Marcos Marín Amezcua | Viernes 21 de octubre de 2011
Con Gadafi tengo sentimientos encontrados. Gobernó su país más años de los que yo sumo. Y siempre estuvo allí, cual verdadera esfinge resguardando su arenero. Un arenero llamado Libia, pobre a la vista, pero riquísimo en su subsuelo.
Ya no es trascendente saber en qué artes se nos convirtió en «Gadafi» el vocablo con el que crecimos llamándolo «Khadafi», sino el valorar que me repugna haberse quedado en el gobierno por más de 42 años, apoyado en un dudoso beneficio para su pueblo. Empero, derribarlo mediante una intervención extranjera que azuzó a rebeldes que buenos motivos tenían para serlo, tampoco me parece el camino adecuado ni el admitido en derecho internacional ni ser la verdadera vía al progreso que necesita Libia, pues resultan sospechosas las intenciones de las potencias para apapachar esta intervención. Pero así han venido las cosas y es lo que hay.
En todo caso, Libia una vez más no la tiene nada fácil. La ausencia del dictador representa un vacío de poder absoluto, pues falta ver la capacidad de acción que puedan tener los rebeldes libios, tan ajenos que parecen a la posibilidad para conducir con tino los destinos de su estropeado país.
Un país que no deja de contar con fronteras ficticias trazadas con un dedo sobre las arenas ardientes del Sahara y que fue el arenero caciquil de este personaje tan enigmático como de aspecto cruel, que nos conduce a meditar acerca del significado de su muerte violenta.
Curioso resulta ser el marco histórico en el cual ha muerto Gadafi. Figúrese amigo lector en ambos hemisferios, que se cumplen en estos días aciagos cien años de la guerra turco-italiana que cesó con el tratado de Lausana por el que se diera la posesión definitiva de aquellas tierras a Italia, desmembrándolas del otrora Imperio Otomano, legitimando lo que antes repartió el Congreso de Berlín en 1884 (ya se sabe, los delegados aquellos repartiendo lo que no era suyo).
Aquella exótica dominación italiana concluyó con la Segunda Guerra Mundial, a la que siguió la ocupación aliada que culminó con la endeble independencia de 1951, sellando a su vez su destino el golpe de estado encabezado por este sujeto metido a coronel que hoy nos ocupa (¿nunca ascendió a más?), quien al escalar el poder prometiera un gobierno de transición, pero que permaneció allí por más de cuatro décadas. El típico caso de quien le coge un cariño a la silla para nunca más soltarla.
Gadafi, el inamovible, el eterno Gadafi de hierático rostro, fue acusado de muchas cosas. No menores. Hacer de su país un santuario de terroristas acaso sea la más grave; eso orilló a Estados Unidos a bombardear Trípoli y Benghazi en el golfo de Sidra (ahora machaconamente llamado de Sirte) en 1986; ataque respondido con el zarpazo libio derribando aquel avión de Panam sobre Lockerbie, Escocia, más su terrible e implacable postura en defenderse a sí mismo para permanecer contra viento y marea.
Pero la política internacional es ardua y difícil. No obstante que rompió relaciones diplomáticas con el Reino Unido por alcahuetear el bombardeo de 1986 y de recibir la condena unánime por lo de Lockerbie, los británicos no tuvieron empacho en acercársele a negociar nuevos contratos apostando a la enorme riqueza que aquel arenero prometía. Business are Business.
Y ahora, tras largas semanas en que se anunciaba una y otra vez que ya mero, que ya pronto, que ya casi caía, nos enteramos de que al fin sucedió: han matado a este tirano cuya defensa militar no fue menor, que lo mismo negoció con unos que con otros; que igual se fotografió con Chávez que con Blair, sirviendo a los intereses más diversos de las superponencias hasta que les estorbó y así, atropelladamente, este jueves 20 conocimos impresionantes fotografías que prometían ser las auténticas sobre el macabro desenlace de este sujeto. Gadafi se agarró con las 20 uñas para defender su cada vez más precaria y solitaria posición.
Sin Gadafi, para Libia no empiezan momentos fáciles. Por el contrario. Las ayudas prometidas por Estados Unidos no parecen ir dirigidas al progreso real; y lo de Libia no estoy cierto que se inscriba dentro de las revoluciones árabes, puesto que el petróleo libio parece ser un buen acicate que aleja a Libia de aquellas y es un precioso botín para favorecer la intervención extranjera y eso demeritaría todo lo alcanzado por los rebeldes, si permiten que se les vaya de las manos, considerando las enormes reservas del país.
Lo que menos necesita el Magreb con un Egipto de por sí inestable y con los grupos más radicales ascendiendo posiciones, es ahora contar con una Libia que se colapse por la intervención extranjera o por la incapacidad de sus nuevos mandamases. Y con Europa enfrente, menos aún. Pero algo es verdad: esa película todavía no termina.
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