Opinión

Mundo árabe (II): Ausencia de intelectuales comprometidos

Víctor Morales Lezcano | Sábado 12 de noviembre de 2011
No me parece mala idea hilvanar algunas notas sueltas que he ido almacenando últimamente sobre el asunto de la ausencia participativa de intelectuales de fuste en el transcurso de lo que se ha dado en llamar “primavera árabe” .

No pocos intelectuales del mundo árabe afilaron, durante los años 30, 40, y 50 del siglo XX, el arma de la crítica al colonialismo europeo, pero también a las contradicciones internas de todas y cada una de las sociedades árabes que se encontraban entonces sumergidas de hoz y coz en campañas a favor de la independencia y la regeneración. Tales fueron los casos del sirio-druso Chekib Arslan, del marroquí Allal el-Fassi, o del egipcio Najib Mahfuz.

A esa generación de intelectuales constituyentes de la plana mayor del arabismo militante de la época, correspondió la floración de líderes del nacionalismo (de perfil demoliberal, o socialista), como Bourguiba en Túnez, Gamal Abd el-Nasser en Egipto, o Ahmed Ben Bella en Argelia.

Tanto los epígonos de los grandes intelectuales árabes forjados durante el período de entreguerras, como los herederos políticos del nacionalismo árabe empezaron a decolorarse gradualmente a partir de los años 70. Esta ausencia de figuras descollantes, involucrables en la trama política de sus pueblos y naciones en busca de una identidad y hoja de ruta propias, se podría explicar en parte por el casco, coraza y lanza con que se fueron armando las oligarquías y los regímenes políticos en Oriente Medio y Norte de África a partir del triunfo de la revolución iraní en 1979 y del ascenso de la lectura salafí del Islam.

Las potencias occidentales que contaban con una herencia histórica de intereses variados en Mesopotamia, Golfo Pérsico, Egipto y Magreb, dieron el visto bueno a la implantación de regímenes autoritarios y de dudosa honestidad financiera en muchos de los países a que me vengo refiriendo. Contribuyeron, con ello -y no sólo marginalmente- a la desertización cívica que provocaron las dictaduras del clan familiar Assad en Siria y los entramados cleptocráticos de Ben Ali y Mubarak en Túnez y Egipto -por poner tres ejemplos mediáticos-.

La opresión política de entonces fue desarmando no sólo a la mal constituida opinión pública de los países en consideración, sino también a muchos líderes independientes y francotiradores intelectuales del mundo árabe. La autorrepresión, cuando no el exilio, fueron sendas vías de escape al uso bastante frecuentadas durante los últimos decenios del siglo pasado y los primeros años del XXI.

Como, de otra parte, el pensamiento islamista (recuérdese al egipcio Said Qobt) fue amordazado, cual le sucedió a las asociaciones, ligas y proto-partidos también de inspiración islamista, el panorama de la reflexión y la política árabe vinieron a menos; aunque -y ello hay que reivindicarlo- siempre hubo un poeta rebelde como Adonis, un pensador crítico de la Historia como Laroui, o un intelectual de la izquierda cairota como Hanafi.

El fenómeno de la presurización mental y psicológica sufrida por élites y masas árabes a través de los mensajes ladinos de subordinación al orden de cosas establecido, que no se cansó de emitir el sistema dictatorial, provocó la emergencia de flujos de rebelión violenta inspirados por un salafismo desesperado. Esta sociovisión ha terminado por impregnar bastante las sociedades árabes contemporáneas, aunque coexistiendo siempre con un Islam moderado que hoy parece que está en alza.

Cuando han sobrevenido las insurrecciones populares contra los dictadores y sus clientelas, expresando una voluntad de cambio que ha aflorado con rotundidad en Túnez y Egipto, no pocas sociedades árabes han venido a quedarse huérfanas de líderes políticos y de “maître à penser”, al menos a la usanza clásica. Sorprendentemente, a partir de 2010 destacaron a su modo y con sus discursos propios algunos líderes que son de reconocible factura islamo-moderada. Me refiero a Gannouchi en Túnez, donde el voto ha sido favorable al partido del “Renacimiento” en las últimas elecciones; o a Benkirán en Marruecos, auténtico rostro público del “Partido de la Justicia y del Desarrollo” (PJD), presunto caballo ganador en la carrera electoral que se avecina al sur de Tarifa.

Las aprensiones occidentales que origina el ascenso en las urnas de las corrientes islamo-moderadas serán desmentidas -o no- por la trayectoria que describa un mundo árabe que, aparentemente, ha emprendido, en más de un caso, una ruta conducente a la libertad y a la democracia. Eso que llamamos “Occidente” debe respetar con distancia exquisita el proceso interior a través del cual los pueblos musulmanes dirimirán sus preferencias políticas. Escandalizarse de antemano por el triunfo electoral del Islam moderado, o condenar su éxito en las urnas puede incitar a comportamientos punitivos como los que acaecieron en Argelia en 1991.

Piénsese, sin embargo, que existen amplios sectores de clases medias árabes que comparten las aprensiones occidentales sobre la capacidad -y la bondad política- de los partidos islamo-moderados que están cobrando, de un año a esta fecha, un auge insólito desde Egipto a Marruecos.

Sólo el transcurso de los acontecimientos irá seleccionando el grano de la paja, reforzando en consecuencia las aprensiones mencionadas, o, por el contrario, disolviéndolas paulatinamente al comprobarse lo infundado de sus temores.

Es de lamentar que esta hora crítica que atraviesa el mundo árabe no sea pródiga en intelectuales de bordo, y comprometidos; aunque he venido a sospechar que esta ausencia a la que me refiero, no es nada grave en una era de predominio cibernético apabullante.