Opinión

Miguel de Cervantes y Francisco de Quevedo, complementarios

David Felipe Arranz | Martes 22 de noviembre de 2011
Ha finalizado con éxito el I Coloquio Internacional de la Sociedad Cervantina de Madrid, que han organizado espléndidamente Sonia Sebastián, de la Sociedad Cervantina de Madrid, y Jesús G. Maestro, un cervantista de primera magnitud y docente de la Universidad de Vigo, en la sede de la madrileña calle Atocha, nº 87, creada en 1953 a propuesta de Luis Astrana Marín, uno de los padres de la filología moderna, a cuyos hombros nos subimos unos cuantos enanos tratando de homenajear al maestro que amaba tanto a Cervantes como a Quevedo. Allí, en ese solar, se ubicó entre los siglos XVI y XVII la imprenta de Juan de la Cuesta donde se dio a la luz mediante cajas con tipos móviles (de madera, cobre y plomo) la primera edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, libro “compuesto” por Miguel de Cervantes Saavedra, dirigido al duque de Béjar y que se empezó a vender en casa del librero Francisco de Robles.

En estas jornadas, y siguiendo la visión global que tenían de nuestras letras hispánicas quienes nos han precedido en el estudio –como el citado Astrana–, hemos defendido que existen más parecidos que diferencias entre los dos genios más grandes de la literatura española, los que jamás claudicaron frente a las mentiras que el Poder juró como verdades. La modernidad de la obra de Miguel de Cervantes y de Francisco de Quevedo cobra más vigencia que nunca en estos días, puesto que ambos combatieron con diferentes armas narrativas los abusos del Poder: Cervantes a través de la invención de la novela moderna y de la serie de las Novelas ejemplare –como en La fuerza de la sangre– y Quevedo mediante la poesía satírico-burlesca y su formidable producción ensayística de filosofía política, de ascendente estoicista y, más en concreto, senequista.

Los dos eran hidalgos, ambos pertenecían a la baja nobleza, pero el origen santanderino de la familia de Francisco de Quevedo era contemplado de forma distinta en la época a la existencia de la ascendencia judía en el caso del linaje paterno de Cervantes. Quevedo tenía más nobleza en su árbol genealógico que Cervantes, hijo de un humilde cirujano de Alcalá: Quevedo era hijo y nieto de dos damas de la reina, hijo de un escribano de cámara de palacio y secretario de la reina doña Ana de Austria, y llegó a hablar con el propio rey en 1617. Era la calma aparente y palatina de quien llevaba dentro de sí un hervidero de ideas.

Estas diferencias de abolengo se disuelven a la hora de abordar la ideología que transmiten a través de sus obras. En el caso de Cervantes, hay abundantes ejemplos de la poca simpatía que le producía el Poder, no sólo en El Quijote –el hidalgo cervantino es un revulsivo de ética neoplatónica en medio de la corrupción de la España de 1600–, sino en algunas de las Novelas ejemplares, como La fuerza de la sangre. La injusta situación que padece la protagonista –una violación y un posterior embarazo– podía haber sido la que vivieron cualquiera de sus hermanas, hija o sobrina, conocidas en su tiempo como las Cervantas. La vertiginosa trama de su vida de poeta, soldado, alcabalero real y anciano solitario en Madrid con su corazón herido de muerte, superviviente de un imperio que declina es la de los mejores ingenios de nuestro patrimonio literario.

Cervantes criticaba que dos linajes sólo hay en el mundo, “que son el tener y el no tener” y Quevedo, siguiendo a Séneca, pensó hasta el fin de sus días que la justicia, la virtud y el derecho constituyen los fundamentos de la política. El buen gobernante para Quevedo es el que sabe castigar a los malos ministros, pues de lo contrario se hace responsable también de las culpas de aquéllos, afirma en su Política de Dios, gobierno de Cristo y tiranía de Satanás, escrita en 1617 e impresa en 1635. Además, la filosofía política de Francisco de Quevedo dibuja un modelo de gobernante que atienda la opinión pública, sea tolerante y “desinteresado y único”, pues para él, la política es servicio social, no la ambición de Poder. Cervantes, en esa misma línea, fundamenta un príncipe moral basado en la virtud y el buen entendimiento frente a la razón de Estado; incluso abre la posibilidad de un apasionante debate sobre los labradores que terminan gobernando, como se ve en el episodio de la Ínsula Barataria: según Cervantes es la naturaleza ética del gobernante la que lo legitima o no para el ejercicio del Poder.

Nos produce cierta melancolía pensar que los seguidores de Cervantes y Quevedo en España se dividan en procervantinos y antiquevedianos o, por el contrario, partidarios a ultranza de Quevedo muy por encima del autor del Quijote; pero eso es algo típico de nuestro delirante país, donde impera el sesgo bipartidista en todo y la independencia crítica se sanciona con la exclusión o la generación en el otro de un sentimiento de incomodidad. Aquí hay que ser de unos o de otros, no fiel a uno mismo. Eso pertenece más bien a la esfera de un hidalgo loco que terminó apaleado, hace cuatrocientos años, llamado Alonso Quijano, “el Bueno”.