Opinión

Sin disolución no hay solución

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 24 de octubre de 2011
No por esperado ha dejado de causar menos revuelo el comunicado de ETA, que no ha abandonado para presentarlo su habitual liturgia, más bien ridícula y desfasada, ni tampoco su bien conocida semántica. Salvo, por supuesto, la inclusión del adjetivo “definitivo” para calificar el cese de su actividad terrorista (“armada”, en su lenguaje) que, no cabe duda, es de una gran novedad e importancia si es que expresa un propósito real y plenamente asumido de dejar de matar. El resto del texto repite los viejos temas etarras, con la misma jerga de siempre, que, sin embargo, se quedan en el aire y como colgados de la brocha si es que la renuncia al crimen y a la extorsión es sincera y creíble. ¿Qué atención merece una ETA que no mate? ¿Quién teme a una supuesta ETA mansa? ¿Acaso por eso conservan las armas, pocas o muchas, que todavía tienen?

Paradójicamente los etarras dan la impresión de sentirse, a la vez, derrotados y satisfechos. Derrotados, aunque, desde luego, no lo reconocen expresamente sino que insisten en dar pleno sentido a su pasada actividad criminal ya que, escriben, “la lucha de largos años ha creado esta oportunidad”. Pero derrotados porque es patente su actual carencia de capacidad operativa para seguir cometiendo crímenes. También, quizás, por una especie de toma de conciencia, bien tardía, de que matando no se consiguen objetivos políticos (¿o sí?) y porque, en el enfrentamiento con un Estado democrático, los criminales, del tipo que sean, siempre tienen las de perder (¿o no?).

Pero en el comunicado es perceptible también una cierta autocomplacencia, poco compatible con la idea de derrota. Puede que sea para consumo interno de sus seguidores, pero dan la impresión de sentirse orgullosos de su trayectoria, pues no hay ni el menor atisbo de lamento por tanta sangre derramada y tanto dolor causado. Y, desde la primera línea, muestran, además, su satisfacción por ese discutible reconocimiento internacional que estiman han recibido de esa triste farsa, mal llamada “conferencia internacional”, celebrada poco antes. Una “conferencia” formada por autodesignados mediadores entre partes tan diversas como Estados democráticos y una banda terrorista y convocados no se sabe cómo para poner su firma en un texto (“resolución” la denominan los etarras) que da toda la impresión que estaba redactado de antemano por quienes se han prestado a ser sus anfitriones, que se han beneficiado de complicidades tan poco explícitas como evidentes. ¿Se ha pedido a los Estados aludidos, España y Francia, que designen sus representantes en ese grupo mediador o que, al menos, den su visto bueno a los nombrados por la otra parte? Evidentemente no, porque estos Estados les habrían mandado a hacer puñetas para decirlo de la manera más suave. ¿Entre quiénes median esta gente sin ninguna legitimidad ni representación, aunque tengan una historia, en la mayor parte de los casos poco brillante, a veces miserable, sin más? Pues para ETA la “resolución” de los mediadores, a la que atribuyen “gran transcendencia política… reúne los ingredientes para una solución integral del conflicto”. ¡Cómo no va a ser así si todo procede de ETA y de su más inmediato entorno! En un peculiar juego de Juan Palomo ETA se lo guisa (trayendo a unos bien pagados “abajofirmantes”) y se lo come emitiendo el comunicado.

El caso es que esta ETA, que parece exhibir un discutible propósito de enmienda, saca pecho, orgullosa de su macabro palmarés. Como el violador que promete no volver a las andadas, a la vez que se pavonea de sus pasadas “hazañas”.Quizás todo tiene una terrible y temible lógica: su satisfacción se entiende porque, gracias a la discutida y discutible legalización de Bildu, han conseguido en el País Vasco una importante cuota de poder político, con la que no pudieron soñar en aquellos tristes “años de plomo” en que su oficio cotidiano era la bomba y el tiro en la nuca. Ahora, hasta se ponen corbata, si hace falta, y pisan la alfombra roja como diciendo, esto es solo el principio. No matan por ningún tipo de arrepentimiento sino porque han logrado y se les han facilitado otros medios para alcanzar sus fines de siempre. Si el poder, que es el objetivo último de una banda terrorista, se puede conseguir sin asumir los riesgos del crimen, abandonar la “actividad armada” se impone por sí mismo.

Vender a la opinión pública vasca que en adelante “nos vamos a portar bien” puede ser muy rentable políticamente, como ya demostraron las elecciones del 22 de mayo. Y en eso están. Lo de estos días es también una operación electoral, cara al 20 de noviembre, en el que su brazo político puede obtener varios escaños en el Congreso de los Diputados, quizás hasta un grupo parlamentario e incluso también algún escaño en el Senado. El PNV puede pagar los platos rotos, lo que demostraría que su estrategia de estos años –construida sobre aquello del árbol y las nueces- ha estado profundamente equivocada. Es tranquilizador, en todo caso, que el PP anuncie que “si llega al Gobierno y ETA no se ha disuelto y tiene pruebas de que Amaiur o cualquier partido es su brazo político, instará a su ilegalización”.

Pero, por el momento, ETA sigue, no da la menor indicación de querer desaparecer de la escena, como haría un derrotado que hubiera interiorizado su derrota. Todo lo contrario. Se atribuye una especie de tutela sobre un proceso que aún no ha terminado y que se concretará, porque así lo deciden ellos y según sus propias palabras, en “un proceso de diálogo directo” con los Gobiernos de España y Francia. Se olvidan de que en este “nuevo ciclo”, por usar su terminología, más que un diálogo tramposo lo que se impone es la aplicación escrupulosa de las normas de Estado de Derecho que incluyen descartar cualquier tentación de impunidad. Estos etarras debían leer las resoluciones del Consejo de Europa que taxativamente establecen que cualquier “conflicto”, como ellos dicen, se cierra en falso si quienes han cometido crímenes quedan impunes. Y es patente, en el comunicado, que su objetivo inmediato es lograr la impunidad. Todo lo demás, hasta la deseada declaración unilateral de independencia, vendrá después. Por eso, de lo que no se olvidan es de, turbiamente, reclamar la autodeterminación que ni jurídica, ni política, ni sensatamente cabe en nuestro Estado de Derecho.

Pero, si la decisión de dejar de matar no puede por menos que recibirse como un alivio, con todas las cautelas que se imponen cuando terroristas de esta calaña andan por medio, lo más notable del comunicado es lo que no está en él. Y lo que no está es la disolución de una banda terrorista que, si no va a hacer en adelante uso de la violencia, ¿para qué quiere seguir existiendo y conservar sus armas? Ya hay, como hemos subrayado, una demasiado potente “izquierda abertzale” que puede defender, sin sangre ni extorsión, los postulados políticos de ETA. La única respuesta a esta negativa a disolverse es que ETA quiere “tutelar” también esta parte de su galaxia que ocupa las instituciones porque, aún cuando no mate, no renuncia a su papel de director de orquesta de todo el conjunto. Hay que evitar todo desviacionismo, en la mejor tradición leninista-stalinista. Y la conclusión se impone: mientras ETA siga existiendo siempre existirá una amenaza latente que podría volver a activarse en cualquier momento. Porque sin disolución no hay solución para este problema, que no es una “confrontación armada”, como ellos dicen, sino una cuestión de puro bandolerismo político. Pero un bandolerismo político que ha logrado instalarse en las instituciones, como suelen hacer las mafias, para, desde allí, proseguir sus fines. ¿Es que no hay remedios para esta aberración en el Estado de Derecho? Creemos que sí y esperamos que el próximo Gobierno los aplique.

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