Opinión

Ciao, Berlusconi, ciao

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 14 de noviembre de 2011
Los italianos tienen la costumbre de celebrar la Noche Vieja y la llegada del Año Nuevo, arrojando por la ventana –después de haberse tomado un buen plato de lentejas- todos los muebles y cachivaches viejos o inservibles que tienen en casa. Es una buena manera, ruidosa y mediterránea, de mostrar su deseo de renovación y una divertida demostración de sus buenos propósitos para el año que comienza. Ahora no han esperado al 31 de diciembre para desprenderse de ese enorme y hasta repugnante incordio que ha sido durante más de tres lustros, Silvio Berlusconi, jefe del Gobierno de la República. Había llegado a ser un obstáculo para seguir avanzando y se les había quedado inservible. De ahí el alborozo nocheviejero con que se ha saludado su cese.

La trayectoria del mal llamado “cavaliere” no puede ser más penosa y lamentable. Accede a la vida política en un oportuno momento, cuando el viejo sistema de partidos había saltado por los aires, como consecuencia de los escándalos de corrupción, que por allí llaman la “Tangentópolis” y logra federar a una buena parte de las fuerzas de centro-derecha. Precisamente en el momento en que también se había desintegrado el Partido Socialista de Bettino Craxi y cuando el Partido Comunista, con un inteligente D’Alema al frente, arroja también por la borda o por la ventana los viejos dogmas marxistas, también inservibles, y aspira a transformarse en un partido socialdemócrata a la europea. Parecía que Italia había aprendido de sus pasadas convulsiones y se dirigía hacia un bipartidismo imperfecto, pero eficaz, aunque un tanto distinto al imposible bipartidismo (DC-PCI) que Giorgio Galli había definido algunas décadas antes.

El balance de la etapa Berlusconi no puede ser más negativo, a pesar de la propaganda laudatoria desplegada por los medios públicos y por la nutrida red de medios audiovisuales y escritos, que controla el cesado “presidente del Consiglio” a través de su holding Fininvest. Entre 2000 y 2010 el crecimiento medio del PIB italiano ha sido del 0’25 por ciento a precios constantes. Según The Economist “solo Haiti y Zimbabwe los han hecho peor”. Berlusconi no ha abordado las reformas estructurales exigibles en este mundo globalizado y, más específicamente, en la zona euro. Berlusconi no ha ocultado su animadversión por la moneda única y hay que recordar que su antecesor, Prodi, estaba decidido a no ser socio fundador del euro y que fue la determinación de Aznar a serlo –comunicada al italiano en una cumbre bilateral celebrada en Valencia en 1996- lo que impulsó a los italianos a no quedarse fuera. Como me dijeron por aquellos tiempos algunos italianos notables “os empeñasteis en entrar y nos obligasteis a nosotros”. Desde aquel momento los italianos temían el “sorpasso”, esto es, que España los superara por PIB y por renta per cápita y así hubiera sucedido si no hubiera llegado Zapatero a La Moncloa. Aunque recordarán cómo faroleó el todavía Presidente del Gobierno español en Nueva York acerca del “miedo” que le tenía Berlusconi. Aunque en aquel momento el “sorpasso” ya no era posible por la acrisolada torpeza del español.

Berlusconi fue siempre un oportunista sin ideología que antepuso en todo momento sus propios intereses privados a los intereses generales de su país. Inicialmente se puso a la sombra del socialismo y hasta Bettino Craxi fue el padrino de uno de sus hijos. Gracias a esos contactos pudo convertirse en accionista principal de la española Tele 5, en tiempos de Felipe González. Pero, con una inteligencia y con un magnetismo personal que no pueden negársele, comprendió que el socialismo no iba a estar en la cresta de la ola y decidió convertirse en el hombre indispensable del centro derecha, aunque para ello tuviera que pactar con un personaje tan poco diáfano como el líder de la Liga Nord, Umberto Bossi, el inventor de una Padania separada de Italia.

Berlusconi se presentó inicialmente como un decidido reformador acusando de todos los males de Italia a “la máquina política y burocrática perfectamente diseñada para impedir, prohibir, retrasar y obstaculizar”. Pero desde el poder lo que hizo fue poner esa máquina a su servicio personal. Quiso vender a los italianos su ejemplo: un hombre hecho a sí mismo, que trabajando y estudiando había llegado a crear un imperio económico. Era el sueño americano trasladado a Italia. Y ciertamente una buena parte de los italianos compraron esa engañosa oferta. Su base electoral no ha bajado de un 30 por ciento aproximadamente, pero según una encuesta su electorado está formado por los sectores más viejos, menos preparados, que viven en pequeñas ciudades y ven la televisión pero no leen los periódicos. Predominan las mujeres y no creen en las acusaciones de fraudes y escándalos que han esmaltado la etapa berlusconiana.

Creo que se puede afirmar que ningún otro personaje público europeo ha sido objeto de tantas acusaciones. Un libro de hace ya algunos años, L’odore dei soldi, era una apabullante relación y análisis de todos estos casos que han llegado a los tribunales. Pero desde entonces esa lista se ha ampliado con otros muchos, especialmente con los de carácter sexual y sus relaciones con menores de edad, que motivaron el divorcio de su esposa. Berlusconi se ha blindado con leyes ad personam votadas por su dócil mayoría y se ha beneficiado de la prescripción de los delitos. Es un caso notable de impunidad manifiesta y ya se dice que trata de mantenerla ahora que ha abandonado el Palazzo Chigi (La Moncloa romana). Por eso quiere seguir en política, ya veremos cómo.

En toda esta tragicomedia italiana hay que resaltar el excelente papel jugado por el Presidente de la República, Giorgio Napolitano, que, a pesar de las escasas competencias que le asigna la Constitución, ha forzado tan suave como eficazmente la salida de un Berlusconi que se aferraba al sillón. Y su acierto al promover a uno de los dos grandes “Marios” que hay en Italia, Mario Monti, que fue un excelente comisario europeo, que se supo enfrentar a las grandes multinacionales informáticas e hizo su bandera de la competitividad, tan necesaria en el sur de Europa. El otro Mario es Draghi, recientemente nombrado presidente del Banco Central Europeo. El simple hecho de que los países europeos hayan aceptado para ese puesto a un italiano, en un momento en que su país está al borde del abismo, supone que se tiene una muy amplia confianza en él. Y es que en Italia no solo hay Berlusconis sino profesionales muy competentes que no pueden desarrollar sus saberes por esa máquina política y burocrática que el cesado primer ministro prometió desmantelar. Este año 2011 Italia ha celebrado en 150º aniversario del Risorgimento, el movimiento que la llevó a la unificación. Esperemos que empiece ahora otra etapa sin los lastres que ha soportado hasta ahora.

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