Pedro González-Trevijano | Sábado 29 de octubre de 2011
Hay pocos artistas de los que sepamos más cosas que de Pablo Picasso. Por supuesto, y lo más relevante, acerca de su hacer creativo. Es imposible encontrar algún pintor a quien la historia del arte haya dedicado recientemente más espacio que al malagueño. Ahí están las internacionales biografías de Roland Penrouse, de John Richardson y de Brassaï, Conversaciones con Picasso, o las nacionales, y también significativas, de Gómez de la Serna, Picasso y el cubismo, Santiago Amón, Picasso, y Eugenio D´ors, Pablo Picasso. Pero, y esto es lo que ahora deseo resaltar, también conocemos muchas, muchísimas cosas, sobre su vida más personal, sus gustos y aficiones, sus mujeres, sus amigos…: su afición al tabaco, su gusto fagocitador, como si de una amantis religiosa se tratase, por las mujeres, su pasión por los toros y, a esto llegamos, su interés por el mundo del circo. Algunos de cuyos detalles se desgranan en las obras de Gertrude Stein, Picasso, Francoise Guillot y Carlton Lake, Vida con Picasso o James Lord, Picasso y Dora. Un ambiente al que el genial pintor prestó atención durante el periodo rosa de su pintura, realizando alguno de sus cuadros más logrados.
Pues bien, de entre ellos sobresale el titulado La acróbata de la bola, ejecutado en el año 1905, cuando Picasso tenía sólo veintitrés años, hoy propiedad del Museo Puskhin de Moscú -adquirido inicialmente al artista por la avispadísima Gertrude Stein y después en poder del galerista Kahnweiler, pasó en 1913 al coleccionista ruso I. Morosov- que tenemos la suerte se encuentra entre nosotros hasta el 18 de diciembre en el Museo del Prado. Picasso nos sumerge en lo mejor de su periodo rosa, una época de vitalidad y optimismo, superados los oscuros y angustiados años del periodo azul, y repleta de actores ambulantes, acróbatas y saltimbanquis. Ahí están, entre otros, los lienzos Acróbata y joven arlequín (1905), Muchacho con pipa (1905) -que batía todos los récords en la subasta de Sotheby´s en 2004, tras rematarse por más de ochenta millones de euros- y la emblemática Familia de saltimbanquis (1905). Picasso frecuentaba el circo Médrano situado a las afueras de París y no muy lejos de su pobre estudio en el Bateau-Lavoir. Un ambiente, el circense, que nos sirve para explicar la intra historia de nuestro cuadro.
Del lienzo resalta su composición escultorizada y depurada hasta el extremo. Un perfil que nos recuerda, señalaba Richardson, un bronce titulado Muchacho haciendo equilibrios sobre una pelota (1888), obra de un escultor alemán de segunda fila, de nombre Johannes Goetz, que Picasso posiblemente conocería por alguna revista de arte. La composición se construye sobriamente sobre dos personajes: uno, el de la joven equilibrista montada sobre una bola, en una posición físicamente casi imposible; y, el otro, un forzado, seguramente algún conocido del circo Médrano, y hasta quizás amigo, sentado sobre una caja o accesorio de estudio que aparece por lo demás en otras obras del malagueño. Este es el caso, sobre todo, de la composición titulada El tío Pepe sentado (1905), una figura que reaparece en el emblemático cuadro Familia de saltimbanquis. Ambos personajes, la acróbata y el forzudo, representan, eso sí, los más opuestos perfiles: la acróbata es ligera y grácil, mientras el forzudo es rotundo y sólido, tras un paisaje cromáticamente esencializado y con una paleta de colores restringida. Aunque la mejor manera de acercarse a la filosofía de esta obra sea el poema de Apollinaire Un fantóme de nuées
Entre tanto, la relación entre El Prado y Picasso, Picasso y el Prado, sigue siendo una intensa y frecuente, como vuelve a refrendarse hoy con la presencia de La acróbata de la bola en el edificio de Juan de Villanueva. Antes ya habíamos tenido ocasión de ver otras obras del malagueño en la Exposición Picasso. Tradición y Vanguardia en 2006. Un Museo del que Pablo Picasso había sido nombrado director en los terribles años de 1936 a 1939. Lo que aún no ha sucedido, por más que no hayan faltado intentos, es la presencia del Gernika en la primera de nuestras pinacotecas, pero sea como fuere, ¡Picasso ha asaltado, una vez más, el Prado! No se pierdan la obra del intruso.
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