José María Herrera | Sábado 29 de octubre de 2011
Días atrás, después de una larga soflama sobre el programa secreto de recortes de la oposición, el señor Rubalcaba, interpelado por un periodista que no entendía cómo criticaba a nadie por suponer que iba a hacer algo semejante a lo que él ya había hecho –se refería a la congelación de las pensiones y la bajada salarial de los funcionarios-, contestó que el gobierno socialista no ha efectuado recortes de ninguna naturaleza, sino que simplemente ha pedido un “esfuerzo adicional” a quienes cobran de las arcas públicas. El cambio de una palabra nefasta, “recorte”, por una expresión soportable, “esfuerzo adicional”, difícilmente engañará a nadie. Otra cosa es el efecto que pueda tener la afirmación previa de que ese esfuerzo ha sido pedido y no impuesto. ¿Cómo y cuándo se ha efectuado esa petición?, ¿acaso no fue una orden, un decreto, un trágala?
El asunto es conocido y no merece comentario. Lo que a mí me interesa considerar hoy con ustedes es la proliferación de expresiones tranquilizadoras con que unos y otros intentan maquillar la gravedad de las medidas que se están adoptando por culpa de la crisis, una crisis que se parece cada vez más a esos dibujos animados en los que alguien corre y corre hasta que se da cuenta de que lo está haciendo en el vacío y entonces cae de golpe. Y es que desde que estalló la burbuja –la primera burbuja, todavía faltan dos por reventar: la burbuja política, ese progresismo de folletín para el que basta con proclamar un deseo para tener derecho a él, y la pedagógica, responsable de que tengamos la generación mejor preparada de la historia y no se sepa para qué-, no hay día que no surja un concepto nuevo, una fórmula inédita con la que los charlatanes tratan de edulcorar el aterrizaje, si me permiten llamar así al proceso que nos va a conducir desde el cielo estrellado del señor Zapatero a la dura realidad.
Me refiero a expresiones como “descanso activo”, “salario emocional”, “jefe tóxico”, hallazgos poéticos análogos a los de los demagogos, aunque de aplicación en el mundo de la empresa. Ninguna firma de progreso, de esas que desencadenan tormentas de ideas y recogen luego tempestades financieras, puede prescindir hoy de su uso. Equivalen, en la lengua de los expertos en recursos humanos, al esfuerzo adicional del señor Rubalcaba, y en la rancia jerga marxista, a la gramática ideológica con que intenta encubrir el capital la infamia de la plusvalía.
Empecemos por el jefe tóxico. Un jefe tóxico es un jefe sin talante, o sea, una persona que tiene la última palabra, pero que, a diferencia del jefe guay, no cesa de emplearla. Si uno pertenece a la generación mejor preparada de la Historia y está acostumbrado a debatir en una atmósfera de eclecticismo sobre cualquier asunto, el impacto de esta clase de directivos se asemeja a los latigazos en la espina dorsal de los galeotes o las bombas de gas mostaza en las trincheras. Las empresas abominan abiertamente de ellos, pero recurren a sus servicios como la madre Tierra a la selección natural, es decir, porque no les queda otro remedio. El ideal del ejecutivo lo encarna el propio Rubalcaba, un jefe que jamás despediría a su empleado diciendo que es un inepto, sino, en todo caso, lamentando que padezca una disposición desfavorable. Con este tipo de jefes, el bueno, no el tóxico, ni Adán querría volver al paraíso ni el prisionero de la caverna de Platón salir de ella.
Para elevar el alma y escapar del mundo sensible, efímero y pueril, tenemos la noción de “salario emocional”, concepto clave en el actual marketing capitalista. Su autor quizá haya llegado a él tras preguntarse cómo es posible que el cerebro sea una máquina tan sofisticada, en la que se producen miles de conexiones por segundo, y que a él no se le hubiera ocurrido nada. Pero la idea llegó. Bastaba con una sencilla operación filosófica, apartar de la mente la creencia que ligó durante la época del pelotazo talento personal y facturación para advertir con entusiasmo que el nuevo tipo de trabajador, el trabajador comprometido con la empresa, no tendría en las presentes circunstancias ningún problema en admitir que el dinero no es la única ni la mejor manera de recompensar su esfuerzo. ¿A qué esa manía de cobrar en euros las horas extraordinarias pudiendo hacerlo de otra forma? ¿Cuántos trabajadores no se sentirían felices perteneciendo a una empresa que, mientras uno permanece en la oficina, gestiona la reparación de nuestro coche, recoge a los niño del colegio y hasta le dar un cariñoso repaso a nuestro cónyuge si éste, por culpa de la coyuntura, se siente abandonado?
Igual de meritorio es el concepto de descanso activo, un invento reciente ideado para evitar que el trabajador dedique sus vacaciones a tocarse el noúmeno mientras millones de chinos esclavizados socavan la deuda pública nacional. Es un concepto más fácil de entender que de soportar pues se trata de impedir el relax del vacante mediante un refinado sistema de interrupciones telefónicas y cibernéticas que le mantengan perennemente unido a la empresa, nuestro cordón umbilical con la realidad. En la playa o la montaña, el ocioso empleado sigue manteniendo la actividad y contribuyendo, de esa manera, a la prosperidad de la industria. La vieja teoría de que hay que desconectar de vez en cuando totalmente de la labor se considera en una coyuntura como la actual errónea y obsoleta. Hay que descansar, por descontado, pero no en paz. Para no hacer nada de nada ya están los depósitos de cadáveres y las colas del paro.
Como ven, son fórmulas de progreso, adecuadas para afrontar la crisis sin deteriorar el delicado tejido empresarial ni perturbar a los trabajadores. Las variantes son ilimitadas, y en algunos casos sumamente sutiles. Al lector interesado por el tema le recomiendo vivamente el reportaje que publicó aquí el jueves pasado Laila Escartín con el título “Revolución cultural de nombre yanqui” http://www.elimparcial.es/television/revolucion-cultural-de-nombre-yanqui--93453.html , un trabajo espléndido sobre otro inquietante fenómeno de nuevo cuño, el crowdsourcing, o sea, la “muchedumbrización”. Vale la pena.
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