Opinión

El Debate en una democracia que no debate

Juan José Laborda | Martes 08 de noviembre de 2011
Al terminar el debate entre Rubalcaba y Rajoy, Manuel Campo Vidal los ha elogiado a los dos por haber logrado una discusión que ha sido interesante y buena para los ciudadanos llamados a votar. El moderador del debate ha utilizado la voz “la palabra” para resaltar su esencial función en una democracia deliberante como la nuestra. ¿Pero lo es plenamente? En general, este debate ha sido bien recibido. Se ha apartado bastante de los discursos que hemos oído hasta ahora, y desde luego, ha sido distinto de los debates parlamentarios, la mayoría de los cuales son monólogos escritos con el estilo de los “argumentarios”, una retahíla de lugares comunes, y de descalificaciones.

El “único debate” de estas elecciones no podía librarse de los condicionamientos de una democracia que no debate de verdad. Cada uno de los dos contendientes buscaba un objetivo electoral. Lógico. No se puede esperar que un solo debate aporte a los ciudadanos la información, y los análisis ideológicos que no se han escuchado en las Cámaras parlamentarias durante la legislatura.

Rajoy buscaba no perder ninguno de los votos que ya cuenta ahora mismo (según las encuestas). Por eso ha leído su discurso, sus preguntas, ¡y también la mayor parte de sus respuestas! Aunque con esa actitud no mejora su imagen de líder carente de propuestas personales, lo cierto es que sus asesores se han garantizado así que no se saliese del guión puramente electoral. A pesar de su falta de intensidad convenciendo, Rajoy habrá ganado el debate, y sobre todo, ha cubierto el objetivo: no perder lo que ya tiene.

Rubalcaba lo tenía mucho más difícil. Sus propuestas buscaban conseguir la credibilidad que su pertenencia al gobierno de Zapatero lo impedía. El candidato socialista, por el contrario, intentaba recuperar los votos que su gobierno había perdido. Aunque estaba más nervioso y agresivo que Rajoy, sus preguntas sobre el programa oculto o ambiguo de su rival electoral, en mi opinión, ha sido lo mejor de su actuación en el debate. ¿Pero uno solo será suficiente para que Rubalcaba recupere los votos perdidos? Es decir, ¿habrá conseguido su objetivo de movilizar a sus antiguos votantes? Dependerá de si esas preguntas le dan juego durante toda la campaña.

Y es que el debate deja muchas preguntas sin respuesta. Hemos visto a Rajoy defender ideas sobre las pensiones y sobre la sanidad con un lenguaje propio de la socialdemocracia clásica. Cuando ha señalado que España tiene una gran desigualdad en la distribución social de la riqueza no casaba con sus propuestas de no subir o bajar los impuestos que gravan la riqueza de los individuos. Este es el problema para un partido liberal-conservador en España: lo que quiere la gente es justicia, y mucho menos, libertad. Y la gente vota. Por eso las preguntas de Rubalcaba pueden hacerle ganar este debate…con el tiempo.

Cada uno de los contendientes ha ganado el debate en la parte que creía más difícil. Rubalcaba lo ha hecho muy bien en el bloque económico, y Rajoy ha sido superior en los demás. Eso nos da la dimensión de que ha sido un debate aprendido, sin capacidad para emocionar a los espectadores: no creo que nadie habrá aprendido cosas nuevas, ni sobre la situación actual, ni sobre los dirigentes políticos que estaban debatiendo.

Rubalcaba ha propuesto más innovaciones que Rajoy: la reforma de la ley electoral, y la supresión de las Diputaciones Provinciales. Ambas requieren consenso, y una meditación política más profunda. Las Diputaciones no son sólo un gobierno que se dedica a los pequeños ayuntamientos. Si fuera así, Rubalcaba tiene razón. Pero las Diputaciones tienen mucho que ver con las Provincias, y esa división territorial fue el gran acierto del Estado liberal. Tanto es así, que el Estado Autonómico se fundó sobre el mapa provincial (y no sobre un mapa lingüístico, por ejemplo, como el de Bélgica).

Que el debate deja muchas cosas en el tintero (de los monólogos partidarios de la campaña) es evidente. No se ha hablado de ETA y de las consecuencias de su famosa declaración. Tampoco de nuestra política exterior y de la Unión Europea. Salta a la vista que el legado de Zapatero no tiene quien lo escriba en este momento. Sin embargo, se adivina un cambio en las actitudes. Si Zapatero no cuenta para Rubalcaba, tampoco Aznar para Rajoy. ¿Será por eso que las promesas de cooperación y de consenso sonaron al final como sinceras?

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