Norberto Alcover | Jueves 17 de noviembre de 2011
Deseo que las elecciones que nos esperan/acechan, signifiquen un momento de profundización en nuestras responsabilidades democráticas como pueblo soberano y nunca un acto de partidismo reduccionista que vulnera el espíritu constitucional al comienzo de la Carta Magna.
Deseo que a la hora de emitir nuestro voto, privilegiemos el porvenir de los menos seguros ante el futuro socioeconómico que les aguarda, por encima de nuestras propias seguridades adquiridas. Solamente los más pobres en todos los sentidos son referentes del conjunto.
Deseo que en las familias, los mayores expliquen a los menores la naturaleza del día electoral, de tal manera que los hogares aparezcan como escuelas de democracia más allá de intereses de grupo y de casta. Hablar democráticamente engendra educación democrática.
Deseo que los agnósticos, y en todo caso ateos, contemplen los derechos humanos como referentes prioritarios a la hora de relacionar ideología y política, porque también es posible, y en ocasiones frecuente, la conversión de una ideología o grupo político en religión cerrada.
Deseo que los cristianos, musulmanes, budistas y otras confesiones religiosas, pongan el misterio de Dios y su justicia como envolventes necesarios de sus inclinaciones políticas. Nunca para manipularlas, antes bien para orientarlas en profundidad. Dios es carne en Jesús.
Deseo que nuestros líderes crean en lo que proponen, de tal manera que, desde sus credos diferentes, conjuguen el credo común de la justicia misericordiosa, del coloquio pacificador y de la con-ciudadanía conjuntiva, en lugar de aumentar esa babel política dominante.
Deseo, en fin, que España constituya un objetivo común, sin renunciar a localizaciones enraizadas en nuestros corazones, porque la fe siempre es llamada a lo que llevamos entre manos como signo de lo que esperamos más allá. Creer desde España, tiene sus matices.
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