Opinión

Carta a los indignados del 15-M

Juan López Rodríguez | Sábado 12 de noviembre de 2011
Debo decir que, pese a la distancia en la que me encuentro respecto de los indignados del 15-M por mi edad, mi trayectoria y mi experiencia personal, me he sentido identificado con ellos y reconocido en la vitalidad con la que me conducía en mi primera juventud allá por mediados de los años ochenta. Me dedicaba entonces a pregonar el no alineamiento de nuestro país con uno de los dos bloques imperialistas y pegaba carteles a favor del sí a la salida de nuestro país de la OTAN con ocasión del referéndum convocado por el Gobierno de Felipe González.

Hoy, en mi condición de responsable en la organización local del PSOE en Bruselas y junto con otros líderes del Partido, intentamos acercarnos a las preocupaciones de este movimiento tanto por simpatía como con el interés en ofrecer un apoyo activo en lo que pudiéramos considerar como nuestra responsabilidad política.

Creo que compartimos su indignación. Muchos de los jóvenes que promueven la expresión del malestar social han puesto sobre la mesa las injusticias de un sistema muy exigente con su formación que, a la vez, no ofrece salida a quienes han cumplido con su parte del pacto. Han estudiado e invertido en lo que se les pedía sin que encuentren a cambio su lugar en el sistema. Y no ven esperanza. Al menos, es así como les percibo cuando les observo desde casa.

Y les observo desde casa, sin que pueda decir que, pese a nuestros intentos, haya podido saber de manera directa qué les ha movido a tomar la calle y qué pretenden para volver a dejarla. Nuestros primeros intentos de conexión se encontraron con una doble dificultad: saber quién podría representarles y conocer con algo de precisión cuáles eran sus propuestas. Para el momento en que ambas cuestiones pudieran encontrar un atisbo de respuesta, creo que habíamos perdido mucho tiempo y no pocas de las ilusiones que nos movían para nuestro acercamiento.

Ya sé que muchos de los indignados encontrarán satisfacción al saber que los políticos, incluidos los amateurs como nosotros – curiosamente había indignados con los que hablamos que pensaban que cobramos por nuestra desinteresada labor –, no hayamos encontrado conexión con su grupo, respuesta a nuestras iniciativas ni capacidad para articular políticamente sus reivindicaciones en la medida en que nuestra organización se sintiera responsable de la situación y considerara justo y legítimo actuar para mejorarla. Y es entonces cuando me viene a la memoria lo que leí de Tony Judt en su libro Postguerra, cuando se refiere a un momento histórico decisivo cuando, tras la Segunda Guerra Mundial, se planteó quién protagonizaría el liderazgo de las naciones europeas, si correspondería a los políticos experimentados o a los activistas y miembros de la resistencia europea que habían asumido la dirección de los pueblos europeos sometidos por el nazismo; fueron los primeros, que no encontraron muchas dificultades para desplazar a los segundos dada la imprecisión de éstos a la hora de concretar: las unidades de la resistencia habían estado demasiado ocupadas luchando, o sobreviviendo, como para entretenerse en elaborar planes detallados de la legislación para la postguerra. Pero sobre todo, el mayor impedimento para los resistentes radicaba en su falta de experiencia… El legado de la resistencia fue por tanto bastante reducido en cuanto a proyectos para la postguerra más allá de nobles y elevadas declaraciones de intenciones y vagas generalidades.

Es posible encontrar en las librerías textos que quieren trasladar el sentido y finalidad del movimiento. Pero tal y como se ha desarrollado, ninguno de ellos acaba de convencerme: no sé si quienes los escriben, más allá de pertenecer al movimiento, les representan, y si lo que dicen son las conclusiones de lo que habrían consensuado. Cuando hablo con gente de experiencia y formación todos parecen concluir que se trata más de un movimiento de protesta que de construcción del futuro.

Como decía Goethe, el mejor gobierno es el que nos enseña a gobernarnos a nosotros mismos. En esto han fracasado los que han regido nuestro país durante varias décadas. Los jóvenes españoles tienen mucha formación… pero no saben qué hacer con ella. Es una falla del sistema. El modelo educativo no genera conciencia de uno mismo, no interioriza en el individuo la percepción sobre la propia capacidad constructiva. Y este movimiento es un reflejo de ello. Sus propuestas, sobre todo la manera o no manera de hacerlas factibles, demuestra su propia debilidad. Explica por qué sus miembros no encuentran su sitio en la sociedad, no son capaces de convertir en aportación sus propias cualidades. El Estado, su sistema, ha fallado a la hora de que puedan traducir su potencial en capacidades creativas valoradas por todos.

Los políticos también nos han fallado, tanto cuando han ejercido irresponsablemente sus prerrogativas como cuando han abusado de su posición en conductas corruptas. Pero también han acertado cuando han hecho evolucionar el país a un sistema de libertades que permite al movimiento expresarse y a un modelo de protección social que les permite manifestarse en una posición lejana a la enfermedad y las hambrunas que nuestra misma sociedad ha padecido no hace tanto tiempo.

Pero que el sistema haya fallado no les libera de la obligación de ejercer responsablemente su propia libertad; no excluye que puedan adquirir esos conocimientos, más bien esas actitudes, que les hagan encontrar su sitio y desarrollarse en un mundo tan complejo. Y es sólo a ellos a quienes corresponde tomar el pulso a la vida y construirse su propio hueco.

Recientemente hemos podido observar cómo el movimiento ha crecido en su capacidad de convocatoria. ¿Para cuándo veremos crecer su capacidad constructiva, su interés en la interlocución? ¿Cuándo concluirán que es la democracia la que ha hecho posible su movilización? ¿Cuándo comprenderán la ingenuidad que encierra desentenderse de la política? ¿Cuándo verán con claridad que su sitio se encuentra allá donde no quieren mirar? Porque esta misma mañana, al comprar el periódico, un sexagenario me ha dicho que no creía en la democracia y que el de antes esto lo solucionaba, con él no había tanto parado.

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