Jueves 17 de noviembre de 2011
La crisis financiera ha derivado en una crisis fiscal. Y la crisis fiscal ha derivado en otra de carácter político institucional en el seno de la eurozona. Diecisiete países comparten una misma moneda. Y en ella repercute por igual cada una de las distintas políticas fiscales. No tiene porqué funcionar del todo mal, siempre que se sigan una serie de principios. Por eso se fijaron los criterios de Maastritch. Pero Europa cometió dos pecados. Uno de ingenuidad, al no tener previsto un camino de salida para los Estados fiscalmente gamberros. Otro de inconsistencia, cuando las dos principales economías de la eurozona se saltaron las normas que querían imponer al resto de países. Los criterios de moderación y estabilidad fiscal perdieron fuerza. Y cuando llegó la crisis económica, sencillamente, se abandonaron. Ahora se va más allá de lo urgente, para atender los cambios en la estructura europea que le permitirán seguir en el futuro sin los graves problemas de hoy.
Esta es la discusión de fondo del Consejo Europeo celebrado el miércoles. Durante el mismo, se han señalado algunas normas que apuntan a un refuerzo institucional para meter en cintura a los Estados. El presidente del Consejo, Herman van Rompuy, se ha planteado: “¿deberíamos disponer en casos extremos, de nuevas sanciones como la suspensión del derecho de voto, o la suspensión de los fondos estructurales u otros pagos o conceder poder a una autoridad central para intervenir en los procedimientos de los presupuestos nacionales?”. Algunas opciones son más razonables que otras. La intervención directa de Bruselas en los presupuestos nacionales es una injerencia que nada tiene de democrática. Sin embargo, la suspensión del voto a un Estado que incumple las normas comunes tiene más sentido.
En este profundo debate chocan Francia y Alemania. Hay un camino por el que las distintas políticas fiscales tienen efectos que afectan a todos por igual. Es el camino de la inflación. Si el BCE se dedica a monetizar deuda, los países que incurran en grandes déficit no sufrirán ellos solos los perversos efectos de la inflación, sino que éstos se transmitirán a todos los países del euro. Alemania no quiere que se cometa esa injusticia con ella. Y Alemania teme la inflación porque conoce muy bien los lacerantes efectos económicos y morales que crea. El escritor Stephan Zweig dijo que nada como la hiperinflación de la república de Weimar cimentó la degradación moral de Alemania para la llegada del nacional socialismo. Francia hace tiempo que ha olvidado la lección de los assignats. Y sólo ve la urgencia de salvar la máxima calificación de su deuda, con todo lo que ello implica. Por eso pide una política activa del BCE, que Alemania rechaza. Este es otro de los debates institucionales sobre la mesa, y que habrá que resolver satisfactoriamente.
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