Cultura

Un Dios salvaje: el último reto de Roman Polanski

crítica de cine

Sábado 19 de noviembre de 2011
Después de su estreno mundial en el Festival de Venecia, donde fue recibida con una gran ovación, este fin de semana llega a nuestras salas “Un Dios Salvaje”, la última cinta de Roman Polanski, que combina la sátira, la comedia y el drama a través de la confrontación directa entre cuatro personajes con muy diferentes perfiles psicológicos.

Basado en la obra de teatro de Yasmina Reza, el veterano director nos presenta un filme que se desarrolla en tiempo real – 1 hora y 19 minutos – y está rodado casi por completo en un único escenario. Y es que lo que importa de verdad en el largometraje no es tanto lo que ocurre, sino la forma en que acaece, con unos diálogos cargados de fuerza y que, en manos de los cuatro grandes actores protagonistas, ofrecen una intensa, así como condensada, interpretación. La obra de la escritora, actriz y dramaturga francesa se estrenó en París en 2008 y ese mismo año saltó a los escenarios de diferentes países de todo el mundo, entre ellos Londres y Nueva York, donde fue galardonada con tres premios Tony. También en 2008, llegó a los teatros de nuestro país con Maribel Verdú, Aitana Sánchez Gijón, Pere Ponce y Eric Elmosino dando vida a los dos matrimonios protagonistas de esta historia que Polanski ha querido adaptar a la gran pantalla, como el último reto de un director que, en realidad, ya no tiene que demostrar nada.

Lo hace, en todo caso, con una enorme fidelidad respecto de la obra original y ello es, sin duda, lo que más marca a la película. De hecho, es la propia Yasmina Reza quien se ha encargado de realizar la adaptación y los retoques introducidos han sido claramente mínimos, casi inexistentes, de modo que, extraño o no, podría decirse que la película sigue siendo una obra de teatro y eso, que a muchos espectadores agradará, no es, sin embargo, lo que por lo general se busca cuando se acude al cine. Por otra parte, es una ocasión como pocas para asistir a todo un espectáculo de interpretaciones: Jodie Foster, Kate Winslet, Christhoph Waltz y John C. Reilly “encerrados” en un apartamento sin que la cámara les conceda un momento de descanso.

Interpretan a dos parejas que acaban de conocerse: los anfitriones son los padres de un niño de 11 años al que otro chico – el hijo de la segunda pareja protagonista – ha roto dos dientes durante una pelea en el parque infantil del barrio. La pericia del guión y las interpretaciones se pone al servicio de una auténtica, aunque a veces exagerada, demostración de cómo todos llevamos una máscara que nos esconde de lo que en realidad sentimos y pensamos, a veces incluso sin ser conscientes de ello. Y lo más importante, de cómo en determinadas circunstancias, que tampoco tienen por que ser demasiado especiales, sacamos a relucir lo que late de verdad en el interior, un poco hartos, quizá, de tener que esconderlo permanentemente, hasta en nuestra propia casa. De modo que en el filme, lo que comienza siendo una educada reunión de padres civilizados y modernos, siempre políticamente correctos, acaba por convertirse en una cruel exposición de las miserias que vamos recogiendo por el camino y que, conscientes de que a nadie les van a gustar porque no nos gustan ni a nosotros mismos, andamos siempre escondiendo con más o menos éxito.

A causa de la imposibilidad legal de Polanski para viajar a Estados Unidos, el apartamento neoyorquino en el que se sitúa la acción – en la obra original transcurre en París – tuvo que “instalarse” en un plató a las afueras de la capital francesa y la dirección artística se encomendó a Dean Tavoularis, colaborador de Francis Ford Coppola en El Padrino y que ya llevaba una década retirado. Fue el encargado de que todo resultase lo más real posible mientras Polanski organizaba dos semanas de ensayos intensos con el objeto de que los actores se familiarizaran con sus personajes y poder dedicar el rodaje propiamente dicho a centrarse especialmente en los movimientos de la cámara, “despreocupándose” en cierto modo de los cuatro actores – todos nominados al Oscar en alguna ocasión y tres de ellos, además, con la dorada estatuilla en casa – que durante los ensayos ya habían demostrado que sabían muy bien cómo empezar siendo unos modernos y cultos padres para terminar transformándose en simples seres humanos, con las taras y traumas que, por desgracia, acaban por tocarnos a todos.

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