Opinión

ETA, fiel a sí misma

Luis de la Corte Ibáñez | Jueves 20 de octubre de 2011
Por fin llegó. El comunicado, quiero decir. El que aguardaban con anhelo los organizadores de la farsa internacional de San Sebastian, el que seguramente prometieron sus organizadores a los pomposos “mediadores internacionales”. Ahí está la prueba de que ETA se ha reformado, dirán algunos, incluyendo seguramente al propio Eguiguren, el presidente del PSE que tantos años lleva empeñado en “traer la paz” al País Vasco. Del video entregado ayer a la BBC harán muchos, como siempre, una lectura benevolente o (seamos un poco más cursis) una lectura “esperanzada” (“esperanza” precisamente es término incluido por los etarras en este discurso). Una parte de la comunidad vasca, una porción de españoles y la opinión pública internacional se quedará seguro con unas pocas palabras. Diez, para ser exactos: “ETA ha decidido el cese definitivo de su actividad armada”. Y todo lo demás se pretende que quede difuminado, como un fondo borroso, como un decorado que sólo sirve para enmarcar la figura de estos supuestos patriotas, a los que tan bien sienta el negro de sus capuchas. Pero fijémonos bien en todas las palabras y tratemos de buscar su sentido. Veamos.

ETA dice reconocer como adecuado y pertinente la resolución acordada en la denominada Conferencia Internacional celebrada en “Euskal Herria”, porque contiene “ingredientes para una solución integral del conflicto y cuenta con el apoyo de amplios sectores de la sociedad vasca y de la comunidad internacional”. Por lo visto, ETA ha pulsado la opinión pública vasca e internacional antes que cualquier organismo demoscópico, y con mayor precisión, sin margen alguno de error.

Se habla de una “oportunidad histórica para dar una solución justa y democrática al secular conflicto político”. ETA, por tanto, cree tener en sentido de la historia del que carecen totalmente sus oponentes y el conjunto de la ciudadanía, a la que ETA nació para iluminar con su clarividencia. Las soluciones hasta ahora planteadas habían sido injustas y antidemocráticas. Por tanto, y esto no es novedad, ETA cree tener el criterio democrática y la voluntad de justicia que otros no conocen. Habla de diálogo y acuerdo. Los etarras, hay que suponer, saben dialogar, como Sócrates en el ágora … ellos que nunca han dejado de hablar, eso sí, siempre con la pistola en la mesa y la bomba en el maletín, por si acaso el interlocutor se vuelve intolerante con sus propuestas.

Y el camino está claro para ellos: “El respeto a la voluntad popular (de Euskal Herria) deben prevalecer sobre la imposición”. Una imposición que aún “perdura”, se añade un poco después. Imponer, por lo visto, es lo que vienen haciendo desde el inicio de la democracia quienes gobiernan tras ganar elecciones. Debe ser que la voluntad popular no tiene nada que ver con eso, que ni siquiera el pueblo la conoce, solo ETA. Por otro lado, ETA parece no haber impuestos nada: ni la muerte de sus víctimas, ni el miedo a los amenazados, si sus directrices al conjunto del nacionalismo vasco, nada de nada.

Ha habido una “lucha”, explican. La califican de “cruda” por haberse llevado para siempre a muchos de sus “compañeras y compañeros” y causado sufrimiento a otros encarcelados y exiliados. Nada se dice de los asesinados por ETA, aunque se deja sugerir que fueron “luchadores”. Casi 900 muertos que no tuvieron oportunidad de defenderse están ausentes del texto. Al igual que sus familiares y amigos, cuyo sufrimiento no parece constarle a ETA (obviamente sí le consta, pero no le importa lo más mínimo).

Y viene ahora el juicio sobre nuestro tiempo: un tiempo para “actuar con responsabilidad y valentía”. Hasta ahora todos han sido unos cobardes y unos irresponsables (todos menos ETA, se entiende…) y sólo superando esas debilidades afectivas y morales podrá llegarse a la “solución”, esto es, al fin de la “confrontación armada”. Porque, como ya sabemos, aquí está la raíz de todo: en la confrontación armada, al confrontación armada, la confrontación armada, y repetirlo hasta el infinito hasta que todo el mundo tenga claro que hubo dos bandos y que ambos actuaron igual. Así los “mediadores” podrán sentir que, en efecto, cayeron como ángeles en medio de una guerra para reconciliar a los contendientes.

Por fin, los encapuchados pronuncian la sentencia de un “cese definitivo de su actividad armada”. Cesan en ella, dicen, definitivamente. ¿Qué diferencia habrá para estos sujetos entre “definitivo” y “permanente” (el término elegido en una declaración anterior”)? El cese se acompaña de un “llamamiento” a un “diálogo directo” con España y Francia. Por tanto, ETA se atribuye la misma legitimidad que los estados soberanos de aquellas dos naciones. ETA es y debe ser el interlocutor. Y el objetivo del diálogo ha de ser solucionar las “consecuencias del conflicto” y, de nuevo “superar la confrontación armada”. ¿A qué consecuencias se refiere? No se precisan. ¿ETA va a entregar las armas? No dice tal cosa. Vamos que ¡ni de broma! Pero, claro, sólo a los enemigos de la paz y la libertad que ETA reclama se les ocurriría hacer tan aviesas preguntas en un momento como éste.

Esto es lo que hay. Una ETA fiel a sí misma: irredenta en sus aspiraciones, con su arrogancia y su soberbia intacta, siempre dispuesta a deformar la realidad a su antojo, insensible como siempre ante el dolor causado y empeñada en que la justicia y la ley no funcione igual para todos. Veremos qué piezas mueve unos y otros a continuación. En otros muchos países del mundo, ni ésta ni ninguna otra declaración de una organización criminal moribunda haría rectificar ni un milímetro la acción de un gobierno o un partido político decente ni la actitud de una sociedad. Pero aquí en España hay motivos para preocuparse.



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