Enrique Arnaldo | Jueves 10 de noviembre de 2011
Acabo de leer una entrevista del género jocoso, de la última página de un diario nacional en fin de semana, en la que uno de los aún Ministros se disfraza de simpático y cercano. A la pregunta de cuándo le gustaría no ser quien es, responde que en los “días de atentados o errores judiciales”. Así tal cual. Y parece ser que se quedó tan ancho poniendo en el mismo fiel de la balanza un atentado terrorista o un error judicial. Ambos le disgustan, según se deduce, en la misma proporción. Y en tales días preferiría quedarse en la cama.
Quiero creer que al leer su declaración se habrá arrepentido o, al menos, la habrá considerado un inmenso error, tan grave como los que achaca a los jueces y magistrados. Quizás sea demasiado bondadoso pues un Ministro siempre tiene razón. Tal vez sea demasiado ingenuo ya que un Ministro tiene la obligación de “sostenella y no enmendalla”. Y su coro de pelotilleros clónicos encima la aplaudirá como el más listo al que no entienden cuatro carroñeros que además son de derechas.
Desde luego a este nuestro Ministro –cuyo nombre no quiero desvelar- no se le ocurre pensar en sus propios errores pero tampoco en los de su Gobierno o en los de su partido político o en los de sus amigos políticos. Lo que le subleva son los errores judiciales, pero ¿cuáles? ¿Aquéllos que se concretan en un tirón de orejas al Gobierno y que, obviamente, no les gustan? ¿Aquéllos que se plasman en resoluciones derivadas de normas manifiestamente mejorables y cuya reforma se ha pedido a gritos? ¿A cuáles se refiere, señor Ministro? ¿Se refiere a los de los jueces independientes e imparciales, sometidos únicamente al imperio de la Ley, que no siguen las indicaciones o sugerencias que desde el poder se les formulan, que no son genuflexos ni agradecidos a los halagos del poder? Probablemente si usted y sus amigos fueran los jueces no cometerían ningún error. Acertarían siempre y además sus sentencias, tengo la completa seguridad, serían siempre impecables e inapelables. Tendríamos que pensar seriamente en sustituir a nuestros cuatro mil quinientos jueces por aquéllos que usted designara con su dedo salvífico pues llevarían grabada en su frente la balanza del equilibrio.
Pero no acaban ahí las tonterías que expresa nuestro entrevistado de lujo que, además, se declara indignado por las filtraciones de los sumarios y, en concreto, por lo que afecta a otro compañero de mesa, José Blanco, de quien afirma que se encuentra “indefenso ante declaraciones de alguien imputado por mentir”. Me hubiera encantado oír su queja, señor Ministro, con otras tantas decenas de filtraciones que no salpicaban a personas de su entorno sino de otras orillas. Pero permaneció en silencio hasta ahora. Nunca le noté ofendido con otras exclusivas periodísticas que transcribían intervenciones telefónicas de personas investigadas en otros procedimientos y que pertenecían a otros partidos. Pero su fiel de la balanza se ha estropeado y se inclina hacia un lado, el de los suyos, que son, probablemente, los únicos que merecen su defensa.
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