Los Lunes de El Imparcial

María Zambrano: Escritos sobre Ortega

Crítica

Domingo 20 de noviembre de 2011
María Zambrano: Escritos sobre Ortega. Edición, introducción y notas de Ricardo Tejada. Trotta. Madrid, 2011. 312 páginas. 22 €

Esta recopilación de textos de María Zambrano sobre Ortega y Gasset constituye un valioso punto de partida para valorar las relaciones entre los dos pensadores. El trabajo del editor, Ricardo Tejada, refleja no solo conocimiento sino buen sentido y ecuanimidad. Ha sabido poner en valor unos textos que, en muchos casos, son ya de por sí bastante expresivos de la calidad de María Zambrano y de lo decisivo de la impronta de Ortega en ella. Se puede concluir que Ortega fue muy importante en el desarrollo de la personalidad intelectual de Zambrano, aunque, al final, la obra de ésta luce por su propio mérito e, incluso, su desarrollo podría haber llegado a un sitio análogo siguiendo un camino bien distinto. Tiene razón el editor al mantener que "la escuela de Madrid" como denominación es bastante laxa y admite posiciones muy distintas, entre otras razones porque quien la fundó, Ortega, ejerció sobre todo una influencia personal más que doctrinal en muchas figuras como la de María Zambrano. Desde luego, la huella de Ortega en la obra de María Zambrano es considerable. Pero el préstamo intelectual que supuso la producción del autor de las Meditaciones del Quijote sufrió profundas modificaciones en una personalidad abierta a otras fuentes y con una originalidad propia indiscutible. Aunque Zambrano conocía y valoraba La rebelión de las masas, no es azaroso que las Meditaciones del Quijote aparezcan como la obra fundamental, a pesar de que fuera muy anterior. El punto de vista del patriota que apela a la filosofía para la regeneración de su país resulta más cercano y vinculante que la propuesta de un diagnóstico general del momento.

Pero, más trascendente, fue el impacto de una personalidad conocida en una etapa decisiva para su orientación vocacional. Puede publicar con veintinueve años sobre su maestro: "De su obra, de su vida, llega una corriente que nos enciende en infinito deseo de ser, en irrefrenable afán de saltar sobre nuestra propia vida y vivirla profunda, inalienablemente, nuestra. La medida de su poder creador está, aparte de los descubrimientos de carácter teórico, en este contagio de autenticidad." Por ello, puede concluir: "¡Atrévete a ser! Es la fuerte exigencia que se desprende de toda la obra de Ortega." Esta valoración se mantendrá a lo largo de los años. A estos efectos me parecen importantes dos textos aducidos por Tejada en su introducción: Uno, una carta a Rosa Chacel meses después de la muerte de Ortega en la que dice "seré su discípula siempre". Y recuerdo la visita pública que Zambrano hizo en los últimos años de su vida a la Fundación Ortega y Gasset donde la recibió Soledad Ortega. Frente a esta lealtad, las observaciones a Agustín Andreu, el segundo documento, sobre la necesidad de desarrollar más y mejor el concepto de razón vital tienen un valor secundario, si bien apuntan claramente a una figura que ha encontrado un camino propio, y a una experiencia intelectual irreductible.

Por otra parte, el peso de la personalidad intelectual de Ortega fue compatible con profundas discrepancias en lo que respecta a la actuación en la coyuntura política española en los años anteriores a la Guerra Civil que, aquí, también se encuentran en documentos bien presentados y anotados. Si uno quiere comprender el pensamiento de estos autores, estas diferencias trascienden la anécdota, pero existe también el defecto contrario que sería reducir el gran trabajo de posicionamiento ante su momento a una cuestión política. En la recepción del pensamiento de Ortega, la generación de sus discípulos directos adoleció de los medios textuales que tenemos nosotros ahora. La recientemente acabada nueva edición de Obras completas (Fundación José Ortega y Gasset/ Taurus) incluye cuatro volúmenes de inéditos, que solo empiezan a aparecer después de la muerte de filósofo en 1955. Las discusiones entre Gaos y Nicol exiliados en México sobre el valor filosófico de la obra de Ortega, en parte, tienen como trasfondo esta carencia. En el caso de María Zambrano hay que puntualizar. Por un lado, como observa Tejada, lo que recordaba de la obra de Ortega constituye un referente sobre el que la propia Zambrano vuelve permanentemente. Por otra parte, entre lo que Zambrano conocía de la producción de Ortega se encuentran cursos que quedaron inéditos hasta mucho después de la muerte del autor de La rebelión de las masas, como queda reflejado en el guión de un curso que Zambrano dio en la Habana en 1943. Pero también se puede apreciar la madurez de la pensadora según avanza el tiempo.

Un caso interesante lo constituye "La carta abierta a Alfonso Reyes". No contradice al escritor, pero consigue salvar y hacer suyas las reticencias que Ortega había expresado en "Pidiendo un Goethe desde dentro" con el que polemizaría Reyes. Zambrano no llega a repetir el diagnóstico de inautenticidad pero, aludiendo a una transacción que el escritor alemán habría hecho con la naturaleza, sugiere la existencia de una forma de piedad que estaría en la base de su olimpismo. En cualquier caso, nos encontramos con un pensamiento que prolonga y, en cierta manera, enmienda el de su maestro.

Es importante, como inusual, que en esta edición se hayan introducido las variantes de los textos presentados y, por tanto, es una edición crítica. Aunque se ha publicado recientemente, se acabó antes de la aparición de El logos oscuro, de Jesús Moreno, donde las relaciones entre María Zambrano y Ortega son tratadas con profundidad. En cualquier caso, sí se trata de un libro que debe orientar sobre estas relaciones si hubiera hecho selectivamente mayor uso del trabajo de L. M. Pino sobre la presencia de Ortega en el conjunto de la obra de Zambrano. No es un libro fácil de encontrar y las alusiones en la obra publicada de Zambrano son importantes para este tema.

Por Jaime de Salas


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