísmo patriótico y democrático. ¡ Pobres de las miles de víctimas y luchadoras y luchadores incondicionales !
Al encontrarse con el paredón de la resistencia moral de las víctimas y de la opinión pública, buscan en la “internacionalización” de sus argumentos la mejor forma de ablandar a las autoridades. Para ello, son imprescindibles los “mediadores internacionales” (de parte), bien pagados, embaucados gastronómicamente e intoxicados con los argumentos de los amigos de los terroristas. En Euskadi hay un carro de vividores clientelares del poder nacionalista, que se dicen de profesión “mediadores”, “facilitadores” o “participativos” y que, además, para dotarse de “nivel” o “excelencia”, como se dice ahora en el mundo académico, se internacionalizan, es decir buscan algún “cara”, como el abogado Currin, que esté dispuesto a comprar su mercancía para revenderla en inglés en plan “manual de autoayuda”. Esto es a lo que se ha dedicado el antes Elkarri (nacido del chantaje terrorista contra la autopista de Leizarán) y a lo que se dedica el actual Lokarri, además de las “loterías Ibarretxe” y otras “asesorías” bien remuneradas. Es inconcebible e intolerable que, en plena campaña electoral nacional, estos “respetables” señores, venidos de fuera, se presten a ejercer de “grupo de presión” sobre las instituciones democráticas de un país serio, haciéndole la ola a los amigos de los terroristas, y que el Gobierno de la nación, no solo no haya tratado de impedirlo, si no que esté de tapadillo, a través de su partido en Euskadi, por si se puede “avanzar algo en el camino de la paz”. No es verosímil que ETA anuncie que se disuelve de forma incondicional y que lo haga antes de las elecciones porque se lo aconsejen los que se van a reunir en San Sebastián. Eso no está en la agenda inmediata de ETA, pero eso debería importar muy poco a los responsables del Estado y a los demócratas, en general. Sin embargo, lo que resulta incomprensible es que los dos partidos (incluidas sus organizaciones vascas), firmantes del pacto por las libertades y contra el terrorismo y llamados a dirigir la nación, no compartan análisis, estrategia y agenda conjunta ante el final de un ciclo histórico en el que si tiene que haber vencedores y vencidos.
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