Thomas Mermall: Semillas de gracia. Prólogo de Antonio Muñoz Molina. Traducción de Eva Rodríguez. Pre-Textos / Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón. Valencia, 2011. 555 páginas. 22 €
Por una venturosa sincronía, llegaron a mí recientemente dos libros de memorias nada comunes. Acababa de leer
Semillas de gracia, del hispanista orteguiano Thomas Mermall, cuando una amiga me trajo de París Jeanne, de la helenista Jacqueline de Romilly. La sucesión inmediata en la lectura absorbente de ambos libros y alguna coincidencia muy honda en el aliento y la elegancia de los dos escritores harán que, ya para siempre, permanezcan unidos en mi recuerdo.
El apellido de soltera de Jacqueline era David; su padre era judío; Thomas lo fue plenamente en su infancia, y tal condición marcó trágicamente su biografía: su madre, Regina Friedman, enferma y carente de fuerzas para huir, murió en Auschwitz. Él tenía seis años cuando la vio por última vez. A ella, y a su esposa, Penélope, les dedica el libro.
Romilly, hija única como Mermall, vivió más de sesenta años con su madre, viuda a consecuencia de la Gran Guerra. No obstante, la figura materna tiene una presencia y una fuerza comparables, en cuanto a la intensidad, el afecto y la irradiación, en ambos libros. Son, los dos, personas que disfrutaron y, a veces, padecieron con su vocación de conocimiento y docencia, en la cual alcanzaron un prestigio merecido. Poseen, asimismo, el don de la escritura narrativa, virtud que no siempre acompaña a los intelectuales brillantes. Si tuviera que decir, en una sola palabra, como se hace en esos juegos de asociaciones, qué evoca para mí este hermoso texto autobiográfico,
Semillas de gracia, no dudaría: la gratitud, esa cualidad que recomienda el Quijote a Sancho, en cita de Mermall.
Se me podrá objetar, no cabe duda, que ya lo anuncia el título. Y así es, en cierto modo. Me refiero, no obstante, a algo que se aprecia en el tono, en la luminosidad y tersura de la prosa, y se suma a las razones expuestas. Puede ser que del agradecimiento imborrable a la persona de Ivan Gartner, su altruista salvador, ese campesino modesto y grande de alma, quien arriesgó todo para proteger a dos desconocidos: un padre fugitivo con un niño, haya nacido en Thomas Mermall un arraigado sentimiento de gratitud más amplio a la vida. Es emocionante seguir todos los detalles del viaje de regreso a la patria perdida con la intención de abrazar a los familiares de Gartner y visitar su tumba.
El itinerario existencial de Thomas está marcado
ab initio por la tragedia familiar y colectiva del pueblo judío en cuyo seno vino al mundo, ya quedó dicho, mas la experiencia trascendental que le cambió las coordenadas y reorientó cultural y vitalmente su trayectoria no devino en rencor ni resentimiento alguno, lo cual dice, a las claras, de su excepcional calidad humana. Más bien suscitó en él un interés hondo por lo que denomina el “enigma de la bondad”. Sumido en un mundo señoreado por el odio y la vesania criminal, se diría que hizo suya la proclama de la Antígona sofoclea: “yo no he nacido para compartir el odio sino el amor”. Junto a esa deuda cordial que recorre como un hilo medular todo el libro, y, brotando de la misma raíz, hallamos, así, la pregunta por el misterio del bien, acaso banal, inquiere Mermall.
Semillas de gracia se llamó, anteriormente, el prólogo que escribió Thomas para las memorias en lengua magiar de Gabriel, su padre. Después, lo incorporó como primer capítulo de sus remembranzas, organizadas por temas que se despliegan en forma de relatos completos, y, sumados, dibujan los más de setenta años de su apasionada existencia aquí recogidos.
Un libro, pese a todo y, ante todo, jovial y gozoso, escrito con una gran tensión compositiva, que atrapa al lector en todo momento. El fino orteguiano Mermall hizo suya la razón vital del maestro y la transmutó en narrativa al plasmar su historia de niño centroeuropeo judío del siglo XX, nacido en la ciudad del río Uz, Uzgorod, la cual, como él mismo, cambió de pertenencia más de una vez, y hoy es territorio ucranio. Extraordinario por su eficacia literaria resulta el personaje de la madrastra, húngara de la misma procedencia que ellos. Y qué decir del hermanastro maleante, del pobre niño rico chileno torturado por sus padres a causa de un hurto casero, de las intrigas académicas o de los amores y desamores del protagonista, en Santiago de Chile, donde se prendó de nuestra lengua, el barrio judío de la hermosa Chicago o Nueva York. Antonio Muñoz Molina encarece, en el prólogo, el instinto de novelista de nuestro escritor. No puedo sino compartir su opinión. Quienes no hayan tenido la fortuna de conocer al narrador podrán disfrutar con la lectura de esta historia tan diestramente perfilada, sincera, necesaria y nada ampulosa. Excelente es, por añadidura, la traducción de Eva Rodríguez, y de ello deja constancia el interesado.
El destino fatal,
que ha truncado la vida de su autor hace poco , ha trocado estas
Memorias de amor, guerra y amistad, pues así reza el subtítulo, en un testamento. No era ése, no obstante, su propósito. Cuando ya estaban terminadas, supo Thomas Mermall del mal que le había alcanzado y lo anunció en el
Post scriptum que las prolonga y cierra. Su evocación del bello cuento tradicional del siervo que se topa con la Muerte en Bagdad y huye a Samarkanda sin éxito, ya que aquélla se le ha adelantado, ha resultado, por desgracia, premonitoria.
El profesor Mermall hubiera estado en Madrid en estos días. Le gustaba mucho nuestra ciudad, y nunca faltaba a una cita orteguiana que le permitiera volver. Por eso lo tendremos muy presente en el
Congreso Internacional Ortega y Gasset , que se celebrará desde el próximo día 15 de noviembre hasta el 18, en la Facultad de Filosofía de la Complutense y la Fundación Ortega-Marañón, con motivo de la publicación de las nuevas y excelentes
Obras Completas del filósofo, en coedición de la Fundación Ortega-Marañón y Taurus.
Por Concha D’Olhaberriague