Los Lunes de El Imparcial

Pedro J. Ramírez: El primer naufragio

CRÍTICA

Domingo 30 de octubre de 2011
Pedro J. Ramírez: El primer naufragio. La Esfera de los Libros. Madrid, 2011. 1.332 páginas. 39,90 €

Georg Lukács, uno de los más sagaces analistas del nuevo modelo de novela histórica que surgió tras la Revolución Francesa, señaló con perspicacia: “La novela histórica de los humanistas de nuestro tiempo mantiene un vínculo ineludible con los grandes problemas de nuestra actualidad.” La novedosa forma de relatar no era, por lo tanto, una evocación erudita del pasado, y menos aún una evasión del presente, pues, como concluye Lukács: “Esta novela histórica –a diferencia de lo que sucede con la de tipo flaubertiano-, está dispuesta a plasmar la prehistoria del presente.” Aunque El primer naufragio no es en modo alguno una novela histórica, atesora ese mismo carácter humanista que Lukács atribuye a los herederos de Walter Scott: El primer naufragio es un riguroso libro de historia al que Pedro J. Ramírez le concede una estrecha conexión con la actualidad y con el que plasma esa “prehistoria del presente”, a través de la cual comprendemos con claridad de qué modo lo pasado persiste con fuerza en nuestra vida actual.

Este podría ser uno de sus mayores méritos, aunque no el único, donde se asienta el grado de vigencia y atractivo que esta obra posee para el lector de nuestros días. Ese nexo entre el pasado y el más inmediato presente está remarcado por la elección de un período muy específico dentro del vertiginoso proceso revolucionario francés: desde finales de enero de 1793 -una vez ejecutado Luis XVI-, hasta el 2 de junio de ese mismo año, en el que la República recién instaurada se decanta hacia un desenlace furioso y criminal que contraviene todos los principios en los que aparentaba basarse. Aplicar la lente a este breve lapso de tiempo, que apenas supera los cuatro meses, no desfigura el hecho revolucionario en su conjunto y sí permite apreciar con absoluta nitidez todos los resortes y las lacras de la política moderna que, con distintas modulaciones y desenlaces, han repetido su eco una y otra vez durante los siglos XIX y XX hasta desembocar en nuestros días.

Al comenzar El primer naufragio, el lector debe tener presente que ya han sucedido episodios cruciales, como la convocatoria de Estados Generales a consecuencia de la bancarrota francesa que imposibilitó a la monarquía hacer frente al gasto público con que estaba comprometida –primera inquietante analogía con todas las conmociones históricas posteriores que enlaza con nuestra actualidad más inmediata. Los lectores de El primer naufragio también han de tener en cuenta que la Revolución ha sido espoleada por un sector de la aristocracia reaccionaria, que se niega a pagar los impuestos que hubiesen resuelto la bancarrota estatal si no es a cambio de recobrar prerrogativas medievales. Asimismo que la réplica revolucionaria a esa actitud se le escapa de las manos a ese otro sector aristocrático educado en las ideas ilustradas de la Enciclopedia, liderado por Mirabeau y por el general Lafayette, que no logran culminar su propósito de establecer una monarquía parlamentaria análoga a la británica. Muerto Mirabeau, exiliado Lafayette, capturada la familia real tras su frustrada huida, el análisis histórico de Pedro J. Ramírez se inicia justo después de que el rey Luis XVI haya sido guillotinado y arrojado a una fosa de cal viva que destruirá sus despojos.

Seleccionando este punto de partida inmediatamente posterior al regicidio, el estudio de El primer naufragio puede centrar toda su atención en el impetuoso desenvolvimiento del primer parlamento democrático en la República recién instaurada, donde históricamente la izquierda, configurada por una minoría de parlamentarios sentados en la parte alta e izquierda de la Asamblea, se enfrentaba cainitamente a la mayoría parlamentaria que ocupaba el centro y la derecha de las gradas parlamentarias. Todas las organizaciones herederas de aquella embrionaria “izquierda” nacida en la Convención republicana se han obstinado en mantener en pie mitos que los estudios históricos demuestran no ser más que quimeras o simples patrañas, sostenidas a través de los tiempos mediante manipulaciones y una eficaz maquinaria de propaganda. El victimismo es una de las muchas armas eficaces de ese propagandismo al servicio de la agitación. Las investigaciones históricas documentan las infinitas veces que los líderes de esa primera organización de izquierdas ofrecen retóricamente dar su vida frente a las conjuras antidemocráticas. En realidad, el edificio del Antiguo Régimen se ha desplomado, la monarquía decapitada, la aristocracia exiliada, de modo que el victimismo solo puede ser alimentado mediante la difamatoria acusación a los restantes parlamentarios de ser conspiradores para restaurar el trono. La izquierda encabezada por Danton y Robespierre construye un relato propagandístico auténticamente paranoico, donde los demás siempre tienen un programa oculto, unas infames dobles intenciones y la verdadera democracia reside solo y exclusivamente en la virtuosa minoría izquierdista, donde su líder Robespierre acaba siendo apodado “El incorruptible”.

Nada más alejado de la realidad histórica que ese relato tan paranoico como propagandístico. Los representantes acomodados en el centro y la derecha configuran solo una heteróclita amalgama de parlamentarios, absolutamente convencidos del poder de la razón y confiados en la capacidad del debate parlamentario para resolver los problemas de la recién creada República. Uno de los principales aciertos de la investigación de Pedro J. Ramírez es demostrar de forma inequívoca que esa mayoría parlamentaria, bautizada por sus oponentes como los Girondinos, nunca constituyó un partido político ni configuró estructura organizativa alguna, mostrando en sus intervenciones oratorias una profunda descoordinación de consecuencias trágicas. Las difamaciones urdidas contra ellos por la minoría radical jacobina fueron algo más que calumnias retóricas, ya que ese primer partido de la izquierda operaba con una maquinaría bien engrasada, creando desde dentro del parlamento un Tribunal Revolucionario y un Comité de Salud Pública al final de los cuales se hallaban las guillotinas, al mismo tiempo que desde fuera de la Convención, sus clubes jacobinos movilizaban a sus militantes mediante una acción directa en la calle donde violentísimos grupos armados actuaban impunemente, amparados por el grupo parlamentario que dirigía sus actos. Las falacias del rodillo propagandístico izquierdista alimentado sin tregua por Robespierre, Danton o Marat exacerbaban con una asombrosa eficacia el resentimiento y el odio de ciertos sectores sociales para usarlos como fuerza partidista que, siendo minoritaria, se adueñó de la calle. Vista la mortal efectividad de esa combinación entre minoría parlamentaria y movilización en la calle, habría que dar la razón a Jean-François Revel cuando aseveraba que: “La primera de las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira”.

Los mitos caen como fichas de dominó ante la contundencia de los verdaderos hechos. La democracia no residía en los parlamentarios de esa primigenia izquierda. La libertad no era su objetivo, sino la toma del poder para ejercerlo de forma ferozmente sectaria. Sus enemigos no constituían un partido reaccionario: ni siquiera alcanzaban la estructura de un partido y su ideología no era más que una mezcla inarticulada de creyentes en la democracia liberal. Éstos jamás tramaron conspiraciones reaccionarias, absolutamente ficticias. Desacreditados y calumniados, todos aquellos que no se doblegaron fueron apresados pocos meses después de la ejecución del rey por las patrullas callejeras y decapitados por orden de la minoría de la Convención. Ésta se justificaba a sí misma autoproclamándose como la “vanguardia revolucionaria” y cínicamente alegaba que se vio impelida a recurrir a la violencia para salvar la libertad y al pueblo. Tal como concluye el lúcido análisis de Pedro J. Ramírez, se trataba del advenimiento de “los totalitarismos, la era de los grandes conductores de hombres, el camino hacia los paraísos de ideas falsas y la playa de las desventuras de la libertad traicionada.”

En la Francia revolucionaria se instauró por primera vez el terrorismo de Estado, teorizado por un mesiánico Robespierre para quien –literalmente- “la virtud era impotente sin el terror”. Se inauguraban así los Estados policiales modernos, con sus redadas nocturnas, detenciones arbitrarias, encarcelamientos secretos, brutales interrogatorios y ejecuciones sumarias. La exposición de esta primera derrota de la democracia –cuyos distintos resortes son fácilmente reconocibles desde aquella época hasta el presente- deja en el lector la impronta de una auténtica epopeya trágica. No porque ese Primer naufragio de la democracia se recree en los bárbaros y profusos episodios de criminalidad política, que Pedro J. Ramírez evita en lo posible describir. Más bien es un sobrecogimiento que nos llega tanto por los hechos narrados como por la forma de narrarlos. El relato histórico clásico está combinado aquí con el estilo de un sobrio reportaje, aprovechando la abundante prensa revolucionaria que le sirve de documentación, para lograr un afortunado punto de intersección entre el texto histórico y la crónica periodística. Sin novelizar en ningún instante –no hay aquí concesiones a la fantasía-, Pedro J. Ramírez también aprovecha recursos tomados de la novela, como el comienzo in media res. Por ejemplo en el impresionante preámbulo donde grupos armados jacobinos suben en la madrugada del 31 de mayo a las torres de Nôtre-Dame para llamar al golpe de Estado y el sonido de la campana que recorre la ciudad hace vibrar contrapuestos sentimientos e ideas en los que van a ejecutar o sufrir el crimen. El relato vuelve después al mes de enero anterior.

La concisa exposición histórica se enriquece de este modo presentando las circunstancias personales y las diferentes perspectivas que cada personaje tiene del mismo acontecimiento. Se inserta así el odio, la ambición, la sed de poder, la codicia, el miedo, el afán de protagonismo y gloria, así como el influjo del carácter personal de los protagonistas en el desenvolvimiento de la Historia. De esta forma comprobamos que las víctimas vieron con nitidez la dirección criminal que tomaban los acontecimientos, pero siguieron creyendo que el parlamentarismo podría derrotar a la propaganda difamatoria y que la discusión política y el acuerdo frenarían las claras intenciones homicidas que se desplegaban ante sus ojos.

Se trata de la epopeya trágica de la libertad traicionada donde se cumplió aquello que los primeros demócratas creían imposible: tener razón y ser derrotados. Vencidos no solo por la violencia, sino por el triunfo histórico de los falsos mitos revolucionarios que los ultrajaron. Sin duda la instauración del Estado moderno pudo materializarse sin esa mortal violencia por la vía del pacto. Pero como recordaba Albert Camus “la libertad no es más que una oportunidad para ser mejor”. Una oportunidad, sin embargo, de la que no es difícil desertar y en la que resulta muy fácil naufragar. El libro de Pedro J. Ramírez parece interrogarnos: ¿hemos aprendido en profundidad esta lección que nos dicta la Historia?


Por Rafael Fuentes


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