Juan José Laborda | Viernes 18 de noviembre de 2011
El otro día escuché por la radio a una señora que estaba muy cabreada con el gobierno de Zapatero, pero que intervenía para manifestar que seguiría votando; más aún, votando al partido del que pronto será presidente en funciones del ejecutivo de España. Su tono revelaba una gran sinceridad. Reprochaba a un joven interviniente anterior, que éste hubiese defendido que participar en las elecciones era inútil y que hacía el juego “al sistema”. La señora argumentó con su historia personal: durante gran parte de su vida le prohibieron elegir a sus gobernantes. Y no le prohibieron sólo para conservar los poderes de los partidarios de Franco. Abolir las elecciones libres fue una doctrina (con sus respetables autoridades académicas pontificando), que teorizó que la democracia liberal era un mal sistema, y que estaba superada por la modernidad.
Ese desdén por un sistema de elecciones libres, esa descalificación de los “políticos” como profesionales del “poder” (que viven al margen de los “verdaderos problemas” de la gente o del pueblo), fue también el discurso que triunfó con la anterior gran crisis económica y social, la que se inició con el “crash” de 1929. Entonces, los dos movimientos alternativos a las elecciones representativas, el fascismo y el comunismo, estuvieron a punto de imponerse a las democracias liberales en Europa. Éstas, en comparación, eran cosa de ricos y de viejos, y además, eran incapaces de dar trabajo a quienes lo demandaban. “Las nuevas democracias” de partido único, de derechas o de izquierdas, atrajeron a una parte considerable de la juventud.
El recuerdo de aquellas negras épocas, con sus regímenes totalitarios, es una vacuna en Europa para nuevos ensayos que pongan la democracia representativa en solfa. La señora que habló por la radio hace pocos días, representa la memoria de generaciones europeas que vivieron, y sufrieron, aquel espejismo político. Sin embargo, entonces y ahora, los Estados democráticos no marchaban bien desde hacía unos años. Las críticas de los jóvenes de aquel tiempo, como los jóvenes indignados de nuestros días, dieron y dan muchas veces en el clavo. La ventaja actual es que el debate de hoy es muy plural, y salvo la minoría dogmática, los que protestan contra la democracia que tenemos, no están influenciados por “las verdades” de otros sistemas políticos distintos y alternativos.
En mi opinión (que vengo reiterando desde 2001), los problemas de las “democracias atlánticas” surgen de que “el Orden económico y social de 1945” está severamente dañado. Como no existen seguridades internacionales, tanto en economía como en política, cada Estado busca soluciones por su cuenta. Con todas las salvedades, ese egoísmo internacional, ese confiar en las propias fuerzas “nacionales” de cada Estado, agravó la crisis en Europa, que no encontró otra solución que el mercantilismo: ver a los competidores como enemigos.
La guerra fue el paso inexorable y único con aquella crisis. En lugar de buscar juntos las soluciones, los principales países de este Continente miraron sólo sus intereses nacionales. Habría que recordar ahora la “política de no intervención” (que dejó a la República sola a pesar de la intervención de Hitler y Mussolini), y el “pacto de Múnich” (que las democracias inglesa y francesa celebraron porque habían salvado la paz con Hitler). Los únicos que entonces invocaban a “Europa” (como mito), fueron los nazis y los fascistas.
Desde esa perspectiva comparada, se pueden señalar paralelismos y diferencias. En los años 30 del siglo pasado, los políticos electos fueron sustituidos (por la fuerza) por gobernantes cuya legitimidad procedía de “la nación”, “de la Historia”, o de “la raza”. Fueron presentados como más desprendidos y con más competencia en asuntos públicos.
Hoy en día, afortunadamente, los políticos profesionales son sustituidos por gobernantes cuya legitimidad procede del Parlamento, pero que se presentan como “tecnócratas” (para marcar distancias con los políticos electos). Mario Monti y Lúkas Papadimos, dos banqueros y economistas reputados, son el signo y la muestra de la Europa que domina Alemania, aunque sea una Alemania democrática: ¡primeros ministros en Roma y Atenas, las dos ciudades europeas simbólicas!
Este hecho viene a corroborar que una parte de la crisis europea actual tiene que ver con que el sistema de partidos políticos está anquilosado. Ciertamente, los partidos padecen la sequia de ideas nuevas de nuestros días. Pero es indudable que éstos están presos de una oligarquía que decide todo, y en todas las instituciones. “Los independientes” son el precedente de los “tecnócratas” (que mandan en Grecia y en Italia). Pero mientras “los independientes” son nombrados por los jefes partidarios nacionales, “los tecnócratas” cuentan con el visto bueno de “los mercados” y de Alemania (camuflada bajo la UE).
La salida no puede pasar por la quiebra, ni por la guerra. La buena experiencia nos recomienda que demos un impulso a nuestro europeísmo, buscando soluciones internacionales para un mundo globalizado. Habrá que perfeccionar los sistemas democráticos, los partidos políticos, etcétera. La alternativa a las elecciones representativas no es inhibirse de votar, sino votar cada vez mejor informados. Es la tarea del futuro.
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