Opinión

Antoñete en Sevilla

José Suárez-Inclán | Domingo 23 de octubre de 2011
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Yo era paulista. Es lo último que fui de verdad. Porque a Rafael de Paula lo descubrí tarde, como casi todos los madrileños: la faena de Vista Alegre, aquel famoso quite, su vuelta pletórica y expectante a Las Ventas como un milagro, como una promesa imposible. Comentaba con él aquellas tardes en una entrevista que le hice para El País y meneaba la cabeza. Balbuceaba ensimismado, soñador, rememorando con precisión, cigarro tras cigarro. A menudo con dos encendidos en el mismo cenicero. Pero antes que paulista fui currista. Curro era torero habitual de Madrid, de sus dos plazas. Seguramente esa inexplicable percepción de la belleza que vaga por la infancia como un secreto luminoso me la proporcionó —antes que un libro, que una canción o una música, que una película o un paisaje, que el aroma del campo y el canto de un río en tarde de verano— una faena de Curro Romero. No puedo recordarla pero la estoy viendo. Cada pase. No sé cuándo fue, creo en los sesenta porque yo era chico, me parece que abrió la Puerta Grande. Pero ya para entonces el barrio de Las Ventas, mi barrio, que era como decir el barrio de la plaza, el de los toros, eran el barrio, la plaza y los toros de Antoñete. No solo por nacimiento y por pertenencia.

Es que el toreo clásico de Chenel, de aroma profundo y extremado, donde romanticismo y clasicismo son lo mismo, armonía y llama, hondura y gracia, era casi una especialidad íntima y distintiva en Madrid, quizá en el barrio. Uno pertenecía a Antoñete como se pertenece a un país, a una familia. Sin reflexionar más, de manera individual y colectiva. Antoñete era el toreo madrileño, ese toreo del sur que no es del sur y mucho menos del norte; un toreo con tantas virtudes, tan sencillo y con tantos secretos, que se quebraba y desaparecía. Tan colosales eran sus grandes faenas, que todo el mundo las había visto. Nadie se resignó, por ejemplo, a perderse sus muñecas con el famoso ensabanao Atrevido (el Toro Blanco de Antoñete decía la gente, como si de nombre compuesto y apellido se tratase) de modo que no ha habido madrileño que incluso antes de nacer, no la haya visto.

Mucho antes de que yo viese a Paula encenderse un cigarro con otro, ya había visto a Antoñete dar candela a los paquetes de cigarrillos sin solución de continuidad. Mucho antes de que Curro pusiera a arder Las Ventas, ya Antoñete era el dueño paradójico de aquella arena. Pero como a tantos toreros extraordinarios, le faltaba Sevilla. No creo que me equivoque si lo imagino noche tras noche, de madrugada, fumando en la cama, pensando con amargura en La Maestranza.

En el año 85, tras su vuelta prodigiosa al toreo y sus éxitos venteños sin parangón, me fui a verlo a Sevilla. Antoñete, Curro Romero y Rafael de Paula. Yo era paulista, era currista, era antoñetista… pero allí me volvió la infancia como un huracán seco y se me encendieron los ojos con Antonio. Llegaba Chenel a Sevilla, mayor, cansado, en desventaja física y psíquica, a ajustar en campo ajeno las cuentas dolorosas de una vida de torero. El público de la capital del toreo, siempre sabio y correcto, siempre complejo, iba a ver a Curro. Algunos románticos a Paula.

Nadie a Antoñete. Le salió a Chenel un toro a contraestilo, un mansote que se iba a tablas y con el que no podía desarrollar su tauromaquia airosa, citar de lejos, encelar en dos pases, quebrar al natural, mandar al ritmo exacto de su voz, su muñeca, su pasos. Y Antoñete, que aún soñaba Sevilla, se ajustó a aquel toro. Se metió en tablas, lo enceló forzando en un espacio mínimo, se arrimó sin aire, lo obligó en un átomo … hasta que ya la cabeza del toro iba cosida y dulce en la muleta. Hervía la plaza en oles —muchos en pie—, se adornaba el maestro… Y al fin se hizo silencio. Cuando entró a matar —yo lo tenía muy cerca— comprendí que iba a ir a lo alto, que iba a pinchar en hueso. Y comprendí con ello la grandeza sin límites del toreo. Tenía Antoñete, al fin, Sevilla en sus manos. Acercarse al rincón, matar con truco, era —lo sabía el Maestro— asegurar las dos orejas. Pero, a su edad, pese a sus conocidas dificultades con la espada, se tiró a lo alto, sin faltar a la verdad del toreo. Y pinchó en hueso. Pocas veces he sentido una emoción más grande. La sabiduría sevillana también debió sentirla —emoción trágica, catarsis colectiva— porque cuando Antoñete volvió a apuntar la espada hacia el hoyo, la plaza ya estaba llena de pañuelos.

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