José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 11 de noviembre de 2011
En Andalucía, la primavera tiene su reino en el Valle del Guadalquivir y el otoño en la Penibética. Un escritor penosa y significativamente hoy olvidado, el accitano Pedro Antonio de Alarcón (1833-91), amador casi por igual de las dos porciones de su región, como lo fuera su paisano García Lorca algún tiempo después, entendiéndolo así, concentró su tremente sensibilidad e inagotable energía creadora en describir la estación de la melancolía y la fugacidad en su reinado en la Alta Andalucía. Pocas, muy pocas páginas contiene nuestra literatura –y no puede olvidarse aquí la inefable glosa azoriniana sobre la otoñada bierzana y su cantor, Enrique Gil y Carrasco (1815-46) – que puedan compararse en la descripción de la última gran fase del año con la que hiciese el autor de La Pródiga en el comienzo de esta bella y muy enigmática novela. Sensación impar la de acechar la llegada y después gozar de la estación penumbrosa desde las planicies guadijeñas y las cumbres de las Alpujarras.
Pero no menor, desde luego, la que se experimenta un poco más al Oeste de las sumidades granadinas, en el corazón y lugar de encuentro preferente de las dos Andalucías. Allí en una mansión patriarcal de los vencedores de los nazaríes, nació ha poco atrás un siglo el antequerano con el que sus coterráneos –a los efectos, muchas veces, todos los andaluces- tienen la mayor deuda de gratitud contraída a lo largo de su biografía física (octubre, 1909-setiembre 2009). Tierra, como todas las patricias, especializada en olvidos, la suya, aunque tardíamente, ha pagado la debida al autor de Las cosas del campo. Así en verdad ha sucedido en el mundo de las celebraciones institucionales y las evocaciones oficiales, con placas académicas y rótulos viarios que estimulan al recuerdo y a la esperanza de una ejemplaridad fecunda para las generaciones jóvenes.
Mas la auténtica vigencia de un escritor radica en la lectura y presencia de sus obras en bibliotecas frecuentadas y en librerías prestigiosas; y en este tajo la comparecencia de uno de los más destacados nombres de la última gran poesía de la centuria pasada es meramente testimonial. No le faltan devotos ni aun críticos entusiastas; pero el cristalino caudal de su estro no se ha volcado en la corriente de aulas y revistas como enseña de una lírica en la que la modernidad deja su acento más clásico, a la manera de la inglesa coetánea, paradigma insustituible para el vate de Ardiente jinete. Semejante ventura ha corrido su prosa, con títulos aislados muy percutientes y radio específico y limitado.
Empero, una observación detenida de la carrera literaria del autor de Las musarañas y de Cantos a Teresa hace algo más comprensible la difuminación de su quehacer. En varios planos, la figura del prócer malagueño se mostró algo esquiva y un punto inaprehensible cara a sus contemporáneos. Desconocida al gran público aun para el andaluz hasta avanzada la Transición, su discreta y mesurada incardinación en los círculos del poder financiero-cultural madrileños la sustrajo igualmente a los focos académicos y mediáticos de mayor influencia del país. Sólo el término de su vida profesional, sumamente intensa y decisiva para el desarrollo de la nación en vertientes claves del trabajo intelectual y empresarial, así como una circunstancia familiar lancinante, le impulsaron, adentrado en la senectud, a reabrir con toda fuerza su taller literario. Su comercio con las musas sería ahora de una admirable asiduidad. Piezas nuevas y flamantes, retejidas y puestas a punto, inconclusas durante años y acabadas a través del frenesí creador que, como bien se sabe, acompaña a veces el tramo final de la existencia de los escogidos… Resultado: títulos a tropel, en los que la belleza y la hondura de pensamiento alcanzan registros de rara frecuencia. Sumergirse en ellos es la aventura intelectual hoy quizá más provechosa de las ofrecida por las letras españolas del día.
Bienvenido sea, pues, el Congreso Internacional que sobre J. A. Muñoz Rojas tendrá lugar en su idolatrado Madrid en las postrimerías del mes de los difuntos…
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