Sábado 29 de octubre de 2011
Se cumple un año en el heredero del régimen cubano, Raúl Castro, impulsó su tan proclamada reforma económica, en donde el apoyo a la “microempresa” o los comerciantes independientes,- que curiosamente en un pasado no muy lejano eran los grandes proscritos-, se convirtió en el pilar de la llamada “actualización” del modelo socialista caribeño.
Sin embargo, la “joya de la corona” del politburó castrista se ha topado con el obstáculo de la realidad que vive la Isla. Una realidad que arrastra profundos lastres y limitaciones que se traduce en los elevados y nuevos impuestos que los autónomos han de pagar por el derecho a tener una licencia comercial, las conocidas trabas burocráticas, la falta de un mercado mayorista; y el problema más importante: la falta de demanda por la crítica situación del país.
Todo esto ha obligado a que el 25% de las 190.000 licencias concedida a comerciantes durante este último años, sean devueltas por fracaso “empresarial”, lo que desvela que esta especie de “lifting facial” que insta Raúl Castro, no es suficiente para alisar las arrugas del régimen.
Cuba merece y tiene derecho a un futuro económico favorecedor, en donde sus ciudadanos puedan disponer de mejores perspectivas de desarrollo, a través de una economía real y sostenible, acorde con las necesidades del Siglo XXI. Para ello se debe dar los pasos sustanciales para lograrlo, más allá de aspirar al levantamiento del embargo impuesto por EEUU en 1962, en donde recientemente y casi por unanimidad la comunidad internacional abogó por terminar con esta medida.
Hablar de reformas, supone tomar decisiones importantes para impulsar el cambio, de lo contrario estas no existen o no pueden tener lugar. El ideal de “actualización” de Raúl Castro es un espejismo por no decir un fantoche de cambios que el politburó busca venderle al mundo, con el propósito de seguir manteniendo una excusa cada vez más insostenible para seguir en el poder al mejor estilo de la “vieja guardia” comunista.
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