confidencial
Domingo 20 de noviembre de 2011
Por mucho que lo dijeran en los mítines, todos, absolutamente todos, los socialistas habían descontado un terrible desastre electoral en el territorio nacional. Cualquier socialista hubiera intentado ayudar al conjunto para minimizar la derrota y, sin embargo, el presidente de la Junta Andaluza, José Antonio Griñán, no utilizó la única arma que tenía en la mano: convocar en su región a la vez que en toda España, para aportar la fuerza que le puede quedar a la comunidad más socialista (aunque con un voto claramente de capa caída para el PSOE).
Lo que pretendía Griñán parece ahora claro. Llegar al Congreso del PSOE previsto para febrero al frente de la Federación socialista que más delegados aporta, aproximadamente un cuarenta por ciento del total. Y llegar sin haber sido derrotado aún por el PP, es decir, como uno de los dos barones que aún conservan poder autonómico (el otro es Patxi López, sostenido por el PP).
Griñán quiere ser decisivo un minuto antes de ser derrotado por Arenas, según las encuestas. Y, por eso, algunas lenguas de doble filo en el PSOE creen que pudo llegar a un pacto con Rubalcaba para apoyarle (en un escenario de derrota menor de la producida este 20-N), y por el cual el candidato nacional socialista permitió que Griñán no hiciera coincidir los comicios regionales con los nacionales.
El poco carismático presidente andaluz se ha encontrado, de rebote, con una posición de influencia en su partido, cuando nunca figuró en esa plaza, en la que se presumían otros, como su vecino Fernández Vara, o Barreda. Y tanto da que esa situación sea coyuntural, pues puede ser decisiva en el lugar donde el PSOE se va a jugar su futuro, su Congreso Federal. Porque, además, Griñán cuenta con que su partido en Andalucía no puede aflorar sus disputas internas, que son notables, antes de las elecciones regionales, porque sería un suicidio político.
Ahora, la cuestión está en saber a qué caballo apostará Griñán en la carrera sucesoria del PSOE.
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