entre adoquines
Viernes 21 de octubre de 2011
De un extremo al otro para alcanzar el equilibrio. La mayoría de nosotros hemos aprendido que no existe método más eficaz para corregir una manía, una forma de ser o simplemente un comportamiento, que colocarse en el opuesto exacto de aquel que pretendemos cambiar y, desde allí, avanzar con tino y paciencia hasta colocarnos en el punto más cercano al centro y balancearnos con ese suave movimiento que caracteriza al equilibrio. Para quienes ya recordamos como si hubieran ocurrido ayer, hechos cuyos aniversarios se celebran medidos en más de una década, lo normal es que tanto vaivén existencial haya acabado por colocarnos más cerca que lejos de ese anhelado punto céntrico.
Y si así ocurre con las personas, con mucha más evidencia se muestra en los acontecimientos históricos. La sociedad occidental constituye, sin duda, uno de los ejemplos más ilustrativos de ese curioso mecanismo de fuerzas que domina la vida. Como idea general, podríamos sencillamente pararnos a pensar que en el caso de Europa se partía desde la más absoluta carencia en forma de postguerra y racionamiento hasta llegar a sumergirse, en poco más de medio siglo, en un frenético consumismo que rebasa incluso lo que podría haberse considerado extremo opuesto hace menos de dos décadas. Porque a pesar de que la benéfica transición desde la nada a un trabajado progreso económico se produjera durante los años 60, aquello era sólo el principio de lo que parecía un sano camino y nadie podía entonces imaginar que el comienzo del nuevo siglo nos llevaría a desmanes consumistas de un calibre que pone los pelos de punta. Es el peligro que conllevan siempre los extremos. Poco más de una década ha bastado para que hayamos sobrepasado el extremo de la abundancia, sin que parezca además que hayamos sido capaces de recular e instalarnos en un punto intermedio. Es lógico, por otra parte, ya que a la par se han ido creando los inevitablemente intereses y costumbres.
Así, hemos pasado de ver a nuestras abuelas zurciendo calcetines con la ayuda de un huevo de madera o cogiendo algún punto a las medias que amenazaban con arruinarse por culpa de una carrera, a tener que elegir entre cientos de modelos, de tejidos, de colores, de deniers, de tallas o semitallas y, por supuesto, de marcas y más marcas, de fabricantes nacionales o extranjeros. Y si antes las señoras disponían de dos o tres barras de labios en distintos colores para combinar con la ropa y de un estuche con pincel para extender la máscara de pestañas, ahora cualquiera de nosotras se vuelve majara para elegir un producto entre docenas de expositores de distintas marcas que ofrecen interminables gamas de colores y matices, de acabados más brillantes o más mates, con efecto gloss, de colágeno o de pestañas postizas.
¿De verdad hace falta tanto? Está claro que sí, porque las nuevas propuestas y ofertas nunca se acaban. En cierto modo, cuando se trata de este tipo de productos de corta duración y, en definitiva, de no muy alto precio, aún puede entenderse o, en todo caso, justificarse. Pero el fenómeno tiene otros escenarios bastante más escandalosos y no sólo, por ejemplo, el textil, del que ya poníamos el ejemplo de los calcetines que acaban en la basura, los dos, cuando sólo uno de los dedos gordos empieza a clarear sutilmente en el extremo.
El verdadero desenfreno ha tenido lugar, sin duda, en el ámbito de la alimentación; precisamente en un mundo en el que comunidades enteras siguen muriendo de hambre. Por una parte, apareció en los productos alimenticios el reflejo de la infinita variedad provocando que uno se pueda volver tarumba eligiendo un simple yogur natural y hasta un paquete de sal gorda. Y por otra, las necesarias reglamentaciones que trataban de salvaguardar la salud del consumidor ante posibles intoxicaciones empezaron a hacerse cada vez más rigurosas hasta alcanzar no sólo el extremo opuesto, sino más bien cualquier tipo de límite racional. Lo cierto es que los pasos que se fueron dando por el camino eran bastante lógicos: los gobiernos no podían consentir que sus ciudadanos corrieran peligro alguno a la hora de alimentarse y, a su vez, las empresas decidieron, nunca mejor dicho, curarse en salud, exagerando al máximo las fechas de caducidad con objeto de no exponerse a demandas multimillonarias en caso de intoxicación. Además, el Dios Consumo salía como siempre ganando, porque el cliente no iba a tardar mucho en acostumbrarse a considerar un dogma la fecha que aparecía en el envase y a tirar directamente a la basura el alimento en cuestión, aunque el mismo siguiera teniendo una pinta estupenda y la fecha consignada fuera la de ayer.
Esos numeritos que ahora aparecen en cualquier producto, incluida la pasta de dientes y las magdalenas, cambiaron nuestro mundo. Ya nadie juzga digna de mojarse en el café a una magdalena de acuerdo con esos pasados y simplones criterios de la esponjosidad o la dureza; si la fecha que dice el fabricante aún no ha llegado, aunque la magdalena esté más dura que una piedra, podemos desayunárnosla tranquilamente. Y viceversa. Las fechas de caducidad o las de consumo “preferentemente antes de” llegaron para que ya nadie tuviera que preocuparse de recortar los bordes secos y oscurecidos de las lonchas de queso o de jamón york, como acostumbraban a hacer las madres cuando preparaban el bocadillo, o de comprobar con el tacto, el olfato y el oído que la conserva de sardinas no está hinchada por culpa de la toxina botulínica, la cual, otro sorprendente progreso, ahora usamos para que las arrugas de la cara no se comporten igual que los numeritos de los envases y revelen nuestra propia fecha de caducidad.
Ahora, por fin, parece haber llegado el momento, aquí sí, de poner un poco de sentido común y avanzar hacia el equilibrio. El pasado lunes, los diputados del Parlamento Europeo se sentaron a debatir la posibilidad de modificar la normativa que regula las fechas de caducidad de algunos alimentos para alargar su vida útil y evitar que cada año se despilfarren en la Unión Europea 89 millones de toneladas de alimentos en buen estado, que acaban en las recicladas y modernas basuras de nuestras casas, mientras convivimos con 79 millones de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza. En el informe que recoge la sesión celebrada y que será sometido a votación el próximo 22 de noviembre, todos parecen estar de acuerdo en que existe un claro margen de maniobra para modificar la actual normativa y, sin duda, debería ser asimismo el momento para conseguir que, en todo caso, los alimentos que, a pesar de haber sobrepasado la fecha indicada por el fabricante, sigan siendo perfectamente consumibles puedan llegar a los más necesitados. Porque en la actualidad y, aunque pueda parecer mentira, la inmensa mayoría de esos productos caducados que aún pueden consumirse se destruyen, en vez de repartirse entre las correspondientes instituciones encargadas de alimentar a quienes lo necesitan. Y la razón es única y exclusivamente la de evitar gastos de distribución.
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