José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 04 de noviembre de 2011
La historia, contra lo que se cree y afirma de sólito, proporciona pocas enseñanzas y lecciones ciertas, sobre todo, en los tiempos presentes, muy ricos, sin embargo, en paradojas. Incluso en su fase declinante, los gobernantes y príncipes de este mundo encuentran siempre turiferarios y “agradaores” –como se les dice y llama por tierras cordobesas-. Varios de alto coturno expresan estos días una preocupación casi obsesiva por el veredicto que, en sazón oportuna, Clío pronuncie acerca de la etapa en que J. L. Rodríguez Zapatero rigiera –lo hace aún pero sólo crepuscular y pesarosamente- los destinos del pueblo español en la aurora del siglo XXI.
A primera vista, resulta curioso que un gobernante, en conjunto, poco atento a los mensajes y orientaciones proporcionadas por la trayectoria de uno de los pueblos más antiguos del Viejo Continente, se muestre ahora, como se decía, sensible y preocupado -a través especialmente por personas muy allegadas o de su entorno íntimo- por el lugar que ocupe en la historia de la nación y las páginas que su actividad ministerial escriba en su libro. La legitimidad de tal postura es, sin embargo, innegable y muy ocasionada a ser aplaudida con calor del lado de los profesionales de la severa musa bajo cuya alto patrocinio se encuentra, sin duda, la más ardua de las tareas desempeñadas por los humanos: juzgar a sus semejantes sub specie aeternitatis.
Naturalmente, por larga que sea la vida –y así lo desea con ardor y sinceridad el articulista- del quinto presidente de gobierno de la reciente democracia española, no podrá asistir al primer pronunciamiento hecho con todas las condiciones y exigencias requeridas por el tribunal a la vez más garantista e implacable en el organigrama de los pueblos. Por mucho que se hable de la aceleración de los ciclos postmodernos, de los derechos y demandas de la –horresco referens- denominada “historia inmediata o del tiempo presente”, la sentencia del más sabio de entre los hombres, Homero, sigue gozando de roborante permanencia: “Los molinos de los dioses trabajan muy despacio…”.
Habrá, lógicamente, sucedáneos y autores mil que darán a la luz biografías calamo currente acerca del político leonés, y obras sobre el papel representado por su figura en los avatares del PSOE al despegar el tercer milenio, etapa de honda reflexión en punto a la esencia y funcionamiento de la socialdemocracia en un mundo internacionalizado y en el que la izquierda, según el diagnóstico de uno de sus autocríticos más sutiles, se encontró huérfana de su principal protagonista, el proletariado… El mercado editorial cubrirá con ello uno de sus principales frentes, y filias y fobias satisfarán sus deseos menos embridables, con opiniones y juicios que en más de un caso pretenderán incluso adelantarse a los del valle de Josafat. Ocioso se hace recordar que, en el mejor de los supuestos, tales publicaciones únicamente allegarán materiales consistentes para una labor que sólo los estudiosos de las generaciones futuras emprenderán con la acribia propia del oficio de historiador; y la guadaña de la muerte es la encargada de sentar las bases indispensables de su ascético esfuerzo.
Comprensión, pues, para la solicitud y afección de todos aquellos que, en la crepitante y estruendosa actualidad nacional, descubren un incontenible interés por saber el juicio que sobre el mandato gobernante de D. José Luis Rodríguez Zapatero emitirá la Historia; pero igualmente el rechazo más absoluto para cualquier actitud que intente deturpar su misión en aras de objetivos, en la mejor hipótesis, de instantáneo rendimiento sentimental. Lugar hay para todo, en especial, en tiempos de adviento como, con calendarios de la antigua España, los que ahora estamos.
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