RESEÑA
Domingo 13 de noviembre de 2011
Christina Stead: El hombre que amaba a los niños. Introducción de Felipe Benítez Reyes. Traducción de Silvia Barbero. Pre-Textos. Valencia 2011. 720 páginas. 36 €
Christina Stead nació en Australia, lo cual, para un escritor, resulta bastante sorprendente, incluso sospechoso, al menos por estos lares. Por aquí los escritores, si no son de la casa, casi siempre son americanos o ingleses. Franceses cada vez menos, la verdad. Portugueses o italianos casi nunca. De cuando en cuando rompe los cauces del mundo editorial una riada de suecos, o japoneses al calor de algún éxito somero. A los rusos y la gente del este también se les publica, siempre y cuando estén bien muertos, claro.
Es evidente que hay una especie de corriente subterránea, algo así como un juego geopolítico, en el mundo editorial. Hasta cierto punto esto resulta inevitable. Si un escritor sueco publica una novela cuya fórmula se revela notablemente exitosa, es lógico buscar gente que comparta su rasgo más característico (ser sueco) y es lógico suponer que esa gente será capaz de escribir novelas igualmente exitosas. Lo sorprendente es que el razonamiento funciona. En el caso de Suecia, el fenómeno Larsson ha resultado ser beneficioso, tanto económica como literariamente, y ha servido para dar a conocer en España a toda una remesa de autores, muchos de ellos de incuestionable calidad, con gente como Askildsen o el nobelesco Tranströmer a la cabeza, aunque ambos estuviesen publicados en España antes del fenómeno Larsson.
Pero esta geopolítica editorial también deja víctimas. No se pueden llevar todos los juguetes en la maleta y alguien tiene que quedar atrás. Entre las víctimas dos de las más importantes son la recientemente fallecida Agotha Kristof y Christina Stead, a quienes convocamos ahora a la vez, no porque sean mujeres, sino porque son dos autoras de formidable estatura que, ahora, tienen una nueva ocasión de ser reconocidas por el público español. En el caso de Kristof, la ocasión la brinda su muerte, cuatro meses atrás. En el caso de Stead, la publicación en España de esta monumental El hombre que amaba a los niños.
En esta novela encontrará el lector un uso del lenguaje y la parodia templado en las formas modernistas y una ambición absoluta, que hoy parece imposible, y que llega de los tiempos en los que la narración todavía perseguía la totalidad, al menos alguna forma de totalidad, y no se había rendido a la fragmentación. Hallará el lector una estructura interesante, sobre todo por el modo en el que juega con las ausencias del personaje principal, pero, sobre todo, encontrará a un personaje principal terrible, Sam Pollit.
A este Sam Pollit podemos situarlo, quizás, a medio camino entre Adrian Leverkühn, Ignatius J. Reilly y Leopold Bloom. Pero, a diferencia de aquellos, este Pollit no tiene ni la más mínima posibilidad de redención, léase, de encontrar alguna simpatía por parte del lector. Pollit carece de la profundidad y el genio de Leverkühn, del carisma de Reilly o del ingenio de Bloom. Como si fuese un muñeco -de hecho lo es- Stead esconde en el relleno del personaje las espinas más afiladas (genocidio, incesto...) para hacerlo totalmente inasible. Pollit es un muñeco, Pollit es el retrato de un muñeco, Pollit es el dibujo caricaturesco de un muñeco en el callejón del gato. Pero es imposible reír, porque, si en algún momento estamos tentados de hacerlo, enseguida vuelve a emerger, a veces como una sombra, la figura de este Pollit, absolutamente dañino, un ser totalmente contaminado que infecta, de principio a fin, las páginas de la novela.
Por Miguel Carreira