Martín-Miguel Rubio Esteban | Sábado 19 de noviembre de 2011
Ahora que la profunda crisis económica hace imposible que el Estado asuma todos los apoyos sociales que buena parte de la sociedad le demanda por su extrema penuria, algunos apelan a una ética de la solidaridad para que la sociedad, motu proprio, realice lo que este Estado consunto ya no puede hacer. Esa apelación es ridícula. Una ética de la solidaridad sólo puede ser útil cuando en los valores morales comunes puede encajar ese programa ético. Pero en una comunidad nacional desguarnecida de valores morales por una sistemática política debeladora desde el poder del menor atisbo de moralidad no puede germinar una ética de la solidaridad que con el tiempo configure una moral solidaria pública. A la ética cristina le costó mil años construir una moral pública que en sólo siete se ha cargado y desmantelado Zapatero como un lampo en una noche oscura.
Esperemos que aún queden importantes islas de aquella moralidad bimilenaria para que por lo menos en ellas encaje la ética de la solidaridad como una mano en un guante. Si la divisa cristiana ha sido la fraternidad, con mucha mayor razón debería prender con gran facilidad en la moral católica la ética de la solidaridad, ética menos exigente la del sodalis que la del frater, y, además, la iglesia ha demostrado con pruebas y números que puede llegar aún más allá. Pero ¿qué es un archipiélago de islas católicas ante el marasmo de las masas bárbaras y amorales que hoy pueblan España? No será suficiente con una simple apelación a una ética de la solidaridad para arreglar las cosas.
Ya sólo la ayuda mutua entre los ciudadanos podría conseguirse por una Ética, que como la de Espinoza, estuviera estrechamente unida a lo político, de suerte que los preceptos morales o “dictámenes de la razón” pudiesen coincidir con “los fundamentos del Estado”. Pero cualquiera podría carcajearse en relación con los cimientos éticos que fundamentan el Reino de España. ¿Verdad, Sr. Blanco?, ¿Verdad, Sr. Urdangarín? ¿Verdad, Sr. Chaves? ¿Verdad Sr. Griñán?
Para colmo la despiadada persecución de la moral católica vía administrativa ha desnudado de toda brizna de solidaridad a la sociedad española, que entendió siempre la solidaridad desde la perspectiva de la moral católica. Desde siempre los católicos hemos entendido que existe una solidaridad entre todas las criaturas por el hecho de que todas tienen el mismo Creador, y que todas están ordenadas a su gloria, tal como entendió San Francisco de Asís en su Canto de las criaturas, con la que arranca la hermosa lengua italiana. Por otro lado, en la “comunión de los santos”, “ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco muere nadie para sí mismo ( Romanos 14, 7 ). “Si sufre un miembro todos los demás sufren con él. Si un miembro es honrado, todos los demás toman parte en su gozo. Ahora bien, vosotros sois el cuerpo de Cristo, y sus miembros cada uno por su parte ( 1 Corintios, 12, 26-27 ). “La caridad no busca su interés”. El menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda en la comunión de los santos. Y todo acto de insolidaridad daña a esta comunión. Para Pío XII ( vid. su Summi Pontificatus ) la solidaridad se manifiesta en primer lugar en la distribución de bienes y la remuneración justa del trabajo. Supone también el esfuerzo santo a favor de un orden social más justo en el que las tensiones puedan ser mejor resueltas, y donde los conflictos encuentren más fácilmente su salida negociada.
Pero esa moral católica ya la practican muy pocos, ocultos en las catacumbas de la España de Zapatero, perseguidor implacable, vía administrativa, de todo lo católico. Desde luego ni Blanco, ni Urdangarín, ni el disléxico Chaves. Nadie que vive exclusivamente del Presupuesto puede comprarse chozas de 3.000.000 de euros para restaurarlas por otros tantos.
El fortalecimiento de la familia hubiese sido el mayor recurso para alimentar una moral solidaria. El hogar constituye un medio natural para la iniciación del ser humano en la solidaridad y en las responsabilidades comunitarias. Los padres deben enseñar a los hijos a guardarse de los riegos y las degradaciones que amenazan a las sociedades humanas. Pero la masónica y debeladora Educación para la Ciudadanía de Zapatero lo ha impedido en los últimos cinco años, así como una pequeña parte del Servicio de Inspección de Educación convertida en una horda de comisarios políticos.
El mismo Catecismo de la Iglesia Católica nos dice en su parágrafo 2438: Diversas causas, de naturaleza religiosa, política, económica y financiera, confieren hoy a la cuestión social una dimensión mundial. Es necesaria la solidaridad entre las naciones cuyas políticas ya son interdependientes. Es todavía más indispensable cuando se trata de acabar con los mecanismos perversos que obstaculizan el desarrollo de los países menos avanzados. Es preciso sustituir los sistemas financieros abusivos, si no usurarios, las relaciones comerciales inicuas entre las naciones, la carrera de armamentos, por un esfuerzo común para movilizar los recursos hacia objetivos de desarrollo moral, cultural y económico redefiniendo las prioridades y las escalas de valores”.
Mientras, la barbarie de la insolidaridad anticristiana se extiende como aceite derramada. Más de un tercio de la población de Extremadura y Andalucía es solemnemente pobre. La renta per cápita en el País Vasco es de 32.000 euros, y en Andalucía de 16.000 euros. En Madrid de 30.000 euros, y en su vecina Castilla-La Mancha de 17.000. La mitad de los delitos en España atenta contra la seguridad colectiva. Nuestro egoísmo es elefantiásico. Cada español sólo se ama a sí mismo. Nadie ama a España. Pero España sigue viva todavía en grandes gestos de solidaridad, completamente ajenos a la Administración ineficiente y a su corrupta clase política, como esos 1.900.000 litros de sangre que se obtuvieron en el Año 2010 de aquellos buenos españoles que están sanos y extienden su vida y su salud a los demás. Esa sí que es una solidaridad carnal, con la que podríamos dar lecciones a la ahora rozagante Alemania, que nos esclaviza con su insolidaridad insoportable. Esa solidaridad esencial e hipostática generosidad de lo español es la que ha definido siempre a España, y la que nos salvará si nos conseguimos escapar de la insolidaridad del Vierte Reich, que parece haber traicionado por los mercados también su corazón sustancialmente humanitario, y la Brüderlichkeit tan presente en la ilustración alemana de Leibniz y Lessing y en la propia lengua de Lutero.
TEMAS RELACIONADOS: