José María Herrera | Sábado 19 de noviembre de 2011
Cuando Henry Wallace, vicepresidente de Estados Unidos en tiempos de Hitler y Stalin, pronosticó que el próximo siglo sería el siglo del hombre corriente, tenía tantas posibilidades de equivocarse como si hubiera predicho la caída de Troya o el descubrimiento de América. El proceso a que se refería estaba tan avanzado y era algo ya tan visible que incluso se empezaba a estudiar en los manuales de Historia. Que sesenta años después aún haya quien considere al político americano un visionario demuestra que, pese a todo, acertó, pues uno de los rasgos característicos del hombre corriente, ese hombre al que dedicó Aarond Copland su Fanfarria, es la incapacidad para tomar conciencia de su propia condición.
Wallace podía haberse ahorrado la incursión en el mundo de la profecía leyendo, por ejemplo, La Rebelión de las Masas, el libro donde Ortega explicaba la ascensión histórica del “hombre-masa”. Verdad que no habría compartido los planteamientos del filósofo madrileño. Considerado en su país un político de izquierdas, creía que no cabe una democracia política real si no hay a la vez una democracia económica y, por eso, el avance del hombre corriente al primer plano de la vida social le parecía, fundamentalmente, un progreso. Si debajo de este progreso latían fenómenos espirituales más profundos él no era la persona más adecuada para detectarlos.
La eclosión de las masas resultaba, no obstante, un fenómeno incontrovertible. Sólo alguien sumamente ingenuo podía suponer que el hombre corriente –el ciudadano anónimo que nutre las estadísticas con sus opiniones, el contribuyente, el consumidor, el espectador de los medios de comunicación- es el mismo hombre de siempre con unos dólares en el bolsillo. El fenómeno del totalitarismo constituía la prueba incuestionable de que muchas cosas habían cambiado. Pero ni siquiera hacía falta tomar en cuenta eventos de tanta trascendencia. Igual de evidente resultaba el hecho de que tanto las viejas elites como las nuevas masas hubieran adoptado el rechazo de los valores de la tradición con el argumento de que respondían a una visión injusta y mistificadora de la vida, auspiciada por la clase dominante. Por mucho que las obras pretéritas fueran expresión del genio creador de algunos hombres y de su lucha solitaria por sacar a luz la verdad, los tiempos estaban en otra cosa.
El hombre corriente de Wallace quizá no era el mismo hombre en que pensaba Ortega, pero, pese a sus diferencias, ambos compartían su desinterés por buscar una comprensión más profunda de las cosas que la que podía proporcionar el lugar común. Cualquier apelación a una revelación más alta era vista con suspicacia y las figuras del genio o del héroe, personajes de la época en que Dios todavía no había muerto (o tirado la toalla, como prefieren decir algunos), dejaron de tener relevancia en el imaginario colectivo. El hombre actual, partidario de la flauta de Marsias antes que de la lira de Apolo, no tiene necesidad de ellos para vivir, y la prueba es que no reconoce otro talento superior al talento que se requiere para satisfacer al hombre corriente, medida de todas las cosas.
Nuestros antepasados no lo esperaban todo de este mundo y, por eso, necesitaban otro que completase sus anhelos. Nosotros ni creemos en ese mundo, ni tampoco esperamos nada de este. Cualquier pretensión de ver la existencia como un acaecimiento con sentido lo censuramos como si se tratara de un prejuicio que hay que pisotear. Ser hombre hoy, hombre corriente, significa vivir sin esperar nada del mundo, sin reconocer la menor posibilidad de trascendencia. Cierto que a menudo se oye hablar de acontecimientos trascendentes, pero trascender significa ir de aquí, donde estamos, a allá, donde no estamos, y todos estos sucesos trascendentes de los que se habla –el partido del siglo, el debate decisivo, el invento crucial- nos dejan siempre donde estábamos. Parece que nuestro lema, el lema del hombre corriente que impera en el mundo, dice algo así: “olvídate de la verdad, pero si la buscas y no consigues alcanzarla, llama verdad a lo que puedas alcanzar”.
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