Opinión

Debate y convicciones firmes

Javier Zamora Bonilla | Martes 08 de noviembre de 2011
Me ha llamado desde hace muchos años la atención que la gente milite en un partido político, tenga o no carnet de afiliado, con la misma convicción con la que uno es de su equipo de fútbol o de la virgen de su pueblo; todavía más cuando esto se da en gente formada e informada. Decía Ortega que el hombre siempre “está” en unas “creencias”, que más que tenerlas, ellas nos sostienen a nosotros, y añadía que en todo lo que se “cree” se cree siempre de la misma manera, con fe de carbonero, como en la Virgen del Pilar. Mas cuando el ciudadano emite su voto debería de hacerlo de una forma menos visceral (cordial, si quieren ustedes que lo exprese en positivo) y más racional, evaluando los pros y los contras de su decisión en función del programa que presentan los partidos y de su hacer allí donde gobiernan.

El debate de anoche sirvió de poco para promover esta segunda opción, sobre todo por la actitud que desde el principio adoptó Rubalcaba, quien para mí, modestamente, y es un hombre al que aprecio, estuvo muy por debajo de sus posibilidades y de su excelente preparación y experiencia política. Es posible que haya acertado en una estrategia cortoplacista y que con ella haya conseguido mover a su favor algunos miles de votantes tradicionalmente socialistas, ahora indecisos, pero esta mirada miope, quizá fundamental para salvar mínimamente unos resultados que las encuestas presentan escuálidos, le impidió presentarse como el gran líder del socialismo que pudiera ser, con verdaderas ideas fundamentadas en una análisis serio de la realidad nacional e internacional en que vivimos y con un programa estructurado y coherente que permitiese ofrecer un modelo socialdemócrata conforme a esta realidad.

Rubalcaba mostró públicamente que da por perdidas las elecciones y dio por sentado que Rajoy va aplicar el que los socialistas llaman programa oculto del PP, que el candidato socialista intentó que Rajoy precisara, pero éste, muy hábil, salió airoso del envite y le vino a decir que para programa oculto, el del Gobierno del que ha sido vicepresidente Rubalcaba, que ha aplicado toda una serie de políticas y recortes que no estaban en su programa desde aquella fatídica noche de mayo de 2010.

El discurso del PSOE contra Rajoy durante toda la legislatura se ha centrado en decir que el PP no tenía propuestas que hacer para solucionar los gravísimos problemas que tiene la sociedad española. Los medios de prensa y los tertulianos y articulistas más afines al PSOE han insistido hasta la saciedad en esta cuestión reclamando una y otra vez que Rajoy presentara su programa. Estaba claro lo que iban a decir cuando lo hiciera. La respuesta de estos medios ha sido proclamar que es un programa calculadamente ambiguo que oculta el verdadero, que en su opinión se traduce en grandes recortes y destrucción de las políticas sociales y de las bases del Estado del bienestar, como la educación, la sanidad pública y las pensiones. Rubalcaba se agarró ayer a esta retórica intentando mover los sentimientos de sus votantes indecisos por miedo a que llegue al poder la derecha. Sus propuestas fueron más vagas aun que las de Rajoy, porque dejar una parte sustancial de su programa al albur de que Europa acepte su idea de retrasar dos años los ajustes, para poder hacer políticas de inversión con dinero público y se haga una especie de nuevo Plan Marshall, roza la utopía, sobre todo teniendo en cuenta que España como país ha perdido mucho peso dentro de la Unión Europea y que ni Merkel ni Sarkozy han llamado a Zapatero para consultarle las grandes decisiones, más bien le han impuesto algunas. Además, la financiación de las políticas públicas con los altos tipos de interés que estamos pagando por la deuda hacen prácticamente inviable esta solución y la consecuencia sería un recorte y encarecimiento del crédito a empresas y familias.

El peso de nuestro Gobierno para condicionar la bajada de tipos interés por parte del Banco Central Europeo, que fue otra de las propuestas de Rubalcaba, es mínimo y si se produce, como se está produciendo ahora, esa bajada responderá a otros factores y no a las necesidades específicas de la economía española. Si Alemania y Francia crecen y al mismo tiempo sube la inflación, los tipos se elevarán por muy mal que le venga a la economía española, y eso lo sabe tan bien Rubalcaba como Rajoy, así que este otro punto del programa socialista es un brindis al Sol.

Otras propuestas de Rubalcaba, por muy concretas que parezcan a simple vista, no pasan de guiños al sector más a la izquierda de sus posibles votantes. Rubalcaba es consciente de que es muy difícil conseguir ingresos sustanciales con un impuesto a las grandes fortunas, porque éstas tienen su patrimonio encubierto en empresas. El impuesto a los bancos, en realidad un impuesto a las transacciones financieras, podría ser más efectivo, pero está en clara contradicción con las políticas que ha hecho el Gobierno del que ha formado parte en los últimos años y especialmente con las que se han aprobado desde el verano, incluido el regalo de facilitar a la banca y a las grandes constructoras que vendan su parque inmobiliario con un IVA superreducido en perjuicio de los muchos ciudadanos que tienen que vender sus casas de segunda mano con un impuesto, el de Transmisiones Patrimoniales, más alto.

La crítica de Rubalcaba a las políticas que da por sentado que Rajoy aplicará contra el Estado del bienestar tiene mayor fundamento si el Gobierno que encabece Rajoy tras las elecciones opta por medidas como las de Esperanza Aguirre en la Comunidad de Madrid en temas como la sanidad y la educación pública, aunque está por ver. En cualquier caso, convendría que el PSOE hiciese un examen de conciencia o un juicio crítico, si se quiere utilizar otro lenguaje, para preguntarse por qué esas políticas tan criticables del PP madrileño siguen encontrando el favor de los votantes, que desde hace muchos años dan su apoyo masivamente al PP, mientras el PSOE de Rafael Simancas y después de Tomás Gómez no encuentra la fórmula de llegar a una ciudadanía de clase media que se distancia abismalmente del partido.
El PSOE ha renunciado a pensar en grande y se está conformando con campear el temporal e intentar que el resultado electoral no sea pésimo, de ahí que haya recurrido al viejo tópico de que viene la derecha (los de siempre, los de los apellidos largos y el fruh-fruh de las sonatas, que decía Alfonso Guerra), pero después del 20-N tendrá que pensar a fondo y revisar las estructuras ideológicas de la socialdemocracia. No es un problema exclusivamente español. El historiador Tony Judt se preguntó hace unos años qué está vivo y qué está muerto en la socialdemocracia. A esa pregunta el socialismo español tendrá que responder tras el 20-N si quiere volver a ser un partido de gobierno.

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