Andrea Donofrio | Martes 08 de noviembre de 2011
Italia ha asistido expectante y espantada a una nueva votación agónica, donde Silvio Berlusconi ha conseguido la enésima victoria pírrica: el primer ministro consigue aprobar las cuentas del Estado del 2010, sin alcanzar la mayoría absoluta. El resultado cuestiona inevitablemente la futura estabilidad del ejecutivo, ya que la aprobación ha sido posible gracias al “acto de responsabilidad” de la oposición que ha decidido no votar en contra. Sin embargo, ha sido una muestra evidente de que el Gobierno no cuenta con la mayoría, mientras el país se asoma peligrosamente al abismo.
El voto de hoy certifica que Berlusconi es incapaz de seguir gobernando, ya que no cuenta con los escaños suficientes para seguir adelante. Hasta él se está dando cuenta y por eso, promete dimitir tras la aprobación de las reformas que le pide la UE. No obstante, podría tratarse de un gesto tardío, ya que la situación de Italia resulta alarmante. Su “cabezonería” por sobrevivir, su obstinación por no dimitir, su obsesión de permanecer en el poder, ha convertido a Italia en el “enfermo de Europa”, un país al borde de la bancarrota y que puede que deba solicitar un rescate a Bruselas. En los últimos meses, Berlusconi se ha preocupado por alargar su agonía, a costa de la estabilidad y credibilidad del país. El Gobierno de Berlusconi ya no existe, pero el cavaliere no logra creérselo y poco le importa que le estén traicionando, abandonando y/o insultando. Por eso, resultó tan sorprendente la reacción de los mercados del otro día, cuando, ante el rumor que Berlusconi pudiera haber dimitido, mostró una tendencia a la alza, demostrando, paradójicamente, que preferían la posible inestabilidad y la incógnita que supondría el cese del berlusconismo a la actual situación. Y mientras sarcásticamente Berlusconi afirmaba “he dimitido sin saberlo”, la prima de riesgo del país, dato que indica la credibilidad de su deuda, alcanzaba su máximo histórico.
La salida de Berlusconi del escenario político es insoslayable. Pero, después de la dimisión de Berlusconi, ¿qué? Resulta evidente que antes de que esto se produzca, la clase política nacional seguirá peleando y acusándose mutuamente, viviendo estos días inestables bajo la atenta mirada de la UE, mientras que el mismo cavaliere intentará retrasar la decisión al máximo por “razones judiciales”. No obstante, parece difícil pronosticar el “dopo Berlusconi”. Mientras se descarta una solución “a la griega”, el Presidente de la República procederá a las rituales consultas para constatar si existe la posibilidad de formar un nuevo Gobierno “dando máxima atención a las posiciones y propuestas de cada fuerza política”. Difícil pero no imposible, aunque, en este cuadro de incertidumbre, cobra cada vez más peso la posibilidad, anhelada por el mismo Berlusconi, de que se convoquen nuevas elecciones. ¿Otro líder para formar un nuevo Gobierno o elecciones anticipadas? Quedan unos 20 días de expectación.
Berlusconi se rinde, aunque sigue sin ser consciente de que su figura –mofada por la sátira internacional y Ryanair- resta credibilidad al país, representa un obstáculo a la confianza italiana. A pesar de que parte de la sociedad italiana manifiesta constantemente su malestar, el actual mandatario sigue sin darse cuenta de la gravedad de la situación, sin entender que Italia necesita un programa de ajustes y unas reformas económicas ineludibles para reducir su endeudamiento y relanzar paulatinamente las actividades económicas nacionales e impulsar el desarrollo. Tras la aprobación de la Ley de estabilidad, las posibles dimisiones (como San Tomás, “Si no lo veo no lo creo”) representan un acto debido, de responsabilidad forzada, una decisión desesperada tomada ante la evidencia de la debilidad de su ejecutivo. Si al contrario, como ya indicábamos hace tiempo, hubiera decidido un adelanto electoral (una solución a la Zapatero), su decisión hubiera parecido fruto de madurez política y el país hubiera salido beneficiado. Sin embargo, el primer ministro ha preferido mostrar su debilidad, la falta de un proyecto creíble, la incapacidad política de un hombre obsesionado por su supervivencia. El órdago de “si debo morir lo haré en el Parlamento” le ha salido mal, terminando, como Julio César, viendo la cara de sus conspiradores. El tantas veces anunciado ocaso del berlusconismo parece realmente próximo, mientras todos aquellos que le adulaban a cambio de prebendas se preparan a escribir su necrológica política. Quedará su herencia y el recuerdo de una etapa marcada por la compraventa de diputados, por un parlamento transformista y chaquetero, una gestión política reducida a puro cálculo y cinismo. Y un país al borde del abismo. Irónicamente habrá que recordarle las palabras que él mismo empleó en ocasión de la muerte de Gadafí: “Sancte Pater, sic transit gloria mundi”. Así pasa la gloria del mundo…
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