Francisco Jose Llera Ramo | Martes 01 de noviembre de 2011
Con el esperpento publicitario de los encapuchados, ETA parece haber cerrado, definitivamente, su plan A de terror, intimidación, extorsión y persecución y, mediante un giro estratégico, mitad forzado y mitad calculado, ha optado por el plan B que le aconsejaban, en los últimos años, sus mermadas huestes. Unos, más que otros, han llegado a la conclusión de que la continuidad de la violencia, además de casi imposible desde el punto de vista operativo, gracias a la eficacia de los cuerpos y fuerzas de seguridad de los estados español y francés, era, absolutamente, contraproducente para sus pretensiones hegemónicas en el seno de la comunidad nacionalista vasca. Sin embargo, sus objetivos estratégicos de limpieza étnico-ideológica siguen intactos en sus reclamaciones de superar, por la brava, los límites y procedimientos de nuestro estado de derecho constitucional. No aceptan, al menos formalmente, su derrota y pretenden cobrarse un sustancioso botín de guerra, ya sea en presos y/o en territorios (“el conflicto”) y, además, cuanto antes. Tanto su calculado comunicado, como las declaraciones posteriores de sus portavoces políticos, son la mejor evidencia de tal planteamiento. Por si fuera poco, nos amenazan veladamente de que pueda descarrilar el “proceso” si no respondemos rápido y satisfactoriamente a tales exigencias. Y, si esto último sucediera, ¿quién será el responsable? Su lógica intimidatoria continúa, por tanto, de otra forma, pero, igualmente, perversa. Ellos no ha hecho nada malo, solo se han sacrificado, heroicamente, por una patria ocupada y oprimida y para resolver un “conflicto ancestral” que otros no han sabido afrontar ni resolver. Pero es que, ahora que nos han perdonado la vida, nos rematan con su transferencia de responsabilidad a quienes no les satisfagan en sus demandas, en su método y en el ritmo que ellos impongan.
Para ello cuentan, como tantas veces, con la ayuda inestimable de casi todo el entramado nacionalista y no pocos acompañantes de los restos de la izquierda acomplejada, que nunca aceptó las imperfecciones necesarias de nuestra Transición democrática y que sigue pensando, no quiero pensar que de forma exculpatoria, que este terrorismo ha sido un “resto” (¿) del Franquismo. Unos y otros reclaman pasos ya (desde la negociación directa con los terroristas y el acercamiento de presos hasta la autodeterminación), sin abandonar la, vieja e inmoral, práctica del nogal y las nueces. No está de más recordar, como nos lo hizo el malogrado Juan Mari Bandrés, donde estaba el polimili Otegi y cuál fue la intervención del PNV en la persona de Arzalluz en los días en que ETApm anunciaba su abandono de la violencia sin capucha hace tres décadas. Todos corren tras el botín sin reparar en gastos. El daño ya está hecho y la unidad democrática en el País Vasco está hecha unos zorros por los nervios, el vértigo, los cálculos electorales y las ambiciones de unos y otros, en medio del despiste y la perplejidad de una opinión pública infravalorada. La apelación a mantras como los de la normalización, pacificación o reconciliación, como tapadera a un final sin memoria, que de por bueno todo con tal de que no haya más asesinados (aquello de que “por la paz, un avemaría”), encierra un peligro letal para nuestra convivencia democrática.
En contra de lo que algunos sesudos analistas a distancia dicen: esto no se acabó. Porque, viene a cuento el aforismo de que muerto el perro no se acaba la rabia. Y cincuenta años de violencia y limpieza étnico-ideológica han inoculado en amplios sectores de la población vasca el virus de la subcultura de la violencia, la intolerancia y el totalitarismo nazi, del que no nos vamos a librar de la noche a la mañana, ni a fuerza de comunicado, ni con ningún mantra al uso. Esta enfermedad de nuestro tejido social requiere una terapia, que no es, precisamente, la de darle satisfacción a su neurosis obsesiva, si no la de una reeducación democrática con muchas dosis de paciencia y visión estratégica. Para ello, la moral y la justicia de las víctimas son primordiales, como lo han sido para su derrota, por mucho que a algunos sectores les resulten molestas y disfuncionales. Pueden serlo, si no se les trata adecuadamente y no se las sitúa en el centro del escenario. Para ello, lo primero es exigirles a los verdugos, unitariamente, que se quiten las capuchas y que confiesen todos sus crímenes. Este debe ser el primer paso de la agenda democrática. Así que: ¡ señores fantasmas, capuchas fuera !
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