Marcos Marín Amezcua | Domingo 30 de octubre de 2011
Octubre cierra atropelladamente tal y como ha sido su transcurrir, cargado de noticias inesperadas y desenlaces que a veces, nos saben a sobresaltos al por mayor. En esa dinámica, apresuramos esta columna comentando dos temas intrínsecamente unidos al concepto del monopolio.
No se crea que se trata de una farragosa columna de economía. No, es otra cosa. Quédese, continúe leyendo y lo constatará.
En efecto, el monopolio cuenta con varias caras o si se prefiere, con varias facetas. Tomo dos a manera de muestra: el monopolio al contar la historia y el monopolio comercial que se fractura para descomponerse y no regresar jamás.
Describo al primero. Hace unas semanas se conmemoró el centenario de la Revolución China de 1911 (el pasado 10 de octubre), descubriendo lo que ya sospechábamos: que para el régimen chino quizás cuenta más la consolidación de aquel arduo proceso en manos de Mao-Tse Tung que el levantamiento de Sun Yat-Sen ya centenario y es lógico que así suceda. Mao representa el comienzo ponderable y medible del régimen comunista de Pekín (sí, mire usted, Pekín, como que hay perros pequineses no beijineses), en tanto que es innegable que el poderío chino obedece más en gran medida a la armónica combinación entre la disciplina férrea del actual régimen y la clara visión planificada del futuro que caracteriza al gobierno ese país.
China hoy reta a las demás potencias y no parece dispuesta a dar un paso atrás en sus pretensiones hegemónicas. El monopolio que quiero señalar apunta a contarse su historia cual si todo hubiera nacido en 1949, como si el gesto de 1911 apenas fuera un balbuceo que anunció el dejar atrás su milenaria cultura para emprender un camino sin retorno hacia la modernidad, monopolio ideológico que no permite contar la historia de otra manera. Es curioso como parece alardearse más el logro de 1949 –como lo hicieron en 2009, año de efemérides redonda– que el comienzo de la Revolución de 1911.
El otro tema de especial interés e ilustrador de prácticas desleales y cuasimonopólicas se refiere al fin de la infundada prohibición impidiendo el paso legal de tráilers o camiones remolque mexicanos a Estados Unidos, en flagrante violación estadounidense al tratado de libre comercio de 1993 (TLCAN), en vigor desde el 1 de enero de 1994. Finalmente el viernes 21 de octubre de 2011, permitieron el paso de vehículos mexicanos a su país, un ingreso tan retrasado.
En efecto, Estados Unidos siempre se negó a permitir el paso de esos vehículos; se trataba de un paso acordado en ese instrumento obligatorio para los tres países de América del Norte. Desde 1995 debió autorizar su libre acceso, impidiéndolo bajo múltiples pretextos. Lo que hubo detrás fue la postura ilegal de los transportistas estadounidenses arguyendo que se perderían empleos en su país. La medida desleal y cuasimonopólica, ilegal a fin de cuentas, quedó manifiesta.
Fue tal la desfachatez de la república norteamericana que llegaron a invocar cualquier incidente para impedir y entorpecer la aplicación del importante tratado.
No sería la primera vez. Empero, pese a que en 2007 se estableció por fin un acuerdo base para abrir las fronteras a los transportes mexicanos –en pro de aquellos que cumplieran con determinados requisitos de seguridad– Estados Unidos canceló la medida de forma unilateral en 2009, lo que orilló ahora sí al gobierno mexicano a responder.
México entonces impuso un considerable gravamen a 99 productos estadounidenses, como justa medida de represalia contra la cerrazón de aquel país, afectando rubros tan significativos como la importación de arbolitos de navidad, entre muchos otros. No obstante, ahora que se ha permitido el libre tránsito y acceso de tráilers en el marco del acuerdo sobre condiciones para hacerlo, México ha levantado las restricciones que también impuso al vecino del norte.
Todo lo anterior ha demostrado de manera más que contundente que ciertas prácticas comerciales ilegales de Estados Unidos no han quedado impunes; la complementariedad de las economías de América del Norte así como la interdependencia existente entre ellas, de la que ya hemos hablado en otra entrega, obligó a Estados Unidos a retomar el asunto sin postergaciones.
No ha sido una medida exenta de quejas en Estados Unidos, pero sí que demuestra dos cosas incuestionables: se acabaron los monopolios impunes del comercio estadounidense sobre México y el TLC funciona y funciona justo para dos cosas: una: para obligar a ese país a que deje de practicar acciones monopólicas e ilegales que entorpecen el capitalismo en su más pura y decantada forma, tanto o más que el libre comercio en su más fina quintaesencia y, dos: que no se impida el libre tránsito de mercancías mexicanas bajo ningún pretexto –que es lo impedido al frenar el paso de tráilers como principal vehículo para ellas a los Estados Unidos–.
Paradojas del comercio y de la vecindad, que esta vez Estados Unidos no ha podido evadir con las argucias tristemente célebres del pasado.
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