Opinión

La Noria hace historia

Alicia Huerta | Miércoles 16 de noviembre de 2011
A estas horas, el programa La Noria de Telecinco todavía no es historia pero ya ha marcado un hito en la correspondiente a las cadenas privadas de televisión de nuestro país. Si el programa presentado por Jordi González se emite, como cada semana, el próximo sábado por la noche, lo hará sin ningún tipo de publicidad y, por otra parte, algo tendrá que declarar asimismo acerca del cúmulo de acontecimientos que han acabado demostrando que la avaricia de audiencia también es capaz de romper el saco. Después de la entrevista realizada hace dos semanas a la madre de “El cuco”, una escalada de mensajes contrarios al lema de que todo vale en la pelea por la cuota de pantalla ha provocado que, una a una, todas las marcas anunciantes del programa hayan ido retirando su publicidad, exponiendo a La Noria y a la cadena que la emite a la realidad de que, afortunadamente, aún hay ocasiones en las que pueden triunfar, más o menos efímeramente, la razón, la dignidad y los buenos principios. También el buen gusto.

A pesar de que la citada entrevista haya sido el detonante que ha hecho estallar en pedazos la bola de miserias, griterío y chabacanería que generalmente reina en las noches del sábado en Telecinco y en sus tardes del resto de la semana, como todas las revoluciones, la presente no se ha gestado en unos pocos días y tampoco su mecha se ha prendido por generación espontánea. Pablo Herreros, a quien Jordi González señala directamente como conspirador aliado de Antena3, ha sido quien desde su blog lanzó una original y certera piedra al tejado de los anunciantes después de varios años preguntándose cómo era posible que un delincuente, o un familiar o amigo del mismo, pudiera lucrarse acudiendo a un plató de televisión. Porque el caso de la madre de “El cuco” no ha sido el primero y, por mucho que ahora parezca que el viento ha hecho girar las aspas de la noria en sentido contrario, tampoco será el último. Que nadie se lleve las manos a la cabeza. La Noria existe porque su audiencia existe: sábados noche dedicados a contemplar tertulias que fomentan una confrontación demasiado agresiva a base de gritos e insultos que poco se asemejan a un debate, entrevistas que en ocasiones sólo parecen buscar al personaje más polémico o morboso y hasta espacios disfrazados de seriedad con sesgadas opiniones que contagiar al público. Y por si el escándalo visual y auditivo de los actores principales no fuera suficiente para llenar el espacio situado entre el sofá y la televisión, de fondo, aparece un auditorio bien instruido que abuchea, aplaude o jalea. Para muchos, una tortura que ataca el mismísimo núcleo del alma, pero para otros, muchos también, un entretenido espectáculo para disfrutar hasta las tantas de la tele sin tener que preocuparse del madrugón del día siguiente.

Pablo Herreros reconoce, por otra parte, que su petición a las marcas para que retiraran la publicidad de La Noria no habría tenido la misma eficacia hace tan sólo una década, es decir, sin contar con la arrolladora y ya temible fuerza de las redes sociales. En el caso que nos ocupa, el tremendo aluvión de mensajes en las redes sociales fue lo que provocó que su petición a las marcas anunciantes – de alimentos, lácteas, de coches, yogures y grandes superficies – se saldara con un éxito del que, probablemente, la mayoría incluso al principio dudaban. Ahora, visto el resultado, lo que no se va a hacer es soltar tan fácilmente la presa y, en un intento de ir más allá, se ha difundido un evento en Facebook, Twitter y Tuenti en el que se convoca a sus seguidores a no sintonizar Telecinco durante dos días. Será interesante comprobar el resultado.

No se trata, sin embargo, de ser pesimistas, aunque, por desgracia, los elementos que flotan en la superficie seguirán emergiendo si el tejido social y cultural que subyace continúa siendo el mismo y demandando los mismos productos. Ya hemos visto demasiadas revoluciones convertirse en flor de un día. El propio presentador del programa que ahora se encuentra en el ojo del huracán ha declarado que: “La publicidad volverá porque el tiempo lo pone todo en su sitio”. Es verdad, y pendientes quedamos de ver cuál es el suyo a partir de este momento. Porque está bien – cómo no lo iba a estar – que cada cual encuentre su sitio un sábado por la noche, siempre que no sea a costa del dolor de unas víctimas, de inmorales enriquecimientos que no sirvan exclusivamente para resarcir a los perjudicados o de ataques a la intimidad de quien nunca ha buscado una exclusiva sobre su vida privada. Los límites de la información, mucho más los del mero cotilleo, deberían estar siempre por delante de la libertad de elegir qué canal sintonizas, aunque lo hagas en tu propio salón. Lo triste es que haya que apelar a la razón o a la conciencia – también a la conveniencia - de los departamentos de marketing de los comerciantes porque no se pueda confiar en la moral o el buen gusto de una parte de la audiencia.

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