Domingo 20 de noviembre de 2011
La holgada mayoría absoluta obtenida por el PP abre la puerta a una nueva etapa, marcada por las urgencias causadas por el desgobierno de la anterior. Esa ha sido quizá una de las motivaciones que más ha influido a quienes han otorgado su voto a Mariano Rajoy. Voto que, en una cifra bastante significativa, es prestado. O lo que es lo mismo, hay mucha gente que ha optado por el candidato popular no en función de una ideología determinada, sino buscando un remedio a la acuciante crisis económica y de credibilidad internacional que vive España.
Por contra, la desbandada que ha sufrido el PSOE -casi 80 diputados menos que el PP- deja un mensaje tan claro como demoledor: la sociedad señala al zapaterismo como principal responsable de la actual situación. Parte de esa responsabilidad hay que achacársela a Alfredo Pérez Rubalcaba, una de las figuras más importantes durante estas dos legislaturas, y que es hoy quien verbaliza el fracaso de su partido. Pero sería injusto personalizarlo todo en el candidato socialista, y menos aún, en toda una generación a la que también representa. Antes al contrario, Rubalcaba ha mantenido el tipo en una coyuntura complicadísima para su formación; quizá sin él, los resultados habrían sido aún peores.
Si las bases del PSOE quieren renacer de sus cenizas, han de pedir cuentas a José Luis Rodríguez Zapatero y “su” gente: Leire Pajín, Trinidad Jiménez, Eduardo Madina o Carmen Chacón, entre otros, cuya ineptitud ha llevado tanto a España como a su propio partido al brete en el que ahora está. Es el resultado de políticas erráticas y sectarias, así como de una estrategia de acercamiento al nacionalismo completamente fuera de lugar para un Partido Socialista. Todos sabemos que hace ya tiempo, vistas las encuestas, la verdadera batalla dentro del PSOE se ha enfocado más hacia Ferraz que hacia la Moncloa, y es preciso que el señor Zapatero y su séquito asuman la responsabilidad en este desastre.
Toca, pues, empezar a trabajar en firme, desde la unidad y sin sectarismos. Esta es la idea a la que parecía apuntar el discruso de Rajoy en el balcón de Génova. Por suerte, el desenlace electoral aparcará por un tiempo sondeos y encuestas, esas de las que tan pendientes -de hecho, demasiado- han estado todos los candidatos. La virtualidad de los últimos tiempos debe dejar paso a una concienciación de la dura realidad que vive España, y actuar en consecuencia. Los mercados no van a esperar si siquiera a que acabe el recuento final de votos. En este sentido, es vital que los dos principales partidos nacionales tengan la responsabilidad que les exige la sociedad española y sepan enviar a nuestros socios europeos y a los medios financieros que nos prestan dinero -porque lo necesitamos- un mensaje de fortaleza y seriedad. España es y ha sido un país serio, y conviene que nuestros socios sepan que siempre ha hecho frente a sus obligaciones, incluso en los momentos más dramáticos: ambos bandos de la Guerra Civil pagaron hasta el último céntimo que les había sido prestado.
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