Opinión

A Mariano Rajoy, en la urgente esperanza

Javier Rupérez | Jueves 17 de noviembre de 2011
No sabremos lo que habrá pasado hasta que se haya contado la última papeleta y cualquier otra especulación es vana, por más que las encuestas nos anuncien, en horquillas diversas, una sobrada victoria del PP y una correlativa y abultada derrota del PSOE. Pero asumamos que esa sea la realidad, y con ella culmine lo deseado por millones de españoles, para imaginar la catarata de cosas que vienen tras el después del 20 N.

El triunfo electoral del PP será muchas cosas pero también y fundamentalmente el éxito de un hombre tranquilo, decente, razonable y paciente que se llama Mariano Rajoy. Y el éxito de un partido que, imperfecto, como toda obra humana, ha participado en lo fundamental de esas virtudes. No será el momento del triunfo el más adecuado para recordar lo arriscado del camino recorrido en estos siete últimos años, después y como consecuencia de las matanzas de Atocha y de las demás y consiguientes infamias, pero si el de traer a colación la confianza depositada por los españoles en una formación política e ideológica a la que socialistas y nacionalistas, unidos en esa permanente y sacrílega alianza, hicieron todo lo posible para arrojar físicamente del espacio parlamentario español.

La victoria deberá ser administrada con magnanimidad, dicen los clásicos y los que no lo son tanto, que muchos perdedores procurarán ahora exigir la receta que ellos nunca practicaron, y será inevitable experimentar un cierto sentido compasivo hacia el gran derrotado, por ser el principal causante de la derrota, Rodríguez Zapatero. Ese hombre que cual alma en pena recorre hoy los espacios sin lustre del mitin socialista merece, como cualquier otro ser humano, un espacio de consideración elemental pero también un cuidadoso recordatorio de sus graves errores en todos los aspectos de lo que constituye la vida de una nación: la economía, la cohesión nacional, la unidad de propósito, la concordia. Apagados los focos y los micrófonos de la campana electoral, que tantos despropósitos transmiten, devueltos a la realidad del incierto futuro, Zapatero deberá ser recordado como el peor gobernante de la España democrática –y probablemente también de la pre y de la no democrática- y modelo perfecto de lo que no cabe hacer, encarnación acabada de un partido que, en contra de lo que predican sus siglas, ha dejado de ser socialista, obrero y español para querer convertirse en una pura maquinaria de poder Claro que en el pecado llevarán la penitencia. Y qué penitencia.

Dirán muchos que ha sido la crisis económica la que ha acabado con el régimen de los mil años que pretendía Zapatero implantar, y razón parcial no les falta. Pero ese desplazamiento voluntarista de las responsabilidades no puede ignorar los catastróficos e imperdonable “errores no forzados”, que dirían los jugadores de tenis, de unos equipos dirigentes que al final del camino solo alegan como éxitos el matrimonio homosexual y el derecho al aborto. Lo cual, si bien se mira, solo merece un abochornado silencio. Pero socialistas, crisis, Zapatero y alguno mas –recórranse con cuidado las listas de los que han formado parte de sus gobiernos, desde Rubalcaba hasta el último de sus ministros y ministras -han llevado a este país a una situación en las que las elecciones han cobrado una inusitada trascendencia. Porque la tarea es gigantesca: reconstruir la economía, recuperar puestos de trabajo, reafirmar la unidad constitucional, administrar con austeridad y sentido común, comportarse en el exterior con previsibilidad y fiabilidad, devolver a esta malherida España los mejores momentos de sus historia reciente. España necesita un nuevo gobierno. Pero necesita sobre todo una nueva concepción del país que, respetando escrupulosamente las términos básicos de la Constitución del 78, devuelva a esta gran pueblo –y en verdad lo es- un mejor presente, una esperanzador futuro, una renovada confianza en nosotros mismos hecha de austeridad, trabajo, unidad e imaginación. Justamente lo que el PSOE y su gobierno han negado durante interminables siete años. Nadie ignora la dimensión de la tarea. Muchos, muchísimos, millones, esperamos que una significativa mayoría -porque no es este tiempo de forzadas componendas- doten al PP de la confianza popular y de la fuerza parlamentaria para proceder con urgencia a remediar los destrozos del inmediato pasado y esos mismos estiman que la respuesta del momento y para un previsible futuro se llama Mariano Rajoy. Necesitamos que su decencia, su sentido común, su tranquilidad funcionen en la gobernanza tan bien como lo han hecho en la oposición.

No viene el PP con ánimo de revancha sino de amplia convocatoria, convencido como está –y Rajoy ha hecho buena bandera de ello- que una cosa son los pecados de los dirigentes y otra la disposición de los que alguna vez les votaron y que seguramente en esta masivamente dejarán de hacerlo-. Urgen otras políticas y otras respuestas. Es esta la hora de España y de todos los españoles. No quedan muchas más. Recordemos al maestro Antonio Machado y digámonos con él “hoy es siempre todavía”.
Javier Ruperez
Político, Diplomático, Escritor

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